30/9/11

ERMITAS SANTIAGUISTAS DE ESTEPA


La mayoría de las ermitas estepeñas abiertas al culto tuvieron su origen en los tiempos en que la villa estuvo bajo el dominio de la Orden de Santiago. Las actas de los visitadores de dicha Orden, de finales del siglo XV y principios del XVI, mencionan en los arrabales de la villa las ermitas de San Cristóbal, de San Sebastián, de la Vera Cruz, de Santa Ana, de la Concepción y de Santiago; en el recinto amurallado o junto al mismo se encontraban también las ermitas pertenecientes a los dos hospitales de la villa: la de Santa María de la Asunción y la del Corpus Christi, también llamada del Cristo de la Sangre.

En general, el origen de estos santuarios se basa en mitos o leyendas, transmitidos documentalmente o por tradición oral hasta nuestros días y que pueden ir desde su construcción para conmemorar un acto milagroso o santificar un lugar concreto y real asociado a la vida de un Bienaventurado hasta ubicarlas en zonas con la existencia de aguas con poderes milagrosos o curativos o en espacios designados por la voluntad divina, lo que le otorga un marcado localismo.

Otra de las causas de la construcción de numerosas ermitas es el progresivo culto a los santos, en especial a partir del siglo XV, cuando el hombre sintió la necesidad de tener protectores contra los males que más directamente le aquejaban: peste, plagas, sequías, enfermedades que diezmaban a la población, etc. Estas amenazas determinaron a los vecinos a hacer votos colectivos a los santos en cuya intervención divina en la vida diaria se creía constante. Así, las advocaciones de estas ermitas no difieren mucho de las de otros territorios pertenecientes a las órdenes militares, como sucede con las dedicadas a San Cristóbal, a menudo situadas en un cerro próximo a la villa queriendo invocar el auxilio y protección de viajeros y caminantes, y también las dedicadas a San Sebastián, considerado protector por excelencia frente a la peste, o a San Juan situadas a menudo en barrios extramuros habitados la mayoría de las veces por comunidades judías y árabes hasta su expulsión.


Nota común a casi todas ellas es que en cada una había fundada una cofradía, generalmente de igual título que el templo; así por ejemplo, la cofradía de San Sebastián, la del Corpus Christi, la de Santa Ana, etc. Este tipo de cofradías, de carácter piadoso-benéfico, abundaron en su época, siendo su finalidad garantizar la salvación de sus miembros mediante la práctica de la caridad y hermandad. Sus funciones se limitaban al correcto cuidado de los bienes y cuentas de la institución, la atención a las reparaciones del santuario, celebración de la festividad del santo bajo cuya advocación se constituían y el mantenimiento de comidas y otros actos de la hermandad.

El estudio de las ermitas santiaguistas de los siglos XV y XVI situadas en los territorios santiaguistas parte de las características comunes de este tipo de edificios: reducido tamaño y austeridad. La decoración es un elemento prácticamente inexistente dominado una concepción funcional del espacio. El material empleado era el mampuesto. El ladrillo se encontraba en arcos, suelos, cubiertas, coros, pórticos, torres e incluso muros. La piedra se empleaba como refuerzo de esquinas y los interiores solían estar encalados. La práctica ausencia de contrafuertes en los muros estaba íntimamente unida a las cubiertas de los templos realizadas en materiales poco pesados (madera, ladrillo). Por último, su situación podía ser alejada de los núcleos urbanos, lo que explica la presencia constante de una persona encargada de su cuidado y conservación.

(Ermita de Santiago en Azuaga, Badajoz)

(Ermita de San Blas en Azuaga, Badajoz)

En los territorios bajo la jurisdicción de la Orden de Santiago, en todos los santuarios había una figura especial para el mantenimiento surgida como expresión máxima de la devoción y piedad popular, el santero. Era el encargado de la limpieza y el cuidado de las ermitas, especificándose así en los libros de visitas, que aluden a los santeros como figuras imprescindibles para impedir que las ermitas se encuentren sucias, maltratadas o ruinosas. Además mantenía el santuario abierto a los fieles y vigilaba sus bienes y ornamentos. Atendía en definitiva los quehaceres propios de un edificio religioso: tocar las campanas para llamar a los feligreses; encendían la lumbre para calentar el edificio para que el capellán oficiara la misa o encendía las lámparas en los altares mayores.

