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1/11/22

LA PAZ, DE LUTO


En mes de noviembre ha comenzado en la Hermandad del Dulce Nombre con su Virgen vestida de luto. María Santísima de la Paz ha sido ataviada por primera vez de negro con motivo de la conmemoración de Todos los Fieles Difuntos. 

La Virgen, paloma blanca del Miércoles Santo estepeño, aúna el sufrimiento de estos años de enfermedades y de la guerra que el nuevo año aguardaba a la vuelta del pasado mes de febrero. Asistimos sobrecogidos a la destrucción de un país, a la barbarie en sus pueblos y a la agonía de las personas que lo habitan, obligadas a huir de su tierra o a resistir a las bombas que destruyen sus casas y su forma de vida. Es verdad que no es la única, que su manto negro también se extiende en la catástrofe del sueño incumplido en el Mar Mediterráneo, en las guerras entre hermanos de Oriente Medio y África o en las vallas que separaran una misma tierra con nombres diferentes cerca de nuestro estrecho o en América Central. Está en el hambre de los niños y en la desesperación de las madres que no tienen con qué alimentarlos, en los cuerpos inertes que aparecen por la maldad del hombre ante acuerdos incumplidos de drogas, situaciones de abuso y prostitución, y en la defendida muerte en nombre de un dios malentendido y desconocido que quita la vida en lugar de darla. Aquí nace un lirio blanco que se torna negro en este mes en su recuerdo. 

La belleza de la Virgen de la Paz se deshace en lágrimas de amor ante el mundo que sus hijos rompen en pedazos. En su manto oscuro está el polvo de la caída de los edificios que destruyen un misil. En su saya el último abrazo de un padre a su hijo que agoniza en los pasillos de una improvisada enfermería. En su pelo la arena en la que se desentierra un amigo desaparecido. Y en sus ojos el reflejo del fuego que provoca la angustia del que ve sufrir a un ser querido. Bien sabe ella de sufrimiento, dolor y agonía. 

Desde su pequeña hornacina de su iglesia, la Virgen de la Paz comparte el pañuelo blanco para tus lágrimas y ofrece su rosario para escuchar tus rezos. No está sólo aquí, también le rezan en una casa de Ucrania a la luz de una vela. Seguro que tiene otro nombre, quizás en un lienzo, una estampa o una medalla, pero ella está ahí. Hoy más que nunca, Ella es la Virgen de la Paz, vestida de impoluto luto negro por las manos de Salcedo y a la que imploramos que nos conceda la gracia de su intercesión. 


Nota: Nuestra Señora María Santísima de la Paz ha sido ataviada por primera vez de luto con manto y saya negra con motivo de la conmemoración de Todos los Fieles Difuntos. Estrena para la ocasión saya en seda brocada color negro y manto de terciopelo del mismo color. Todo el conjunto ha sido confeccionado en el taller de bordados de Joaquín Salcedo Canca. 

Fotografías: Hermandad del Dulce Nombre de Jesús

12/8/22

EL MILAGRO DE SOR CLARA

La Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, joya del arte Barroco estepeño del siglo XVIII, estuvo cerrada al culto 20 años con motivo de una delicada y minuciosa restauración a la que fue sometida entre los años 1962 y 1982. Con motivo de tal restauración, nuestra Patrona y las imágenes que residen en nuestra Sede Canónica tuvieron que ser trasladadas a diferentes ubicaciones, siendo la Iglesia de los Remedios donde tuvieron su sitio San Pedro y la Virgen de los Dolores*, así como la Virgen de la Asunción. 

Era el año 1982 y la Iglesia estaba a punto de abrir sus puertas, una iglesia que muchos estepeños en los años que había estado cerrada ni siquiera conocían. Por tal motivo se decidió aquel año que la Novena que se celebra anualmente a la Virgen en el mes de agosto fuera itinerante; en la que cada día se dijese la misa en una de las Iglesias del pueblo, pudiendo así la Virgen visitarlas todas en un acto emotivo y muy bonito. 

Mientras tanto Sor Clara Ferrería, una Hermana Clarisa de nuestra ciudad, se agarraba fuerte a su fe mientras sufría su propio calvario por una larga enfermedad sin remedio. Mientras la hermana se encontraba de camino hacia Sevilla para ser sometida a una delicada operación, la Santísima Virgen entró aquella tarde en el Convento de Santa Clara para celebrar la novena itinerante. Ella, sabedora de que la Virgen aquel día visitaría el Convento y al no poder estar presenta para verla, le pidió con todas sus fuerzas por su recuperación y por el bien de la operación a la que iba a someterse. Tal fue su fe y su encomienda a la Patrona de Estepa que la Hermana Clara sanó prontamente y tuvo una feliz recuperación, viviendo tras aquel suceso varios años más con sus Hermanas Clarisas en nuestro pueblo agradeciendo siempre la intercesión de la Santísima Virgen. 

Hoy en día la comunidad de Hermanas Clarisas de Estepa son fuertes y fervientes devotas de la Virgen de la Asunción, como así se lo han hecho saber en varias ocasiones a la Hermandad, que el pasado mes de noviembre regaló un cuadro presidido por la imagen Santísima para que puedan contemplarla a diario mientras la Virgen espera, quien sabe si pronto, poder volver a subir hasta el Cerro de San Cristóbal a visitar de nuevo a las Hermanas que tanto lo desean...

Ntra. Sra. de la Asunción en el Convento
de Santa Clara en agosto de 1982.

*Los titulares de la Hermandad de San Pedro estuvieron alojados en la Casa-Palacio del Marqués de Cerverales durante la restauración de la Iglesia de la Asunción.

Fuente:
-Facebook de la Hermandad de Ntra. Sra. de la Asunción

Artículos relacionados:
-Reapertura del templo de la Asunción. Devociones de Estepa, 2010
-Sobre la historia de la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, y su última restauración (1962-1982). Rodríguez Crujera, A. Desde la Alcazaba

15/4/22

A NUESTRO PADRE JESÚS


A Nuestro Padre Jesús. Sentimiento, veneración y fervor de la ciudad de Estepa.

“Después de pasar por el doloroso trance de verse solo en el suplicio sin el consuelo de su Madre, traicionado, abandonado por los suyos, preso y en manos de unos hombres sin piedad que por fin logran que el gobernador decrete su muerte por crucifixión, Jesús debe arrastrar su propia cruz hasta el Gólgota. Un instrumento de martirio que sería la causa de su muerte en el Monte Calvario, o lugar de la Calavera; una cruz que tiempos después, se convertiría en la seña de identidad del cristiano y del cristianismo.

“Cuando lo conducían echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevara detrás de Jesús. Lo seguía una gran multitud del pueblo y mujeres, que se golpeaban el pecho y se lamentaban de Él”.

La Pontificia y Real Hermandad Sacramental y de Ánimas y Cofradía de Nazarenos de Nuestro Padre Jesús Nazareno y María Santísima de los Dolores, ha conmemorado ya los doscientos cincuenta años de estar entre nosotros en Estepa la sagrada imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno, recordándonos cada año su procesionar por las calles, este pasaje de la Pasión de Cristo, que hoy aquí pregonamos.

El viernes Santo era antaño un día de duelo: hoy lo es menos. Yo recuerdo de niño, que en la radio sólo se oían saetas y música clásica o sacra; hoy no es lo mismo. En los hogares se acataban más que ahora las tradiciones que eran trasmitidas de padres a hijos. Nuestras madres respetaban la costumbre de poner en las mesas unas comidas que casi siempre eran exclusivas de esos días.// Los chiquillos esperábamos el arroz con leche, las magdalenas y ochíos, los roscos trenzados y otros dulces de la rica repostería estepeña, que al aparecer por las alacenas de las casas, nos anunciaban que la Semana Santa estaba próxima.

La gente de este pueblo, aún sintiendo su particular devoción por alguna de las demás imágenes que se veneran en nuestra Semana Mayor, siempre ha profesado un amor especial a Nuestro Padre Jesús, el Señor de Estepa.// Aquí, la Semana Santa se vive con gran intensidad ejerciéndose una gran devoción cofrade; pero de forma muy especial, se sigue la Pasión de Cristo según el Evangelio, y el sentir popular de las tradiciones de Estepa. El viernes Santo, se percibe en la calle la seriedad con que se celebra el día de la muerte de Cristo.

Se presiente cercana la hora, y se espera con impaciencia para ver a Jesús por Estepa cual si estuviésemos contemplándolo en su dolor, caminando por aquella Vía Dolorosa en su atormentada subida desde la fortaleza de la Torre Antonia, sede del poder romano, hasta el Calvario, a las afueras de la ciudad Santa de Jerusalén.

Va tu bendita cabeza de espinas bien clavada, 
y en tu santa espalda, veo sangre de martirios. 
 En tu divino hombro dolorido, cargada la cruz pesada, 
sobre un bello monte, de morada flor de lirios. 

Tus pies que tan desnudos y heridos van pisando 
las frías piedras de las calles que te guían, 
hacia el Gólgota y la muerte, que arriba está esperando, 
con los hombres que en la cruz te clavarían. 

Muy despacito avanzando 
pisando en el suelo frío, 
vas Tú, Jesús caminando, 
Hacia el Gólgota, vencido. 

Sobre las piedras tus pies, 
sobre los pies tu vestido, 
y en la túnica la sangre 
que arrancaron los espinos. 

Y va por Estepa andando; 
mirando va, a quien le mira, 
escuchando, a quien le habla, 
perdonando a quien le pida, 
hablando va, a quien le escucha, 
va sufriendo, calle arriba. 
Y siendo el Hijo de Dios, 
¡Qué pena das, cuando gritas! 

El Jesús llamado Nazareno, 
caminando medita en su inocencia; 
aquélla que los hombres le han negado, 
 acusándole vilmente y sin clemencia. 

Tras la muerte, los soldados su túnica mercaron 
mostrando el cielo con cólera sus iras. 
Con los rayos, los velos del Templo se rasgaron 
volviendo de sus tumbas, los muertos a sus vidas. 

Y escuchóse su voz fuerte después de ser clavado,
 rogando con angustia y soledad al Dios su dueño, 
se oyó: ¡Padre mío! ¿Por qué me has abandonado?
quedando ya su cuerpo, en sagrado y dulce sueño. 

Desde entonces ese día, Viernes Santo se ha llamado, 
 y aunque la muerte su cuerpo haya vencido, 
el domingo al tercer día, volverá resucitado, 
del frío y oscuro, sepulcro en que ha yacido. 
Es Estepa, Jesús, el pueblo que te ha amado 
¡y siempre, por sus calles te ha seguido! 

Por las calles y las plazas de este pueblo,
así lo ve y así le sigue Estepa entera 
llevando su cruz al hombro 
por éstas calles tan bellas, 
y de nombres tan castizos 
como Castillejos, Cuesta, 
Veracruz y Santa Ana, 
Corrientes o calle Nueva. 
Y por Cardenal Spínola, 
buscando va la plazuela 
donde la Remediaora 
esperándolo en la puerta, 
bajó de su Camarín 
como la madre más buena, 
y tras verlo en su caída 
le manda un beso con pena, 
para que siga adelante 
llevando su cruz a cuestas 
por Virgen de la Esperanza, 
y los Mesones de Estepa. 
Por calle Vitos desciende, 
en médico Ruiz, se adentra 
y Valdeabades abajo, 
por la calle Baja entra 
hasta a la Plaza Poley 
que está la Coracha entera. 
Y mirando hacia la ermita, 
Ana, su abuela, lo espera 
junto con su madre tierna, 
que llena de Angustias, le besa
por verlo marchar sin prisa 
por Santa Ana y su cuesta 
hacia esa plaza coqueta, 
que le llaman la del Carmen, 
donde el pueblo entero espera. 
Allí avanza muy despacio 
como si andar no quisiera, 
pues más adelante un poco, 
Padre Alfonso ya está cerca; 
aquél viejo franciscano, 
que tanto lo quiso Estepa, 
desde arriba estará viendo, 
¡Cuánto le cuesta esa cuesta! 
Llegando a San Sebastián, 
y en su placita tan bella, 
nos despide con su adiós, 
nos bendice y nos alienta 
a esperarlo un nuevo año, 
pero es tan larga esa espera 
por verte llevar tu cruz; ¡Ay Jesús! 
¡Por nuestras calles de Estepa! 

*
María camina con su corazón traspasado por los Dolores que sufre una Madre al ver padecer a un hijo. Testigos de ese Dolor, son las personas que detrás del paso de la Virgen dolorosa, caminan lentamente; muchas de ellas descalzas, van cumpliendo las promesas hechas quizás a causa del dolor que han sentido por un familiar en peligro, por la enfermedad de un hijo, un esposo, un padre o una madre.

Caminando las mujeres 
y hombres, que van orando, 
casi debajo del palio 
muy cerquita de su paso, 
las promesas van pagando 
con esas velas que alumbran, 
con la cera derramando 
descalzos detrás de Cristo, 
o tras la Virgen llorando. 
Eres, bella flor entre las flores, 
y vas por Estepa Tú, 
entre suspiros y amores, 
¡Ay, Virgen de los Dolores! 
¡Reina, y Madre de Jesús!

(Fragmento del Pregón de la Semana Santa de Estepa de 2010, pronunciado por D. Antonio Rodríguez Crujera y publicado por su autor en las redes sociales en 2019)

1/4/22

A TI, CRISTO DEL CALVARIO


El reo de muerte, alcanza por fin el Calvario; lugar del suplicio. Los soldados encargados de llevar a cabo la ejecución, son expertos y preparan al condenado tumbándolo desnudo con la espalda herida, sangrando, apoyada sobre el áspero madero.

Los clavos fijan el cuerpo a la cruz con precisos golpes fuertes y secos que hieren los oídos, y retumban en el aire de Jerusalén, que llora. Así atraviesan sus pies y manos, y la sangre vuelve a brotar acompañada de los gritos de angustia y dolor que salen de la garganta del crucificado, tras cada martillazo en los hierros que desgarran su carne.

Alzan luego la cruz, y allí lo dejan a la espera de la lenta muerte del Cristo, por asfixia y agotamiento.

 “Cuando llegaron al lugar llamado Calvario, crucificaron allí a Jesús y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Y se repartieron sus vestidos a suertes”.

Además de otras personas amigas y mujeres que lo seguían, en el Calvario acompañándolo estaban con Él su madre y Juan; el discípulo amado. La Hermandad del Santísimo Cristo de la Salud, Nuestra Señora de la Amargura y San Juan Evangelista, con sus imágenes titulares que van sobre el paso, nos representa muy fielmente esta parte del Evangelio donde se relata la crucifixión de Jesús en el Calvario.

“El Calvario”, así se conoce en Estepa popularmente, a esta Cofradía.

Desde muy joven, sentía cierta atracción por esa Hermandad, pero veía en ella a hombres todos muy serios y mayores, y por tal motivo, tenía alguna duda a la hora de acercarme a formar parte de ella. Hace años lo hice, y desde entonces, soy hermano de la Cofradía del Cristo de la Salud, en el Calvario.

La imponente imagen, el realismo en su anatomía, plasma con bastante exactitud el momento de la muerte de Cristo, e impresiona verlo con el pecho henchido, tratando de inspirar el aire que le falta por estar suspendido de unos clavos que lo sujetan al madero.

Hace mucho tiempo, hubo unos años que cada miércoles Santo por la tarde, después de haber sido cargadas las baterías en el taller donde trabajaba, yo las llevaba calle arriba en un carrillo hasta la iglesia de Nuestra Señora del Carmen, para después iluminar el paso en su salida procesional.

La iglesia solía estar vacía a esas horas, y aprovechaba la ausencia de personas para contemplar en la quietud del momento, aquella figura gigantesca en la soledad del templo de la Virgen del Carmelo.

Me atrajo ese Cristo con la expresión de la muerte en su rostro, y desde hace unos años, soy cofrade de esa congregación de hermanos. Desde entonces, casi todos los miércoles Santos hago la estación de penitencia acompañándolo hasta el Convento de San Francisco.

Nos congregamos todos para salir de la iglesia del Carmen, donde el barroco de su estilo, ha creado en tan soberbio pórtico, esa primorosa exuberancia de filigranas en la pétrea belleza de su fachada, dando tan hermosa forma a la entrada de uno de los templos más bellos de nuestra ciudad. En su interior, además de la Virgen del Carmen, está el Cristo del Calvario acompañado por la Virgen de la Amargura, que confortada por Juan el Apóstol amado, llora su sufrimiento al pie de la cruz esperando que el cercano reloj, marque con sus doce campanadas la hora en que acompañados de sus hermanos, en largas filas y en el más absoluto silencio, darán comienzo a su salida procesional hasta el Cerro de San Cristóbal, en la madrugada del jueves Santo.

Son momentos los del inicio de la Estación de Penitencia, en los que enmudecen las bocas, y rezan por Él las almas, mientras la gente piadosa contempla la salida del Cristo con respetuosa actitud, llenando con su presencia los alrededores del Salón y del templo.


Cuando la puerta se abre
Al sonar de la campana,
Ya no es miércoles, es jueves,
Y el silencio invade el alma.
Sale el Cristo del Calvario,
Va su cabeza inclinada,
Está muerto y va desnudo;
¡Qué fría, la madrugada!

*
Comienza un largo camino
De frías piedras pisadas, 
Y de túnicas de negro 
Como la noche cerrada. 
Llevan hábito de duelo, 
Luz del farol en la mano 
Y a la cintura va atado 
Blanco cordón franciscano. 

*
¡Padre…! Al cielo le grita y clama: 
¿Por qué, me has abandonado? 
A tus manos va mi alma, 
 Mi espíritu encomendado. 
Clavado en su cruz vencido, 
Detrás el pueblo le reza 
Recorriendo su camino, 
Hasta llegar a la Cuesta. 

Es tan dura la subida, 
Que van faltando las fuerzas. 
Padre, si me abandona la vida, 
Ayuda a los que me llevan. 

¿No ves que el paso les pesa? 
Y que padezcan no quiero, 
Aunque cumpliendo promesas, 
Sufran como costaleros. 

*
Cuando llegan a la cima 
De su Calvario en el Cerro, 
Lentamente se camina, 
Ante el atrio del convento. 