El santero por su trabajo recibe una retribución en metálico, no muy elevada, lo necesario para su manutención. A menudo disponía de una tierra próxima donde cultivar lo necesario para su sustento, entregada no siempre de forma gratuita. Finalmente, se les proporcionaba vivienda, que solía estar adosada o muy cercana al edificio. De pequeñas dimensiones, a veces extremadamente pobres, limitándose a pequeños cobertizos donde refugiarse de las inclemencias del tiempo o podía vivir en el interior de la ermita. Así, junto a la ermita de la Vera Cruz se edificó la casa del santero, que quedaba dentro de este recinto religioso y de un patio que la rodeaba, y lo mismo sucedía con la ermita de la Concepción: Tenía un patio grande con un pozo y un corral en que había una bodega debajo de tierra, y junto a ella la casa del ermitaño.

El cargo de santero podían desempeñarlo hombres, mujeres y muy frecuentemente matrimonios. Eran nombrados por los hermanos, si existía cofradía, y el mayordomo. La elección recaía sobre personas muy devotas, que optaban por ese medio de vida como forma de servir a Dios y vivir más intensamente la fe.

Las ermitas obtenían ingresos económicos de la agricultura y la ganadería. Así pues las ermitas aumentaban en la medida de lo posible sus tierras a lo largo del siglo XVI. A partir de unas tierras iniciales, la mayoría se adquirían a particulares, auspiciadas por el fortalecimiento económico, optando los mayordomos por invertir en bienes inmuebles y terrenos cultivados. Casi todas las ermitas contaban también con algunas cabezas de ganado y el arrendamiento de casas, bienes inmuebles cuya cotización asciende con el correr de los años, era otra fuente de ingresos de las ermitas.


Las limosnas y mandas de los testamentos son ingresos presentes en todas las partidas de las ermitas. Los fieles, guiados por el sentimiento cristiano de ayudar a la Iglesia en sus necesidades materiales, legan parte de sus bienes o conceden limosnas esperando obtener a cambio su intercesión ante la divinidad en el supremo momento de la muerte. Los feligreses contribuyen a sufragar los gastos de las ermitas. En ocasiones los donativos no son pecuniarios, sino en especie: viñas, tierras e incluso grano. Igualmente la celebración de oficios religiosos, en cumplimiento de lo establecido en los testamentos, reportó importantes ingresos a la hacienda de las ermitas.

Los beneficios obtenidos se ven mermados con los gastos emanados de atender las necesidades del santuario, el buen estado del edificio o los derivados del mantenimiento y conservación de puertas y campanas. A veces, los gastos son tan elevados que el alcance de la cuenta de los mayordomos resulta negativo. No sólo el cuidado arquitectónico de la ermita produjo importantes gastos, sino también la decoración, la talla de las imágenes, el alumbrado o los salarios de los trabajadores. Los clérigos cobraban por oficiar las ceremonias y recoger la limosna; y santeros, lavanderas, escribanos y alcaldes cobraban sueldos de las rentas de las ermitas. Por todo ello, el control económico de las ermitas fue una preocupación constante de los visitadores.

(Carta de confirmación otorgada por los visitadores de la Orden de Santiago al concejo de Moratalla)

Una fuente documental relevante son los libros confeccionados por los visitadores, designados temporalmente para inspeccionar de forma personal las villas, bienes y propiedades bajo la jurisdicción de la Orden de Santiago. La figura del visitador, por tanto, nace por la necesidad de controlar las posesiones diseminadas por extensos territorios. Su papel es velar por el buen funcionamiento de la Orden, pues constituyen el vínculo de unión entre sus órganos directivos y el resto de la institución. Cuando concluían la visita, debían presentar, en el Capítulo General, un libro en el que se examinase el estado material de las distintas propiedades (iglesias, hospitales, ermitas, casas, bastimentos, mesas maestrales…) y el espiritual de sus súbditos, analizando el comportamiento moral de sacerdotes, comendadores, santeros, etc.

La forma de realizar la visita era siempre la misma: descripción de los edificios; relación de ornamentos litúrgicos, ropas y joyas; inventario de las propiedades; revisión de los libros de cuentas, con la enumeración del cargo e ingresos de las ermitas, la data o el desembolso de los mayordomos, y el alcance o diferencia entre ambas cantidades; y, finalmente, la relación de los mandatos, alusivos tanto a los aspectos materiales de las iglesias como el estado espiritual de los feligreses, sacerdotes, santeros y mayordomos. También siempre con idéntica estructura: denuncia las transgresiones de la conducta moral de los fieles o el mal estado de los edificios, exposición de las medidas correctoras de los denunciados e imposición y fijación de penas en caso de incumplimiento.

Por tanto, de estos documentos se destacan tres aspectos fundamentales: artístico o descripción de los edificios y ornamentos; económico o inventario de bienes; y religiosos, en su doble vertiente de delación y condena de las desviaciones y constatación de los usos y preferencias devocionales.