¡Quien tenga oídos que oiga! 
Que todo el pueblo lo sepa; 
Cristo murió en el Calvario, 
¡Pero hoy, vive en Estepa!

Sí, pasamos por delante de esta puerta de Santa María, y por la del cercano convento de Santa Clara de Jesús, y en algunas madrugadas cuando el cielo está claro, la luna es testigo de esa noche luctuosa, y se asoma para verlo iluminado por su resplandor, en su tránsito junto a este templo, y al monasterio de las Clarisas.

Después de dejar atrás estos muros que han visto pasar tanta Historia, el Cristo de la Salud sigue avanzando despacio portado sobre los duros hombros de sus costaleros, por los bellos senderos del Cerro de San Cristóbal. Sólo se oyen en el silencio de la noche los golpes del llamador del capataz, y el seco sonido de los crótalos de madera.

La hermosa torre del Homenaje desde su altura, en la oscuridad de la noche parecería que llora al verlo pasar, y mira su cabeza clavada de espinas, y la calma de su rostro que ya ha dejado de sufrir, ahora, que está invadido por la impavidez de la muerte.

En la franciscana iglesia 
Dormirá quieto, muy quieto, 
Y allí, el pobrecillo de Asís, 
Colmará sus pies de besos. 

Igual que Francisco, Antonio, 
De su altar bajará al suelo 
Y al pie de la cruz los dos, 
Velarán a Cristo muerto. 
¡Cuánto quisiera aliviarte!-dicen- 
Haciendo Tu dolor nuestro. 

El de Padua y el de Asís 
Lloran rezando el rosario; 
Él nos bendiga y nos guarde, 
Vuelva a nosotros su rostro, 
Dénos la paz a diario 
Y esté siempre con nosotros… 
¡Nuestro Cristo del Calvario!

(Fragmento del Pregón de la Semana Santa de Estepa de 2010, pronunciado por D. Antonio Rodríguez Crujera y publicado por su autor en las redes sociales en 2022)

24/3/19

LA MANO QUE MUEVE LA ESPERANZA

Toque de un martillo plateado.
Corona dorada sobre un ancla.
Voz rasgada que el aire atraviesa.
Exhalación de amor, lívida carga.
Contoneo silencioso en la iglesia.
Valares en movimiento en un acorde afinado.
Brazos que se anudan a la parihuela.
Bambalina que acaricia el dintel de piedra.
Rayo de sol que en la malla se enhebra.
Terciopelo verde de oro bordado.
Azahar que te recibe en la plazuela.
Perfume de la vida en tu esencia.
Aplausos en el gozo, himno real.
Suspiros al aire y oraciones primeras.
Luz que por la calle Roya se desparrama.
Pétalos que de los balcones manan.
Saeta sentida desde la garganta arrojada.
Lágrimas que en los ojos se derraman.
Corazas de plata y plumas albas.
Mar de capirotes verdes y capas blancas.
Calle estrecha, empinada y espadaña.
Palio en una esquina que baila.
Flecos dorados que al aire se lanzan.
Atardecer en un rectángulo atrapado.
Verdor de la alta sierra en la tela.
Romero, tomillo y la manzanilla.
Esmeralda, jade y la turmalina.
Saya blanca que viste a una reina.
Jarra entre valares de azucenas.
Claveles, rosas y las orquídeas.
Jacintos, dalias y las camelias.
Nube de incienso que en el cielo se riza.
Haz de luz en una noche de estrellas.
Tintineo en un pabilo de fuego.
Claridad refulgente de tu destello.
Corona que sobre tus sienes brilla.
Cirios verdes que se alzan al viento.
Sones que se acercan y espera en la plaza.
Delicia de clarinete y flauta traversa.
Danza de tu palio en la Coracha.
Corazón compungido en un requiebro.
Rosario y, para el que llora, pañuelo.
Ave María para el que sueña en el cielo.
Promesa cumplida, promesa renovada.
Hojas verdes de un naranjo que florece.
Calle de mesones, gentío que enmudece.
Reloj de dragones que su aguja detiene.
Señorita que camina entre incienso.
Fulgor de un niño en sus ojos nuevos.
Padre que lo sujeta con mayor desvelo.
Saludo de hermanos en una puerta.
Flores en un ramo que te regalan.
Casa junto a la fuente de una plaza.
Calleja que me anuncia tu llegada.
Sombra de una bambalina en la tapia.
Resplandor de los candelabros de cola.
Revirá en la puerta y en la plaza marchas.
Oración por miles de lágrimas que recojas.
Capilla que te recibe porque te atesora.
Trono que en el suelo sagrado se posa.
Golpe de llamador, sonido eterno;
Último suspiro de un alma extasiada,
la mano que mueve la Esperanza.

21/3/19

LA ÚLTIMA LUNA


Se desprende de las garras de la señora mora para ascender vertiginosamente al infinito del oscuro universo, un par de horas de libertad no bastan para alcanzarlo. De plata viste su galas y resplandor arroja la luminaria de su mirada, oscureciendo a las estrellas que se asoman atrevidas al firmamento. Su mano se desliza en el aire que mueve los árboles de la plaza, sin darse cuenta que en una de las esquinas se anhela el parpadeo de las luces que el tintineo de unos faroles negros arrojan sobre una espadaña silenciada. Seco sonido de una cruz sobre los hombros que golpea un escalón de piedras gruesas, mientras que un lienzo desigual ondea sobre un madero siguiendo el movimiento de las cuentas de un rosario. Con suavidad se riza el aire en el arco a su paso. Las lágrimas brotan de una fuente cercana para apagar la sed en el alma del que las necesite. En la palidez de la noche el recuerdo espera el sueño de blancos corazones.

Camina sigilosa por las cuestas atravesando el pinar y tocando con su luz la alta tapia de la muralla. El convento la recibe en los patios de la clausura y bajo el dintel de la puerta de la iglesia se reserva la golondrina del frío de la noche. Entre los árboles que se alzan hasta el cielo se vislumbra la silueta de Santa María, campanario frente a espadaña y puerta blanca de entrada a la eterna Jerusalén. Silencio por doquier, sólo roto por el murmullo del viento que agita las pobladas ramas de hojas nuevas mientras desfila por las entrecalles de las iglesias. Redoble de un golpe metálico que hacen los faroles sobre las viejas piedras que marcan el camino. Sobre la cuesta el gótico de un paso se difumina sobre el de la torre, trazos de una pintura inacabada sobre el lienzo de una noche de minutos contados. Entre una armada de soldados de sombrero blanco que portan armas de luz se vislumbra imponente la torre de la Victoria, emblema de nuestro pueblo y recuerdo de lo añorado. Más allá, entre los almendros y los olivos esperan el momento los hermanos de San Francisco.

Mira curiosa entre los callejones del centro, bajando sus empinadas calles, subiendo sus cuestas curvilíneas, atravesando sus plazuelas, rodeando sus esquinas. Sigue la vía que le muestran los azulejos entre las cruces de forja. Bebe de sus fuentes, de la vieja que está junto al arco y de la nueva que está en la plaza grande. Contempla los naranjos de los que brota su tesoro blanco oloroso, y se pierde por las flores del jardín junto a la iglesia, asombrada de que su luz también arroja la sombra de las rosas pero inigualable al brillo de nuestro astro celeste. Reloj que marcas las doce como el tañer de una campana que anuncia la muerte; en ti la puntualidad es una marca de tu esencia. Se deja llevar por el aire que trae la tenue melodía que vuelve por una esquina, el resplandor de unos cirios que iluminan una pared encalada, una nube de incienso alejada que se percibe cuando se estremece el cuerpo o como una paleta de colores del frontal de un palio que se acerca.

Sabor dulce en las cocinas de las grandes casonas y en los obradores de las principales calles, lanzas que se arrojan al amparo del ayuno de la cuaresma. Capa blanca que ondea como bandera de la espera en una azotea. Ritual del ojal y la aguja, de escudos y botones, de una túnica colgada en una percha sobre un aparador de la estancia principal y otra más pequeña a la que hay que soltarle lo anudado para volver a anudar la juventud ganada o perdida. El mecanismo de la cerradura de un joyero que se descifra para mostrar el broche de una mantilla que se guarda en el cajón de una cómoda. De niños que adecentan los valares plateados de un palio y de mayores que funden la cera de un altar efímero en el presbiterio de una iglesia. De ensayos de una banda y costaleros que se preparan para ser los cirineos en la tierra. Horas de desvelo que se pagan con el amor de los que más queremos. No le sorprende cuando se asoma a través de las ranuras de los ventanales y se marcha deseando pertenecer a este ejercicio que conlleva la tradición.

Se llena de ilusión cuando escucha cantar al gallo por primera vez, como si se tratara de una corneta que suena veloz cuando el dorado de un paso recibe la última luz del día entre los palacetes del centro. Refresca las manos y aclara su garganta en la fuente de la plazuela ante el camino que tiene que recorrer; otras tierras, otros lugares, pero ninguno como el resplandor que deja en ésta. Revuelo de plumas bajo el verdor de los naranjos y de un ancla que se balancea al compás del remate de una soga anudada; de palomas que se alzan libres hacia el cielo celeste y de ramas de olivo que rozan los balcones de una calleja. Oye de nuevo al gallo que anuncia que su final se acerca, la luminaria de la calle ancha se apaga. En la esquina, junto al león, se despide mientras añora la bambalina que volverá a besar la pared de la estrecha calle bajo un cielo rosado. Su opuesto se asoma y ella se diluye en la neblina clara del horizonte con el tercer canto del gallo. Es tan sólo la última luna que nos queda.

31/3/18

MUERTE VENCIDA


En la tarde del Viernes Santo Jesús se aferra al madero en el instante que se despide de la vida. Lo vemos caminando insinuante hacia una despida, hacia un adiós en la cruz que sujeta. No es un adiós definitivo, eso lo sabemos. Es un tránsito de ida, un hasta pronto que abre la puerta hacia otra Vida. Sin embargo, su despedida llena nuestra tierra de tristeza, de pena y dolor. Dejamos que la Muerte se haga presente, que transcurra por nuestras calles, que nos congele al sentirla en la tarde del Sábado Santo. La muerte es un réquiem pasajero que se muestra en la belleza eterna de la que es realmente buena. La perfección está en el rostro de este hombre que ha dejado escapar el último suspiro de aire; aliento de vida que exhala verdadero amor con su saeta de plata. Va muerto, aunque en Él la muerte se minimiza por la bondad en sí misma. Crea la paradoja de complejo significado, donde la vida es vida y la muerte más vida. Deja que la melancolía pase en este día, que llene nuestro pecho y nos congoja.

De la mano del muñidor, la campana dobla por su muerte en cada esquina. Estoy cerca, nos avisa. Tiendo mi manto negro por tus calles y plazas, por tus casas y rincones, y de tinieblas lleno tu corazón cuando me plazca. Nos susurra. No hay alegría en tu repique, pese a que la campana que redobla en tu alma suena a domingo y a mediodía. Pide silencio con tus sones apagados, para estremecer al que asiste al cortejo y al que lo presencia. Destempla. Entristece. Silencia. Monotonía en su esencia pura. Deja que la muerte se llame por su nombre, se sienta presente y provoque silencio a su paso.

Los naranjos desprenden su perfume al sentirla, rebelión de la naturaleza que no guarda en silencio la realidad y llena con la sutileza del aromático azahar el camino del cortejo. Vive. Le replica a su paso por los árboles de la plaza. Es fuente de salud en la madrugada que se derrama entre las piedras quebradas del Calvario, una constelación de estrellas que brillan en su tintineo de claroscuros por las cuestas. Deja que las sombras se impongan en el contraluz de las velas que encendemos en su nombre, o más bien por el nuestro; el ocaso son sólo unas horas.

Todo está consumado. La tierra tiembla, se rompe, se desquebraja, se parte. Trizas se hacen los surcos que se abren en el alma del que oye el golpe del vibrante tambor que lo acompaña. No ves que derrama amor por los que ya no están. Su sangre, agua viva, son ríos que corren para nuestras venas, fiebre salvadora de locura juvenil que ayuda al desvalido. Amor pudo haberse llamado porque no puede haber más amor en entregar la vida por los demás. Deja que la muerte hiele tu cuerpo con su falsa, que el ardor de la vida más allá aguarda.

El dolor está en sus ojos, en su angustia prepara el duelo. La vida se le escapa y llena de amargura su ser. Recoge en su vientre al que se hizo verbo viviente para acunarlo en la despedida que clama al cielo por respuesta. Contempla el horror de la muerte en sus propios brazos y abraza un cuerpo llagado de sufrimiento que hace el propio aún más doliente. Sufrir corpóreo por sufrir anímico. En el gesto de su boca se lamenta la muerte porque su figuración no es plena, su representación volátil, su escenario temporal. Deja que tu alma sufra al verla porque en sus lágrimas está el bálsamo de tu pena, que su encarnación fue temporal para hacerse eterna, y su misión perfecta.

Como guardianes tienes a los pardales que vuelan bajo para velar tu cuerpo y entre vuelo y vuelo dejan escapar el susurro que quiebra el silencio con su acento. Desesperadamente los asustas en vano porque no haces fija lo que se te escapa entre los dedos. Retienes sin poder su cuerpo y dejas escapar un suspiro porque no consigues lo que pretendes a tu lado. Fíjate que el pelícano de su remate abre su pecho y con su sangre alimenta. Comprende de una vez, Muerte, lo que en él encierra y cesa en tu pantomima porque eso es lo único que te espera.

Cortejo que llevas la muerte por mis calles y plazas, andas sobre la cera que regamos en el recuerdo durante una semana de cirios encendidos, de plegarias y de rezo. Cortejo que procedes a encerrar la muerte en la mayor cárcel de las profundidades de la existencia, para echarle la llave en una madrugada que rompa el velo de las tinieblas. Y, a la vez, gentil en tu gesto, abres la puerta de una vela inagotable que no cesa. Oscuridad sobre la luz, o eso cree ella. Vacío es lo que provocas en mí al verte, por lo efímera que es tu presencia. Tu cortejo permito que representes porque sé que la verdad en él se esconde, y en la última lágrima de sus ojos la esperanza se manifiesta.

Muerte que te paseas en un tarde de primavera pensando que hielas lo que el ardor florece, no puede ser estéril lo que de amor se siembra y en ramas verdes crece. Muerte que te insinúas cuando aún la tarde no ha declinado, que el sol brilla cálido y con su luz acogedora del crisol dorado el aura de los tapiales de este mundo envuelve. Muerte que te disfrazas y te vistes de mil maneras, con tal de ganar una batalla cuyo resultado no alteras. Sabemos que el final es el principio, que el orden no cambia porque en el juego tus piezas muevas. Por hacernos verle yacente sin ser yermo eres tramposa, cuando con su muerte pago tu derrota. En tus tierras clavo una Cruz hasta tus raíces que anulan tus males y en mí el pecado, que florece y que da semilla del leño que el dolor provoca.

Hoy vuelve a pasearse la Muerte. Déjala, sabe que ha sido vencida.

24/1/18

LIRIO BLANCO


Se despierta entre las rocas de las sierras que dejan paso al sol de la mañana. Florece cada final de enero anunciando la llegada de las vísperas de la candela, como un ruiseñor anuncia con su bello canto el amanecer de cada nuevo día. Se acicala con el rocío que le dejó la aurora y se viste con sus galas moradas entre las esbeltas hojas verdes que lo arropan. Así es el bello lirio de nuestra sierra, frágil ante la certeza del devenir y a la vez con la robustez de un roble cuando nace a los pies de su camino, apartando los espinos para que se deje caer sobre el delicado terciopelo de sus pétalos. Lirios son los que se entretejen y cosen en el manto que se extiende junto a sus dedos, tantos y miles, con sus carencias y diferencias, con sus rozaduras y manchas, con sus estambres y pistilos envueltos entre sus pétalos al viento. Únicos son bajo un mismo patrón y con una historia propia, mimados por el son del aire que los mueve para recibir el alimento del agua fresca y mantener la esperanza del roce con su piel.


Virgen de los Dolores,
Hans Baldung Grien
1516 
Tantos eran, y son, que llenaron su camino, pero sólo uno nació puro y blanco. Fue hecho así desde que fue imaginado y atreviose a destacar entre los demás para llevar en sí la semilla divina. La blancura de sus pétalos le hacía brillar en la sierra como una estrella radiante del firmamento que guía a los caminantes en la noche, lumbre blanca encendida de la madrugada a la que se acerca el que tiembla de frío, como en aquella en que lo vio nacer. A más morado en el que se tornan los demás, más blancura encierra en su corazón que se muestra dolorido. Blanca es la pintura de su pureza, que irradia en la savia de sus venas y en la suavidad del tacto de su mirada. Se preguntan los demás cómo es posible que con tanto dolor que tuvo que soportar vista el lirio de blanco, si con sus propios ojos vio su marchitar y con sus manos lo sostuvo ya seco. La blancura no está realmente en el color de sus pétalos ni en los surcos transparentes que deja el sufrimiento en su mejilla, sino en la luz que guarda en su corazón ante el regalo que a los demás lirios hizo. Luz de nuestro mundo. Es el luto blanco que se llena de dolor pero que, a su vez, arroja la esperanza para poder llevar el peso de nuestro color morado. Es el luto blanco que guarda un mensaje de amor y paz del que ella hace gala. Blanca eres, y tan blanca como el “deuil blanc” que vestían las reinas de Europa para dar la despedida a sus amados y a los que cayeron por su país. Como te vieron los pintores flamencos en tu dolor, tan blanca que a los pies de la Cruz tu pureza sigue intacta. Blancura dolorosa que extiende su mano en una tarde de finales de enero, como el lirio blanco de pureza que permanece a los pies del Nazareno.