Cuando la población comienza a sentarse en las faldas del cerro de la villa de Estepa, a pesar de la seguridad precaria que suponía vivir fuera de la muralla y la proximidad aún de la frontera con el territorio bajo control musulmán, comenzaron a consolidarse los distintos arrabales de la ciudad nueva, mientras la Villa intramuros se iba despoblando. Los arrabales estepeños tenían en común que se encontraban en una encrucijada de caminos, proximidad de agua (manantiales, pozos, etc.) y la existencia de un lugar de culto. La consolidación de los arrabales llegaría con la conquista de Archidona (1468) y de Granada (1492), alejándose definitivamente el peligro de la zona fronteriza de Estepa. La población comenzó a asentarse en el Arrabal de la calle Ancha, cerca de las murallas de la villa, donde surgieron las ermitas de San Sebastián, Concepción y del Cristo de la Sangre. Al oeste de la ciudad la población se asentó en torno a la ermita del Cristo de la Vera-Cruz, arrabal que contaba con un manantial y del que algunos historiadores afirman que en la época musulmana existía una población, baños e incluso una mezquita. Al este la ermita de Santa Ana y su manantial aglutinó a la población que se asentó a espaldas de las murallas. La otra ermita extramuros se situó en el cerro cercana al camino que dirigía a Gilena para recibir a los viajeros bajo la advocación de San Cristóbal. La villa intramuros contaba desde la conquista cristiana con ermitas dedicadas a los patronos de la villa, Santa María de la Asunción y Santiago Apóstol.

-Ermita y Hospital de la Asunción: Su fundación está vinculada al hospital de Santa María de la Asunción, situado intramuros de la villa, y se encontraba a cargo de la cofradía del mismo nombre. Hacia el año 1616 se edificaron ermita y hospital de nuevo en su actual emplazamiento, aunque la ermita tuvo que reedificarse en 1646 por encontrarse en estado ruinoso. El edificio del hospital disponía de un buen local para la asistencia de pobres enfermos que eran atendidos merced a los bienes propios de la cofradía que lo fundó.

(Iglesia y Hospital de la Asunción en calle Mesones, 1616)

-Ermita-Capilla de Santiago Apóstol: La iglesia se debió erigir en torno a 1390 con la advocación de Santiago Apóstol bajo el patrocinio y decorada con las armas del maestre santiaguista Lorenzo Suárez de Figueroa. Según se describe en las Actas debía ser más bien una capilla dedicada al apóstol en el interior del castillo de Estepa. Santiago Apóstol fue patrono de la Orden y de las Españas, recibió una especial veneración como consecuencia de influencia oficial y por su carácter bélico emanado de la leyenda apócrifa de su lucha contra los musulmanes.


-Ermita de San Cristóbal: San Cristóbal era protector de los transportistas y de los viajeros, de ahí que en toda ciudad se le construyera una ermita, iglesia o capilla para que los viajeros pudieran implorarle su protección antes de realizar su viaje o cuando paraban para descansar. La Ermita de San Cristóbal de Estepa estaba situada junto a una vereda que conducían hacia los pueblos cercanos de Gilena y Pedrera y situada extramuros.


-Ermita de la Vera Cruz: Según se desprende de las actas de los visitadores santiaguistas, se trataba de un edificio con cubierta de madera de pino y realizado a base de ladrillo; en su capilla mayor, cerrada con reja de madera, había un altar sobre cinco gradas y encima un crucifijo de bulto redondo; a la derecha de este altar, en un hueco a guisa de hornacina, estaba colocada la imagen de Nuestra Señora de los Remedios. A finales del siglo XVII, a impulso de la expansión de la devoción rosariana en la villa, se crearon cofradías con título del rosario en casi todas las iglesias estepeñas mediante las cuales ejercitar dicha práctica devocional; así, una de estas corporaciones rosarianas, la hermandad del rosario de Los Remedios, sita en esta ermita, se constituyó formalmente en 1701 con la preceptiva aprobación del vicario. En 1733, dicha corporación rosariana solicitó la agregación de la cofradía de la Vera Cruz que desde tiempo inmemorial existía en la ermita, aunque por entonces había decaído bastante. Esta hermandad del rosario se encargó de costear a lo largo del siglo XVIII las cuantiosas obras de ampliación y reforma del templo, al que convirtieron en una joya del barroco, como aún hoy día puede verse. Como consecuencia de este proceso, el templo fue perdiendo paulatinamente la denominación de ermita de la Vera Cruz para pasar a llamarse ermita de los Remedios.


-Ermita de la Concepción: Se edificó en la calle Ancha, cerca de la ermita y hospital de la Sangre. Por los informes de los visitadores de la Orden de Santiago sabemos que el edificio primitivo tenía una sola nave que se cubría de madera de pino y el exterior a dos aguas. En 1576 se modificó añadiéndole una capilla mayor abovedada y en el altar mayor, sobre tres gradas, una imagen de Nuestra Señora, metida dentro de la pared. En 1740, el VII Marqués de Estepa, don Juan Bautista Centurión, y su esposa, en cumplimiento de una penitencia que les fue impuesta, volvieron a edificar la iglesia. Numerosos monarcas medievales manifestaron su devoción por la Inmaculada Concepción de María, como Fernando III el Santo y Jaime I el Conquistador, y han portado su estandarte en sus campañas militares. Desde el siglo XIV existen en España referencias de cofradías creadas en honor a la Inmaculada. La más antigua, en Gerona, data de 1330. En el siglo XVI se revitalizará este fervor con un ingente número de cofradías constituidas bajo la advocación de la Pura y Limpia Concepción de María, hermandades consagradas a las labores caritativas y la asistencia social.


-Ermita de San Sebastián: La iglesia, de menor dimensión que el templo actual y de una sola nave, se asentaba sobre el terreno más rocoso y estable. El templo seguía la simbología cristiana con la cabecera hacia el oriente, “allá donde sale el sol”. En el año 1568 se acordó reconstruir la iglesia bajo los planos, traza y presupuestos que formó el italiano Vicente Boyol. El culto a San Sebastián es muy antiguo y es protector contra la peste y contra los enemigos de la fe.


-Ermita de Santa Ana: Esta ermita tenía el cuerpo del templo cubierto con madera tosca de pino y caña junta, mientras que la capilla mayor era abovedada. El altar mayor, sobre tres gradas, tenía una imagen de la santa titular. En la segunda mitad del siglo XVI los visitadores mandaron alargar el edificio y en 1576 se empezaron las obras para hacer realidad dicho mandato. En dicha ermita tenía su sede una cofradía dedicada a la santa, celebrándose unos solemnes cultos en honor de su titular. La ermita fue reformada a finales del siglo XVIII, con cargo fundamentalmente a los fondos de la hermandad. Se conserva la tradición de que en el mismo lugar en el que esta la ermita existía un pequeño oratorio dedicado a San José, que por estar en terreno montuoso se llamó San José del Monte. Esta tradición da nombre a uno de los altares de la actual ermita.

El culto a Santa Ana siempre ha tenido relación con la maternidad, la genealogía y el linaje matrilineal, así como la fecundidad y la propiciación de las cosechas. También existe una correlación entre la madre de la Virgen y el conocimiento como agente de transmisión cultural dentro de la familia, por ello se representa en muchas ocasiones la escena en la que Santa Ana enseña a leer a su hija, Cabe señalar también que el culto a Santa Ana se profesa en muchas ocasiones en relación con el dogma de la Inmaculada Concepción, por su papel implícito en el mismo. Los monarcas españoles dedicaron conventos, iglesias y capillas a la santa, como la iglesia que Alfonso X el Sabio construyó en su honor en Triana o el convento que mandó construir el rey Jaime I el Conquistador.


-Ermita de la Sangre y Hospital del Corpus Christi: La ermita se edificó cerca de la muralla de la villa, en el arrabal, junto a la torre que está a espaldas de la desaparecida ermita de la Concepción, camino de la Iglesia Mayor, en la llamada Cuesta de la Sangre. Dicha ermita era aneja a un hospital de pobres transeúntes titulado del Cuerpo de Dios regentado por una cofradía del mismo nombre. A mediados del siglo XVII la ermita y el hospital fueron trasladados, manteniendo la misma advocación, al emplazamiento que todavía hoy ocupa, a expensas de Juan Martín Formáriz. En el altar mayor se encontraba una pintura en lienzo, procedente de la antigua ermita, del Stmo. Cristo de la Sangre y otras pinturas de imágenes que adornaban este altar. En 1692 los fieles que iniciaron la devoción del rosario en esta ermita obtuvieron licencia del vicario general para poder efectuar procesiones por las calles de la villa y en 1702 se constituyeron formalmente como Hermandad del Rosario del Carmen. En la segunda mitad del siglo XVIII, la cofradía del Rosario inició las obras de reforma que le daría al edificio su aspecto actual. La imagen de la Virgen pasó a presidir el altar mayor desde su camarín y la pintura del Santo Cristo de la Sangre quedó en uno de los retablos laterales del templo. La iglesia comenzó a denominarse como ermita de Nuestra Señora del Carmen y en 1728 la hermandad del Rosario consiguió la agregación de las corporaciones santiaguistas que hasta entonces habían tenido su sede en la ermita: la hermandad del Santo Cristo de la Sangre y la cofradía del Corpus Christi. Durante las reformas del siglo XVIII, Diego Márquez realiza para el altar mayor de la iglesia la imagen del Stmo. Cristo de la Sangre que existe en la actualidad y el antiguo lienzo fue colocado en las escaleras de acceso al camarín.