Rogier van der Weyden. La Crucifixión

16/1/18

SOMBRERO DE LAS ARENAS

Por los trayectos rectos en los caminos torcidos de Dios, cuando es difícil asimilar lo que en la vida nos aguarda. El horizonte se desdibuja entre la neblina de la polvareda que levantan los caballos a su paso, y rodeados por la arboleda del coto las fuerzas se desvanecen tras varios días de entrega. Ofreces tu mano para empujar nuestro carro si se detiene en el segundo en el que todo se tambalea, traes serenidad cuando se precisa y compartes el júbilo de la alabanza cuando el rezo del Ángelus nos envuelve. Abres mis ojos en un campo de amapolas y trigales que crecen entre un riachuelo de aguas claras. La lealtad se mide en la exacta proporción que ofreces cuando extiendes tu mano para llevar la mía hacia la carreta del Simpecado.

En el arrebato de la totalidad de su presencia es cuando su esencia más se manifiesta. Entrega desmedida hacia el recuerdo que hace revivir los caminos ya hechos, deshacer los pasos dados para volver a andarlos como si se tratase de lo vivido un sueño. Echar de menos no tiene por qué estar denostado si por la ausencia ansias más realizar lo imaginado. Revivir quisiera en tan sólo un minuto lo que ahora está destrozado en el sentir, añicos son los pequeños fragmentos que la simpleza de un recuerdo se empeña en recomponer. Y así entre la añoranza de esos instantes los días se apresuran sin detenerse.

Me sorprende saber que en nuestro caminar terrenal no estarás presente. Se ve que allí haces falta porque no se comprende que tan rápido se te lleve. Dejas en el camino lo que has sembrado, no dudes que crece como una flor de manzanilla que en el pecho prendes. Si en la tierra donde el cerro guardas la primavera no te lleva al camino, el estepeño te llevará a la del vecino en donde poder recorrerlo. Caminar en un sendero de sones a tamboril entre las sombras que dibuja el compás de la mañana, deseo desorientado de días anhelados. En la vieja Urso encuentras sales ricas donde beben tus raíces, mientras suena una salva en el cielo que acompaña el respirar de los bueyes. Camino que comienzas y otro que vuelves, incompleto para nosotros pero no en ti que lo atraviesas. En un camino de Doñana con los rayos de sol de un pentecostés eterno te encontramos con tu sombrero de las arenas del tiempo, con la cinta de tu hermandad y tu medalla blanquiceleste al cuello. Espéranos en la ermita a los demás que haremos este camino en nuestro momento.

1/11/16

LA VIEJA ESTAMPA

Habían pasado sólo tres días y la mañana se presentaba fría, inusual para un sábado de mayo cuando el calor enciende la savia que hace brotar las flores en el verdor de las macetas del patio. Se acercaba la hora de tomar decisiones, y por muy difícil que resultara había que encontrar las fuerzas en el recuerdo del amor que su madre les daba.

El silencio lo rompió el golpeo de la llamada en la puerta, tres toques secos que despertó de la congoja a los que le esperaban. La hija mayor se incorporó del viejo sillón que presidía el salón y se dirigió a la puerta de madera de nogal que había resistido casi intacta al paso del tiempo, sólo un par de grietas provocadas por la humedad y varias ampollas la reconocían como antiguas huéspedes de la casa familiar. Siguieron los saludos protocolarios que proceden en estas situaciones y tras una breve pausa el caballero al que esperaban entró en el salón. Vestía un traje bastante usado de color oscuro, con corbata negra, camisa de un blanco roto y unos zapatos negros de suela gastada. Su mano agarraba con fuerza un maletín de cuero cobrizo al que se le marcaban las líneas que los pliegues de los años le habían hecho, como las arrugas perfilaban su edad sobre la piel. El señor tomó asiento y se apresuró a abrirlo. Tras sacar varias carpetas puso sobre la mesa unas lentes de lectura y un formulario que se disponía a rellenar con el consentimiento de la familia. Las letras preferiblemente sencillas y claras, sin ningún tipo de adorno ni filigrana, sin inscripciones. Las fechas, las que habían considerado siempre como festejables, alejadas de las que un trozo de papel había marcado como oficial. Se sabe que en aquellos años esperaban a que los recién nacidos lucharan al menos un mes para poder reconocerlos, por lo que se celebraba la fecha que de viva voz su madre les había dicho. Preferían piedra de color grisáceo con aguas que imitara el mármol, desde que ese material se pasaba de las ganancias que la familia había conseguido, mientras que para el recipiente se decantarían por un pequeño tiesto alargado de color blanco, con suficiente espacio para acoger un sencillo ramillete de flores.

En este momento el señor del traje oscuro les preguntó por la imagen que deseaban grabar en la piedra. Intentaban recordar cuál era la imagen a la que su madre le guardaba mayor devoción para que pudiera acompañarla para siempre. Era mucho más difícil de decidir de lo que habían sido las anteriores cuestiones. Su madre siempre les había enseñado a amar a todas por igual, singular es. Había asistido a los triduos de cuaresma y a las novenas de la Virgen, a los festejos del Corpus, y siempre tenía presente en sus rezos a los santos estepeños. Quizás aquella Dolorosa de la iglesia donde contrajo matrimonio o aquel Cristo que la acompañó durante el tiempo que estuvo en el hospital por aquella difícil operación. Podría ser la Gloriosa cuyo camarín se ve desde la ventana de su habitación o el Señor al que Estepa entera espera y al que alumbró cuando los problemas a los que se enfrentaban algunos de sus hijos le rondaban la cabeza.

En ese momento de indecisión la hija mayor se acordó de una vieja estampa que su madre guardaba con celo en la cómoda de su habitación. Su hija recordó aquella estampa porque su madre la colocaba siempre el día de los difuntos en la vieja consola del salón, y mientras le rezaba vertía un poco de aceite en un cuenco y encendía en él las parpadeantes mariposas de aquel día del recuerdo.

Ante tal ritual, cuyo proceso la tradición había marcado, la hija mayor no pudo controlar la pregunta inevitable sobre la procedencia de la estampa. Su madre le respondió que esa estampa la había tenido su abuela y le había acompañado durante los años difíciles de la guerra. Había resistido al saqueo de su casa cuando buscaban al padre porque defendía colores prohibidos, había sobrevivido al incendio provocado de las pertenencias que el fruto del amor había atesorado, guerra incomprensible entre hermanos que no compartían sangre y, sin embargo, sí en el juego de vida y muerte; había estado presente en la oración de su madre cuando no había más remedio que recurrir a las limosnas y a la beneficencia de sus vecinos; y había ayudado a soportar las cruces que en el cartón de racionamiento indicaban el pan que llevarse a la boca. Incontables las lágrimas que se habían mezclado con la tinta y que habían acelerado su desgaste.

La hija mayor subió las escaleras junto a la entrada de la casa y recorrió apresurada el pasillo que llevaba a la habitación de su madre. El olor inconfundible a rosas recién cortadas que su madre usaba para perfumarse todavía perduraba en aquella habitación, impregnado en cada trozo de tela que estaba presente. Se agarró a los tiradores dorados del primer cajón de la cómoda y tiró con fuerza hacia ella. En la esquina izquierda del cajón, bajo un par de sábanas blancas dobladas, había un pañuelo, con la letra tercera cosida en pespuntes, que envolvía un trozo de papel que parecía acartonado. Lo cogió con reserva y recorrió sus propios pasos de nuevo al salón donde la esperaban. Sobre la mesa apoyó el pañuelo y lo desenvolvió entre las hilachas para coger con sus dedos la lámina que guardaba. La reconoció como la estampa que había visto en su casa en los días de difuntos. Estaba arrugada y pintada en ocre sobre blanco, casi parecía hecha a carboncillo, pero el paso del tiempo había conseguido desdibujarla en parte y los dobleces la habían llenado de líneas, como si se trataran de las venas que se desdoblaban y recorrían su cuerpo. Un corte profundo recorría la parte inferior de la estampa, casi de lado a lado, pero tal apertura se había intentado subsanar con una pequeña cinta de color pardo que se había cosido hace ya muchos años. En ella se dibujaba la Madre de Dios en ocre y blanco ofreciéndole el escapulario de la salvación con tres estrellas en el campo del Monte Carmelo. El caballero del traje oscuro, con un breve movimiento para recolocar sus lentes, tomó la nota en su formulario y a continuación se despidió amablemente atravesando la puerta de la casa familiar.


Seis meses habían pasado cuando la hija mayor volvía de arreglar las flores. Rosas blancas había elegido para aquellos días, recién cortadas con mimo del patio de su madre. Entró en el piso que había comprado hace unos años junto a su marido y se dirigió a su habitación. En el primer cajón de la mesilla encontró la vieja estampa envuelta en un pañuelo impoluto con la letra tercera serigrafiada, la cogió con la mesura de la primera vez y la llevó a su modesto comedor. La colocó en el estante central del aparador y junto a ella un jarrón con un par de aquellas rosas blancas. Bajo la atenta mirada de su pequeña y mientras su voz entonaba el rezo del Avemaría, encendió una cerilla y con un rápido movimiento de su mano prendió el pabilo de una vela. Al instante destelló en mil chispas que ardieron con fuerza en la llama que arrojó la luz de la vida sobre la estancia.


29/5/16

CHURRETEROS


La ciudad de Estepa se extiende por la ladera del cerro que albergó la villa vieja, a través de sus calles empinadas, sus plazuelas y sus casas blancas, las fuentes de agua fresca y los naranjos y limoneros en flor. Las cruces de forja en las esquinas marcan el sendero de la devoción de los barrios, como un vía crucis en las callejuelas que los estepeños de todos los tiempos han recorrido en el quehacer diario de su vida.