Con el crecimiento de la población, laderas abajo del cerro de San Cristóbal, y el abandono del recinto amurallado, algunas ermitas cambiaron de ubicación, caso de las de La Asunción y de Corpus Christi, y otras desaparecieron, como la ermita de San Cristóbal, que dio origen a la fundación del convento franciscano en los primeros años del siglo XVII, aunque parece ser que el edificio fue conservado como sacristía y oratorio del nuevo convento. Otra ermita, la de San Sebastián, en cambio, se convirtió en parroquia en el siglo XV (1541) precisamente debido al crecimiento de la población en los arrabales.

Mediado el siglo XVIII, la fiebre constructiva y el gusto por las artes que se apoderó de los habitantes más conspicuos de la villa, hizo que las modestas construcciones que hasta entonces habían sido estas ermitas se convirtiesen en las suntuosas y artísticamente decoradas iglesias que aún hoy pueden verse. Algunas de ellas, además, cambiarán de nombre a raíz precisamente del surgimiento de nuevas devociones y el progresivo abandono de las antiguas, tales son los casos de la ermita del Santo Cristo de la Sangre, que pasó a llamarse de Ntra. Sra. del Carmen, y de la ermita de la Vera Cruz, que se llamó desde entonces de Ntra. Sra. de los Remedios.

Las autoridades eclesiásticas siempre mostraron interés por ejercer el control sobre estos edificios eclesiásticos y las prácticas piadosas que en ellos se llevaban a cabo. Así, por ejemplo, para el caso de la diócesis de Sevilla, a partir de la Reconquista, surge la figura del prior de las ermitas, encarnada en un miembro del cabildo metropolitano cuya misión era el control y vigilancia de la administración de las ermitas existentes en la Archidiócesis.

En los territorios pertenecientes a las órdenes militares, el control de las ermitas se llevaba a cabo mediante las visitas periódicas que realizaban los visitadores; para el caso del territorio de Estepa se conocen las visitas que realizaron a estos templos durante el tiempo que estuvo bajo su jurisdicción; con la desmembración del territorio estepeño de la Orden de Santiago y la creación de una jurisdicción eclesiástica exenta, el control de las ermitas fue llevado a cabo por la vicaría general, cabeza visible de dicha jurisdicción, sin excluir la posibilidad de que éstas fuesen visitadas por visitadores de los arzobispados limítrofes (Sevilla, Córdoba y Málaga) en casos excepcionales, como sucedió a comienzos del siglo XVIII (1709), en que tenemos constancia que la visita pastoral realizada al territorio de la vicaría estepeña por un delegado del arzobispo de Sevilla, don Juan Clemente Mahius y Príncipe, incluyó también todas las ermitas estepeñas con objeto de comprobar su estado.

Obras de consulta:
-La arquitectura religiosa en la Azuaga santiaguista (azuaga.es)
-La Ermita de San Antonio Abad de Estepa. Jorge A. Jordán Fernández. Editorial La Serranía. Ronda 2011.

29/9/11

DON LORENZO SUÁREZ DE FIGUEROA

-Vida familiar:

Don Lorenzo Suárez de Figueroa, llamado “el Viejo”, nació en el año 1344 en la milenaria Torre de Figueroa, en las tierras propiedad de su familia, allá en la villa gallega de Abegondo, cerca de Betanzos, trasladándose después a Écija y luego a Extremadura. Otros datos, dicen de él que posiblemente naciera en 1345 en la ciudad de Écija (Sevilla), del matrimonio entre Gomez (o Gomes) Suárez de Figueroa, y Teresa López de Córdoba, señora de la Torre de Monturque.

Se casó en dos ocasiones; la primera con Isabel Mexía, con quien tuvo dos hijos; Gomes Suárez de Figueroa e Isabel Suárez de Figueroa, y en segundas nupcias, lo hizo con María Catalina de Orozco. Don Gomes Suárez de Figueroa, en quien hizo mayorazgo, llegó a ser Mayordomo Mayor de la reina Catalina de Lancaster y contrajo matrimonio con doña Elvira Laso de Mendoza. Además tuvo el Maestre hijas legítimas que contrajeron matrimonio con hijos de grandes del reino; su hija doña Catalina Suárez de Figueroa, casó con el marqués don Iñigo López de Mendoza, hijo de don Diego Hurtado de Mendoza.


En el Convento de San Marcos de León, hoy convertido en hostal-parador de lujo, hay una cenefa donde se encuentran esculpidas las efigies de reyes e importantes personajes de la historia. Una de ellas corresponde al maestre don Lorenzo Suárez de Figueroa, Maestre de la Orden de Santiago.