Cuando las guerras en estas tierras terminaron, las gentes de la villa atravesaron sus murallas buscando sus caminos en los campos de cultivo y ganado que las rodeaban. En el noroeste del pueblo encontraron refugio sus habitantes más humildes y levantaron los muros de sus hogares bajo la esperanza de un futuro mejor alrededor de la vieja Ermita de la Vera Cruz, cuyas raíces hicieron crecer la tarama verde de su trama en cada uno de los ramajes que partían de ella. Y allí al abrigo de la Santa Vera Cruz nació la flor más pura del amor que haría estremecer al barrio. Llegó humilde, serena, tranquila, envuelta en la belleza que ocultaba el secreto de su sonrisa y la alegría de su mirada. Sus vecinos no tardaron nada en rendirse al cariño que les ofrecía. Con el aprecio que un hijo siente a su madre así la acogieron nuestros antepasados, para mimarla y quererla cada vez más con el paso de los años. Y aunque el barrio no podía ofrecerle mucho, nada importaba: sólo la oración tejía de peticiones su manto y levantaba los muros del templo entre promesas cumplidas, exvotos y el cincel de los hermanos, que bajo el rezo de su rosario pulieron la piedra, tallaron en la madera y mezclaron los colores más puros de los pinceles para proteger el delicado terciopelo del joyero que la guardaba y la cuidaba. Y bajo el calor de su mirada se redimieron los ladrones que fueron a buscar la preciada joya, y así entre las alhajas devueltas y el olor a pólvora la celebraban. Y la llamaron de esta forma porque, aunque amada y querida, entre los manchados ropajes de los pobres vivía, gente humilde que guardaba el grano de su oficio entre los gruesos muros del pósito cercano. No asustó la palabra a su barrio, la bordaron con letras de reafirmación en la bandera que en el alma ondea; vocablo que crece el orgullo del estepeño que conoce que tras él Ella le espera.


Y en su casa, la trama reverdecida de la que surgió continuó creciendo, y la palabra impregnó a la savia de las hojas nuevas que iban brotando. La Señorita con cara de niña que extiende el manto de la esperanza en el barrio quiso quedarse con la palabra y su Hijo bajó del cerro a jugar en la plazuela con los pequeños que, como Él, llevan esa palabra como galón en su pecho por sus hazañas entre incienso y el aroma a azahar de la primavera. Niños que buscan el hollín que les deja la pólvora en la ropa al jugar con las varillas que lanzan las salvas a su Madre.

La palabra de esa trama verde se vuelve ungüento denso y milagroso que da sentido a la forma de sentir y vivir del barrio, que se toma desde que se reciben las aguas del bautismo entre los muros de su iglesia, y desde allí se reparte entre sus calles y plazas. Se bebe de las aguas frías de la fuente del Llanete, que entre las palmeras y la arboleda proporciona el descanso al caminante que por calle Roya se aproxima. Se ve en el risco que protege el león enigmático que dejó San Marcos en el mirador de la campiña. Se escucha en los pasos que andan en la cuesta que recorren los que buscan su nudo entrelazado con el cerro y en las palabras de arrepentimiento que el apóstol San Pedro dijo en los palacetes y casonas que se acercan al centro. Se huele en el barrio que llaman de los Cristos en recuerdo a una familia, pero cuyo único Cristo verdadero, fruto de la tarama verde, recibe con amor en su mirada a sus hijos que constantemente le desgarran la piel a latigazos. Y hasta allí llega el aroma de la flor de la plazuela y de la calle Centurión, que lleva el apellido de los nobles marqueses que no pudieron dejar de sentir el calor que pronunciar el nombre bendito de la Señora les daba. Y se siente. Se siente en Alcoba, Toril o Melado. Se siente en Humilladero, Nueva o Dehesa. Pero nada iguala a donde más profundo se siente: aquel lugar que su mano toca en el corazón de los estepeños que bajo su mirada le imploran su remedio.

15/5/16

REMEDIOS O ROCÍO. LA LEYENDA

Existe en el pueblo de Estepa una leyenda que dice que la Virgen de los Remedios es la que debería estar como patrona de Almonte (Huelva) y la Virgen del Rocío de Almonte en Estepa. La leyenda cuenta que el encargo de ambos pueblos se hizo al mismo escultor y al mismo tiempo. Al ser Estepa la primera en retribuir el trabajo fue compensada con la imagen que había hecho para Almonte, que debía ser la más "rica", trayéndose a Estepa la Virgen del Rocío. También se dice que fue una equivocación del escultor en el envío de las imágenes.

En el lado almonteño, la leyenda narra que la imagen de la Virgen del Rocío fue hallada a principios del siglo XV por un pastor o por un cazador de Villamanrique, la medieval Mures, de nombre Gregorio Medina que se adentró en los impenetrables e inhóspitos bosques de las Rocinas, de ahí también el nombre de Virgen de las Rocinas. La leyenda cuenta que la imagen llevaba en la espalda grabado su nombre verdadero “María de los Remedios me llamo”.

La leyenda estepeña se originaría posiblemente a partir de la leyenda almonteña, llegando a creer que detrás de la espalda de la Virgen de los Remedios figuraba el nombre de "Rocío" y en la otra imagen el nombre de "Remedios". La devoción a la Virgen del Rocío en Andalucía se encontraba en pleno auge y expansión en el siglo XVIII creándose hermandades en su honor en los pueblos cercanos a Estepa. Y aquí, a su vez, la hermandad del Rosario de los Remedios también vivía una gran época de apogeo. La confusión se vio alimentada por la forma parecida de vestir a ambas imágenes en el siglo XVIII, como una dama de la corte francesa, incluido el rostrillo. La imagen almonteña se venera actualmente así, pero el rostrillo desapareció de la imagen estepeña con el paso de los años. Sin embargo, se puede ver una representación de la Virgen de los Remedios con rostrillo en uno de los óvalos de mármol del púlpito de la iglesia, vestida idénticamente a la Virgen del Rocío de Almonte. Este fue posiblemente el origen de la leyenda creada por los devotos estepeños para engrandecer el amor que sentían a la Virgen María. Y así fue heredada por las generaciones. E incluso hoy los que defienden la leyenda dicen que la Virgen del Rocío se parece más a los Remedios cuando viste de pastora, por la similitud en sus vestimentas, demostrando que la leyenda sigue viva y se relaciona con la forma de vestir a la imagen.

 



A pesar de que esta leyenda ha pasado de generación en generación, hoy en día se conoce que las imágenes son de diferente época. La imagen del Rocío está datada en torno al siglo XV, de estilo gótico por sus rasgos de hieratismo. La imagen de los Remedios es posterior, del siglo XVII y se atribuye a la escuela granadina. Además, la Hermandad de los Remedios ha desmentido que la Virgen tenga ningún lema grabado en su espalda.

Las leyendas se convierten en una muestra de los sentimientos que no se pueden controlar, aunque si aclarar y explicar, y que acaban arraigadas a las tradiciones de un pueblo. Y así muchos verán en los ojos de la Virgen de los Remedios a su hermana onubense, unidas por el amor del pueblo estepeño a María. Las casualidades no parecen venir solas y hoy en día es el Coro de Devotos de la Virgen del Rocío de Estepa el que le canta a la Virgen de los Remedios durante sus cultos y salidas procesionales, siendo el encuentro más esperado bajo una lluvia de pétalos en la puerta del Carmen.


(Publicado el 15 de mayo de 2016, Domingo de la Octava y Día de Pentecostés)

13/5/16

LAS LEYENDAS DE LA VIRGEN DE LOS REMEDIOS

-La aparición de las andas:

Cuenta la tradición oral, que las andas de la Virgen aparecieron una mañana en la plazuela de los Remedios, y que los jornaleros que se disponían a ir al campo vieron alejarse de la plaza a los bueyes que las traían. El autor de las andas se mantuvo en secreto, llegando a decir que las trajeron los ángeles del cielo e incluso que fueron talladas por un preso a cambio de comida, protección y futura libertad. Los bueyes que ven marcharse esa mañana temprano eran procedentes del Cortijo de Andrade (La Andrá); no en vano su propietario, Don Manuel de Andrade, era en aquellos años Hermano Mayor de la Hermandad y gran artífice de la construcción del Camarín de la Virgen y la Capilla Mayor. Posiblemente fuera una persona perseguida por la justicia quien trabajaba para este señor a cambio de poder recobrar su libertad y su sustento diario, y para que nadie pudiera sospechar nada de la estancia de este hombre en su cortijo, amanecieron sus bueyes trayendo las andas para dejarlas en la plazuela y simular que pareciera un milagro.

Sin embargo, el diseño de este templete barroco es semejante y en algunos aspectos idénticos a multitud de piezas que exornan el retablo mayor de la iglesia y el propio Camarín de la Virgen. El retablo mayor fue realizado en el taller ecijano de Juan José González Cañero entre 1733 y 1741. Pero la hermandad recurrió al núcleo antequerano de Francisco Primo para la finalización y modificación de la obra entre 1744 y 1749, realizando también entre 1762 y 1763 los dos retablos laterales. El dorado se debe a Salvador Romero en 1750. La realización del templete o baldaquino de la Virgen de los Remedios se relaciona con la obra del antequerano Francisco Primo. La peana del templete es igual que la del camarín y ambas se relacionan con Salvador Romero.