-Relación con la Orden Militar de Santiago:

La Orden de Santiago fue una institución militar y religiosa surgida en el Reino de León, dirigida por Comendadores y Maestres, y debe su nombre al santo Apóstol Santiago el Mayor, considerando que fue el primer apóstol que vino a predicar el Evangelio a las tierras de Hispania. A la derecha, podemos ver los símbolos de la Orden: la cruz en forma de espada flordelisada en empuñadura y brazos, y la concha de vieira atributo de Santiago.
El objetivo inicial de esta Orden ecuestre, era el de proteger a aquellos peregrinos que hacían el Camino de Santiago, y mantenerse en la lucha constante para hacer retroceder y expulsar a los musulmanes que habían invadido la Península ibérica adueñándose y estableciéndose en ella como en solar propio.

Criado desde pequeño en el ámbito de la Orden Militar, su padre, don Gómez Suárez de Figueroa, era ya segundón de la casa, y por ello salió a probar suerte, y consiguió éxitos guerreando en las filas de la milicia del Señor Santiago, llegando a ser Comendador Mayor de León, con sede en Llerena. Luchó en la batalla del Salado de la que salieron victoriosos, muriendo después en las tierras de Arabiana junto al Moncayo, en el año 1359, en lucha contra el bastardo don Enrique. De no haber muerto, los planes futuros que el rey tenía ordenados para este Comendador, eran hacerlo Maestre de la Orden.

(Batalla del Salado, 30 de octubre de 1340)

Su contacto con la Orden Militar Santiaguista era por tanto muy estrecho, y esto hizo que don Lorenzo, el personaje que nos ocupa, se forjase desde joven como hombre de grandes virtudes y habilidad, siendo admitido para vestir el hábito de Santiago, cuyo traje de ceremonial era la capa blanca con una cruz de color rojo con la forma de espada, flordelisada en la empuñadura y los brazos. Tras ser Comendador de Lobón, fue enviado a Mérida, y de allí a la encomienda de León. Después fue creciendo más en virtudes y merecimientos, y con la edad llegó a ocupar la dignidad de Maestre, que dirigió la Orden como buen caballero y religioso durante veintitrés años y nueve meses; tiempo bien gastado en los servicios a Dios, su rey y su Orden.


El día 28 de octubre del año 1387, en la ciudad de Mérida, fue elegido trigésimo quinto (otras fuentes dicen trigésimo segundo) Maestre de la Orden Militar de Santiago, sucediendo en el cargo a Garci Fernández de Villagarcía.

Para su elección hubieron de reunirse los Trece Comendadores de la Orden –está constatado que el número de trece “freires” Comendadores, lo era en memoria de Jesucristo y sus Apóstoles- “poniendo a disposición de su Maestre incalculables riquezas, un considerable ejército y una influencia decisiva en todos los asuntos graves del reino”. El hijo del Maestre electo, don Fernando IV Suárez de Figueroa, Obispo de Badajoz, actuando como comisario delegado representante del Papa, en nombre de éste, confirmó dicha elección en la ciudad de Guadalupe.

Se le dio el cargo de primer Maestre propietario de la Orden, en contra del voto de pobreza, por lo que don Lorenzo, solicitó al papa Bonifacio IX la reglamentación del usufructo de las propiedades agregadas a la Orden, la cual concedió el pontífice el día 31 de enero de 1393 -seis años después de su nombramiento como Maestre-, mediante la bula Bullarium Militiae Sancti Iacobi. Esta licencia le permitió hacer mayorazgo en su hijo don Gómez, quien luego sería su sucesor y heredero.

“La jerarquía ocupada por don Lorenzo llevaba inherente la obtención de pingües beneficios, pues, según la bula anteriormente citada, disfrutaría la mitad de las rentas y frutos de la Orden. Aparte de todo ello, sus posesiones patrimoniales (…) y los bienes sitos en Ecija, de su mujer, Dñª. Isabel, así como sus servicios a la Corona, le permitieron conseguir numerosos territorios y villas por donación real o por compra a otras familias, a fin de fundar el gran mayorazgo que él mismo pudo conocer en vida”

Con este nombramiento pues, la Casa del Maestre tomó un auge inmenso, ya que el titular del maestrazgo se convierte entonces en una especie de pequeño monarca con súbditos casi propios y gran autoridad y poder de decisión para defender sus tierras -que como se ha dicho, cedió a su hijo-, y las de su Orden, cuyas fronteras por aquellos tiempos de guerras contra moros y portugueses había que proteger de sus amenazas.
En una Castilla donde reinaba don Juan I, monarca débil que dos años antes había sido derrotado por los portugueses en Aljubarrota. Un reino inmerso en divisiones internas, amenazado desde el exterior por los ingleses, portugueses, y los moros desde dentro, estos poderosos señores habían de defender sus territorios y fronteras siendo muy importante y decisiva su contribución militar a la Corona.