-Virgen de los Bandoleros
Estepa fue cuna de los bandoleros más famosos de la literatura romántica y lugar donde acaecieron situaciones y hechos históricos de relevancia nacional. Francisco Ríos Gonzáles “El Pernales”, Joaquín Camargo Gómez “El Vivillo”, Juan Caballero “El Lero”, Antonio López Martín “El Niño de la Gloria”, Manuel Prudencio López Ramírez “El Viscaya” o Jose María Hinojosa “El Templanillo” son algunos de los bandoleros que vivieron con diferente suerte en estas tierras. Son años de rebelión contra las tropas napoleónicas, de saqueos, asaltos y robos de las diversas partidas de bandoleros y de una lucha incesante por parte del monarca Fernando VII por apaciguar la actividad delictiva en las tierras andaluzas. La Virgen de los Remedios es también conocida como la Virgen de los Bandoleros por ser la imagen adorada y a la que se encomendaban los bandoleros de la villa y su entorno. El más destacado de todos es Juan Caballero, quien llegó a ser hermano mayor de la Hermandad después del famoso indulto dado por Fernando VII en 1832, y quien le regalo el preciado alfiler de oro con forma de puño que la Hermandad conserva. Por el mismo motivo, "el Templanillo" le regaló un terno dorado a su Virgen de la Fuensanta de Corcoya. También “el Vivillo” le regaló una sortija a la Virgen de los Remedios. Se dice que la conversión de Juan Caballero se produjo cuando durante una persecución de la guardia el bandolero se ocultó en el manto de la Virgen, librándose de ellos y decidiendo comenzar a realizar el bien. Los bandoleros disparaban sus escopetas al aire para celebrar y anunciar las fiestas de su Virgen, recorriendo el pueblo de punta a punta, tal y como queda representado en un exvoto en las escaleras del camarín. En el libro "El Bandolerismo andaluz", de Constancio Bernaldo de Quirós y Luis Ardila, y cuya primera edición fue en 1931, se nombra a la Virgen como "patrona de los bandoleros", hecho o nombramiento que nunca ocurrió.

Hoy en día, la leyenda de la Virgen de los Remedios y los bandoleros no se relacionan a las salvas de escopetas que se lanzan al aire en el primer día de novena. Más bien, están vinculadas con el gremio de caleros, que a través de barrenos sacaban la cal de la sierra de Estepa. El gremio vivía por el entorno de la calle Risco y con la pólvora con la que sacaban la piedra, preparaban sus trabucos y los detonaban ese día a las 12 de la mañana.

Está tradición se ha recuperado en el mediodía desde las azoteas del barrio durante el primer día de la novena, y ha quedado presente en el gusto de la hermandad por los cohetes y tracas para anunciar las fiestas y cerrarlas.



-Virgen del Barrio Nuevo:
Se le llama de esta forma al barrio de los Remedios porque fue el último barrio que se forma en Estepa, de carácter muy humilde, cuando el pueblo se extiende extra-muros por la ladera norte del cerro. El primero de ellos fue la zona de la Plaza Vieja y la Coracha.

-Virgen de los Churreteros:
Antiguamente la villa se dividía en dos barrios principales: los churreteros y los mondongueros. Ambos términos son despectivos y se utilizaban para criticarse los de un barrio al otro. Se les llamaba churreteros a los del barrio de los Remedios, al oeste de la villa, por ser el barrio más pobre de la villa y en el que ‘más sucios’ estaban los vecinos, barrio de agricultores y ganaderos, de trabajadores en el campo y la sierra. Por este motivo se le conocía a la Virgen como ‘la Churretera’ y al Niño como “Divino Churreterillo”, viniendo por tanto el vocablo de churretes y no de churros como mucha gente piensa. El término churretero se acabó aceptando en el barrio y ha llegado a ser un distintivo de honor y orgullo para sus vecinos. En numerosas coplas y sevillanas que se le canta a la Virgen aparece el término de churretero y, como curiosidad, hay una en la que se dice ‘El niño de la Virgen tiene churretes por jugar con las varillas de los cohetes’. El otro barrio, al este de la villa, se conoce con el nombre de ‘mondongueros’ porque era el barrio más pudiente de la villa y en donde se pensaba que había ‘más mondongo’, es decir, las tripas, vísceras y carnes del cerdo y otros animales, consideradas un manjar en aquella época. De igual manera, el término despectivo ha llegado a considerarse un motivo de honor y orgullo en el barrio. La imagen mariana a la que el barrio tiene mayor devoción, aunque no se le llame la Mondonguera, es la Virgen del Carmen. También se considera imagen representativa del barrio a Santa Ana, cuya verbena se celebra en Julio. 
Aunque esta explicación para el término "churretero" es la más aceptada, también hay historiadores que lo relacionan con la Mesta de ovejas churras y sus pastores o "labriegos" que se asentaron en estas tierras durante la Orden de Santiago. Ver más sobre el término aquí y aquí.

-Remedios o Rocío. El cambio de la imagen:
Se dice en el pueblo que la conocida Virgen del Rocío, venerada en Almonte (Huelva) y en toda Andalucía, fue realizada para Estepa mientras que la Virgen de los Remedios de Estepa fue realizada para Almonte. Esta leyenda la apoya la leyenda almonteña que dice que la Virgen del Rocío tenía una inscripción en la espalda que decía “María Santísima de los Remedios me llamo”. Puede conocer más de esta leyenda aquí: Remedios o Rocío. La leyenda.

-La Virgen de los Remedios y la flor de Stippa:
Los primeros pobladores de la zona de los que se tiene constancia fueron los turdetanos. Después los cartaginenses fundarían Astapa, ciudad que destruyeron sus habitantes antes de ser entregada a los romanos. Los romanos fundaron Ostippo y aquí se establecieron los visigodos. En manos de los musulmanes se llamó Istabba y Fernando III el Santo la reconquistó con el nombre de Estepa. Se dice que el nombre de la ciudad viene del término que los hispanorromanos le dieron a la planta que encontraron en abundancia en sus tierras, la Stippa, de la familia de las cistáceas. La planta se convirtió en un emblema de la ciudad y quedó esculpida en la nave de la iglesia de Santa María, en el antiguo escudo de la ciudad y en los bordados de las hermandades, como la desaparecida Hermandad de la Virgen de la Cabeza que bordó la flor en su estandarte. La Virgen de los Remedios y su Niño tienen bordada la flor en su saya y su vestido varias veces, simbolizando la unión de la Virgen con el pueblo estepeño.



-La Virgen de los Remedios y el Martes 13: 
Cuentan los mayores que si le pide con fervor el Martes 13, la Virgen intercede para que se cumplan los deseos de los fieles. Este día al que muchos atribuyen sin sentido penas y supersticiones, actos de mala fe y desgracias, es el día que la Virgen demuestra el amor por sus hijos al concederles sus gracias y milagros. La Hermandad dedica cada Martes 13 función en honor de la Virgen de los Remedios y se abre el cielo de los churreteros para poder visitar a la Virgen en su camarín. Leer más aquí.

-¡Bendita!:
Los churreteros suelen gritarle a su Virgen ¡Bendita! durante la novena y en la procesión. Estos gritos también se mencionan en las sevillanas dedicadas a la Divina Remediaora, como también se le llama. Estos gritos se relacionan con la familia Manzano, conocidos también como los ‘marmetos’, los cuales llevan ya cuatro generaciones gritándole a la Virgen. Dolores, Natividad, Asunción o Joaquín son algunos de los miembros más conocidos de esta familia que han mantenido esta tradición. Otros churreteros continúan también gritándole a su Virgen ¡Bendita!. En un documento de 1881 sobre la restauración de la iglesia se recoge que la Virgen recorría “en procesión las calles de esta piadosa villa siendo vitoreada por sus devotos por todas las calles de la estación”.

Relacionada con Asunción ‘La Marmeta’ existe otra leyenda sobre la Virgen y la muerte de su padre Joaquín. Se dice que durante la procesión del Domingo de Octava de 1918 el trono de la Virgen cayó accidentalmente al suelo durante el cambio de portadores y Joaquín salvó la imagen de la Virgen pero recibió el golpe del trono. Cuentan que Joaquín murió en aquel momento, pero la verdad es que se rompió la cadera y murió tiempo después por otras razones, pero el pueblo relacionó la muerte de Joaquín con la caída de trono. Su hija continuó con la tradición de "gritarle" a la Virgen a pesar de lo sucedido y llegó a ser una de las personas más representativas de la Octava. El pueblo de Estepa le dedicó un placa conmemorativa en 2016 en la que fue su casa a comienzo de la calle Roya. 

13/3/16

VOLVER A VERTE


Había pasado una mala noche. Ya a su edad había noches en las que el sueño era difícil de alcanzar. La noche se había presentado fría, de viento y llovizna. Resoplaba con tanta fuerza que el susurro perpetuo de la chimenea gritaba por no poder entrar por las ventanas a las que golpeaba. Las gotas caían velozmente sobre las paredes y al comprobar su dureza estallaban en mil sobre los charcos del patio de su casa, esa en la que había pasado toda su vida. Lo mejor había sido dormir pronto, descansar, que el siguiente día era Viernes Santo y había que levantarse con ánimo, o al menos intentarlo. Pero, para Doña Ana, no era el frío ni el dolor de huesos lo que no le había dejado pegar ojo en la noche.

Se acordaba de su Cristo de la Salud, al que esperaba todas las madrugadas al final de la Cuesta. Ya hacía varios años que no podía acompañarlo. Recordaba cuando bajaba al Carmen para verlo salir y lo acompañaba hasta el Cerro. Nunca vistió el hábito de nazareno aunque durante años le siguió detrás de su paso entre las sombras y luces de las calles estepeñas. Eran tiempos difíciles y había mucho que pedir y que agradecerle. Cuando la vejez comenzó a darle bocados al reloj de su vida, pensó que lo esperaría al final de su calle, junto a la palmera. Ahí se acercaba del brazo de su hija, en la oscuridad de la noche. Es una noche de silencio y de oración, y así lo esperaba sentada en una silla de enea. No olvidaba recordarle a su hija que echara la rebeca por si se levantaba aire y le traía el fresco de la sierra. Cada vez tenía menos fuerzas para moverse, pero esa noche era especial, su Cristo la esperaba, y ella no podía faltarle.

Pero hace dos noches no pudo ser. Esperaría a que llegara el verano y un día en el que se encontrara bien le pediría a su yerno que la subiera a verlo a San Francisco. Se sentaría, como tantas veces, a su lado y le dejaría su beso antes de volver a casa. Pero Doña Ana sentía que ese año iba a ser diferente. El doctor la visitaba a menudo y aunque de su cabeza alejaba las manías, su cuerpo prefería el reposo, y de vez en cuando darle un susto para recordarle que estaba viva. Por eso pensaba que tal vez no hubiera otra madrugada. Cosas de viejos, decía su hija, que le contaba pocas cosas de las que le decía el médico para que no se preocupara. Pero Doña Ana nunca había sido una crédula, y escuchaba en la mirada de su hija las palabras del matasanos, como ella le decía.

Habría que levantarse y prepararse para pasar el día. Los primeros rayos de luz entraban en su habitación iluminándola. Llamó a su hija, con voz cálida pero firme. A los pocos segundos se acercó a la cabecera de su cama una mujer cincuentona y un joven veinteañero. Bien los conocía ella. Entre los dos consiguieron incorporarla y levantarla. Su hija se encargó de vestirla con el ritual que sólo el verdadero amor puede conseguir, para después bajarla a su salita, donde pasaba la mayoría de los días junto a la ventana. Un geranio tras la reja anunciaba la llegada de la primavera con el color rojizo que enmudecería hasta la sangre. El paso de la gente por su calle la animaba y algunas vecinas se paraban para darle los buenos días y un poco de conversación. A Doña Ana le gustaba hablar con ellas porque les recordaban a sus madres, que habían sido sus amigas cuando salían de jóvenes a tomar el fresco a la plaza del Carmen.

Aquella mañana las vecinas trajeron un rumor que hizo que a Doña Ana le volvieran a brillar los ojos con la ilusión que había recientemente perdido. Y su hija entró en la casa con la nueva noticia, llamando a su madre desde el portal para que se preparara. El Señor vuelve al convento, y en su paso. El cielo se había despejado de las nubes que habían ocultado su color azul y el sol brillaba con fuerza en las tapias de los corralones de la calle. Le pidió a su hija que la vistiera con sus mejoras ropas, aquellas que guardaba y no quería tocar por lo que pudiera pasar en los momentos difíciles que le aguardaban. Cosas de viejos, decía su hija. Agarró con firmeza su bastón y se dirigió a su puerta, pidiéndole a su nieto que le llevara la silla a la esquina. Pero esta vez no tendría que llevarla, le comentaba su nieto, porque su Cristo pasaría por su ventana. Sentada en su puerta, esperaba, con aquellos ojos que mostraban la alegría que su corazón sentía. Intuía la cercanía del paso por el murmullo de la gente. Parece que se acerca, repetía una y otra vez cuando más su mente que su oído escuchaba a la gente hablar. Los ciriales que antecedían el paso del Señor se asomaban a la plaza que hace años era lugar de sacrificio, el Cristo estaría junto a la Inmaculada. La estampa clavada en el corazón de los estepeños, el Cristo delante de la Victoria, ya se había producido. Y Doña Ana esperando junto a la ventana en la que pasaba los días.

Sus vecinos y su pueblo se paraban en su puerta para saludarla. Con buena cara se había levantado hoy y la alegría de la noticia se le notaba. El sol se reflejaba en el dorado del paso, que como un retablo andante se acercaba a la casa de Doña Ana. Los ciriales ceremoniosos pasaron delante de ella y detrás unos atareados monaguillos se afanaban en una enorme columna de incienso que le ocultaba la visión de su Cristo, pero su silueta era inconfundible. Tantos años le había esperado en la Cuesta que este año el Señor le devolvía la visita. Doña Ana se levantó de la silla, y apoyada en su bastón y en el brazo de su nieto, musitaba las oraciones que repetía desde niña con el suave movimiento de sus labios. Sus ojos fijados en las llagas de su Cristo, y su corazón clavado como el clavel carmesí en el monte del Calvario. Y de los labios de Doña Ana salieron las palabras que lo más profundo de su alma le repetía: Quiero volver a verte.

CARTA DE EDICIÓN

El blog Devociones de Estepa nació en la cuaresma de 2009 y tuvo como motivo de inspiración la oportunidad de dar a conocer la Semana Santa de Estepa a través de los nuevos medios de comunicación. El objetivo principal era recopilar información de las Hermandades y Cofradías de Estepa así como mostrar nuestras tradiciones y costumbres. El blog se definió con carácter divulgativo, y por lo tanto, al carecer de carácter lucrativo, se ha rechazado sistemáticamente toda propuesta económica que hemos recibido. Sólo se ha permitido artículos relacionados con la información cofrade o que tuvieran carácter benéfico.

Para llevar a cabo este trabajo, se inició en el blog la recopilación de artículos que procedían principalmente de los boletines y libros de las Hermandades estepeñas, el
Ayuntamiento de Estepa en sus diversas publicaciones, blogs dedicados a la Historia y Semana Santa de Estepa y por último la información que se daba en las redes sociales. Para acompañar a estos artículos se escogían fotografías que se encontraban en los diferentes medios ya mencionados. Tanto los artículos como las fotografías publicados en estos medios no habían sido realizados para el blog.

Desde el blog se ha trabajado también por la investigación propia y de esta forma se han publicado artículos nuevos de información, a los que se le han dedicado un gran esfuerzo. Siguiendo la misma idea, se han realizados también fotografías propias que no se han firmado, pero que han aparecido tanto en el blog como en nuestra página de Cofrades. La idea del blog siempre ha sido compartir y dar a conocer, por lo que siempre se ha permitido la utilización de estas imágenes y de estos artículos. Sólo los que han llevado a cabo la aventura de crear un blog, pueden reconocer las numerosas horas, esfuerzo e ilusión que se le dedica a un proyecto de estas características, y es por ello por lo que conocemos de primera mano la importancia que para un creador de blog tienen los contenidos propios que ha realizado. Por eso, queremos disculparnos con aquellas personas que se hayan sentido ofendidas por la publicación de sus trabajos y retiraremos aquellos trabajos que no quieran que aparezcan en este blog. Sólo indicar que el blog no llega a asumir la autoría de estas fotografías y artículos, y que por lo tanto se expresa su autor o autores al final de cada artículo.

De igual manera, queremos mostrar nuestra gratitud a todas las personas que se han puesto en contacto con el blog para publicar sus artículos y fotografías. Sabemos la ilusión y confianza que han depositado en el blog y se lo agradecemos enormemente.

ALTAMENTE RECOMENDABLE


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-Burguillos Viajero: Estepa (I) y (II). J. Velázquez. 2010

-La firma de Cervantes en Estepa. A. Mallado. ABCdeSevilla. 2014

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-Fotografías de la salida extraordinaria de Mª Stma. de los Dolores de San Pedro en 2001.

-Fotografías de la salida extraordinaria de San Pedro Apóstol por los 50 años de la refundación de la Hermandad en 2003.

-Fotografías del traslado cuaresmal del Stmo. Cristo de las Penas a la Iglesia de la Asunción.

-Cartel conmemorativo del 50 aniversario de la Hermandad de las Angustias.

-Cartel conmemorativo del 50 aniversario de la Hermandad de los Estudiantes

-Cartel conmemorativo del 350 aniversario del Juramento a la Inmaculada Concepción de María (Hdad. San Pedro)

-Carteles de la Semana Santa de Estepa editados por el Consejo y por el Ayuntamiento

-Carteles de la Semana Santa de Estepa editados por la Caja San Fernando.

-Fotografías e información de la exposición "Las devociones populares en las colecciones privadas estepeñas"

-Fotografías de los retablos de la Iglesia de la Victoria que se encuentran en:

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