A este rey poco enérgico, le sucedió su hijo, Enrique III, con tan sólo once años de edad. Los que ambicionaban más poder y posesiones, se preparaban para aprovechar las circunstancias de la debilidad del reino, pero don Lorenzo usando la prudencia y perspicacia que eran habituales en él, se previno contra cualquier eventualidad, y junto a otros poderosos señores del reino se presentó en Madrid ante el joven monarca don Enrique, y besó su mano en señal de reconocimiento y acatamiento como a su señor y rey, que en agradecimiento por su fidelidad y desinterés, el 26 de febrero de 1394, donó a don Gómez Suárez de Figueroa, hijo mayor y heredero de don Lorenzo, las villas de Feria, Zafra y La Parra, en tierras de Badajoz, en Extremadura.

(Villa de Feria)

Como ya se ha dicho, ganó mediante bula Apostólica la facultad de poder testar hasta la mitad de sus bienes, y fue el primer maestre propietario que hubo en la Orden, pues hizo mayorazgo en su hijo primogénito a quien cedió las villas de Feria, Zafra y La Parra, ganadas cuando ya tuvo la dignidad de Maestre, obtenidas por merced del rey don Enrique, además de los lugares de Oliva, Valencia, Villalba y Nogales que obtuvo por la compra que de ellos hizo.

-Su carrera bélica:

En la Orden era conocido como “el buen” Maestre don Lorenzo Suárez de Figueroa; y el calificativo de “bueno” en el cargo y en su persona, le fue puesto por los muchos bienes y cosas que hizo y por la bondad que tuvo y siempre usó hasta su muerte. Fue uno de los más destacados Maestres, del que dicen las reseñas históricas que presidió su maestrazgo pacíficamente, y ello extraña un poco, habida cuenta de los conflictos y luchas mantenidas desde siglos atrás contra los árabes, además de los problemas intestinos e intrigas entre reyes y poderosos caballeros, que amenazaban la convivencia y la vida de España.

Aparte de los árabes y las rencillas internas, por aquellos años del siglo XIV, en la época de este valeroso y esforzado Maestre, España y Portugal entraron en ofensivas bélicas a lo largo de su frontera común.


En Extremadura, tierra colindante al Oeste con el país vecino, hubo muchas entradas o incursiones en nuestro territorio llevadas a cabo por el conde don Alvar Núñez de Portugal, quien ponía en peligro los pueblos y tierras del reino de Castilla. Pero no debió contar este conde don Alvar con que el maestre don Lorenzo solía estar la mayor parte del tiempo en sus feudos de aquellas tierras, y enfurecido por las muchas agresiones e incursiones ofensivas a nuestro suelo, determinó pagarle al conde lusitano con la misma moneda entrando con sus huestes en el reino portugués talando cuanto se ponía a su alcance, destruyendo, quemando y haciendo todo el daño que podía a los contrarios, siempre en servicio y lealtad al rey don Enrique III “el viejo” (1390-1406).

Por causa de su probada lealtad a la corona y al rey que la ostentaba, el monarca castellano “le fizo merced de la ciudad de Ecija…, i diole las villas de Feria, i Çadra (Zafra) i Parra”. Fue don Lorenzo “onbre de buen seso natural… mucho grangero, i allegador de facienda, asy de rentas… como por mercedes, y donos que procurava, i avía del Rey…, tenía grand cabaña de yeguas, i buenos cavallos”. Fue por tanto avezado criador de yeguas y excelentes caballos.

-Sus construcciones:

Además de contar con una condición natural de buen constructor de grandes edificios en cuyas obras hizo cuantiosos gastos; entre otras muchas, el monasterio de Santiago de la Espada, en Sevilla. "En febrero de 1409, poco antes de su muerte, el maestre de la Orden Militar de santiago, don Lorenzo Suárez de Figueroa, obtenía la bula del Papa Benedicto XIII, que le otorgaba la facultad de fundar un monasterio sujeto a la Regla de su Orden en la ciudad de Sevilla. (Daniel Rodríguez Blanco, Dpto. Historia Medieval. Universidad de Sevilla)" donde luego mandaría que a su muerte, su cuerpo quedase allí descansando para la eternidad. Don Lorenzo fundó en 1405 el Monasterio de Santiago de la Espada, situado en el tramo final de la calle San Vicente, esquina con calle Guadalquivir, en la que entonces se llamaba calle de Santiago de la Espada, en el barrio de San Lorenzo, de Sevilla. La invasión francesa promovió el saqueo del convento, siendo renovado el mismo en 1816. Posteriormente, con la desamortización, el mismo pasó a ser propiedad particular, hasta que en 1893, el arzobispo Benito Sanz y Fores compró el mismo y las casas vecinas para la orden Mercedaria de la Asunción. Su iglesia (s. XVII), que da a la calle Guadalquivir, era gótico-mudéjar con bóveda de nervadura. Sufrió un incendio en 1772, que dio origen a su casi completa reconstrucción. En él residieron las hermandades del Gran Poder (finales del XV a finales del XVI y Soledad de San Lorenzo (mediados XVI). Actualmente residen en él las monjas Mercedarias de la Asunción.

También edificó las casas y bastimentos de Llerena y de la Fuente del Maestre. De cal y piedras que buscó caídas y desechadas, mandó hacer y reforzar casi la totalidad de las murallas, las torres defensivas y adarves de Xerez, cerca de Badajoz, y de Fuentes del Maestre. Ordenó asimismo construir la torre del Homenaje, reparar y reforzar las murallas y torreones del castillo de Estepa perteneciente a la encomienda santiaguista de la que ha quedado dicho, era Maestre. En la torre del Homenaje de Estepa había la siguiente inscripción:

"Esta torre mando facer Lorenzo Suárez de Figueroa, Maestre de Santiago. Quien quiera saber lo que costó, faga otra como ella y saberlo ha".


(Hojas de higuera, emblema de los Figueroa, en el interior y exterior de la Torre del Homenaje de Estepa)

Labró también las casas y los castillos de Villalba, Oliva y La Torre de Monturque, que eran entonces, buenos y notables edificios. Durante su maestrazgo dispuso reparar muchas iglesias y capillas de la Orden, mandando poner en ellas algunas imágenes de alabastro.

Fue un hombre muy amante de sus familiares, pero especialmente lo fue con sus parientes gallegos, y siempre favoreció a muchos de ellos llegados hasta las tierras de Extremadura, “donde quedaron asentados con onrra i facienda”, “i en otros lugares del Reyno, donde oy día ay assaz memoria de sus linajes que son: los de Figueroa, i Mosqueras, i Moscosos, i Mexías, i los Docampo, i Villalobos, i Tordoyas, i otros muchos…”

-Rasgos de su personalidad

Este personaje nacido en tiempos del medievo, donde sólo unos pocos privilegiados eran los que sabían leer y escribir, poseía en su cámara una biblioteca en la que guardaba muchos volúmenes de libros muy buenos, además de ejemplares de las crónicas de aquél tiempo.

Don Lorenzo Suárez fue muy rico. En su casa abundaban el dinero, la plata, grandes joyas y ricos paños, sedas y granas, así como ricas tapicerías. Era propietario el Maestre de Santiago de buena cuadra donde criaba los mejores caballos y otros ganados. También poseía buenos pertrechos para sus campañas militares, como armas, tiendas y otros bastimentos.

En aquellas épocas de constantes guerras y muchos avatares, los hombres debían ser buenos jinetes, y este don Lorenzo lo era, pues sobresalía en su afición de gran montero, que salía al campo con los buenos canes de los que era amo –y debería ser muy cierta su afición y cariño a los perros, puesto que en su efigie labrada sobre el sepulcro donde están sus restos, a sus pies, aparece echado uno de esos fieles y leales animales –, y cabalgaba tanto, y era tan diestro con el caballo, que el arte ecuestre parecía serle innato, y en él que se convertía en algo natural.

Para darnos una idea de algunos rasgos del aspecto físico de don Lorenzo, las notas que he hallado sobre él, nos dicen que era un hombre grande de cuerpo y algo robusto, recio y bien apersonado.

Debía ser también una persona muy activa, que nunca estaba ociosa pues jamás dejaba tarea alguna que debiera hacerse hoy, para hacerla al día siguiente. Cualidad esta, la disciplina, de la que daba ejemplo a todos los suyos, que seguían su doctrina y tomaban buena nota, teniéndolo como ejemplo.

Y debería ser muy cierta su afición y cariño a los perros, puesto que en su efigie labrada sobre el sepulcro donde están sus restos, a sus pies, aparece echado uno de esos fieles y leales animales que parece mirar a su señor que yace muerto.

Fue un hombre poco hablador, de escasas palabras pero de buen seso y entendimiento, de gran recogimiento y regla tanto en su casa como en su hacienda, por lo que para juicio de algunos, era tenido por escaso y codicioso; mas tenía la gran cualidad de que aquello que él daba, lo otorgaba de tal manera, que la forma suplía el efecto de la materia, porque era luego dado y en dineros contados y muy secretamente; de forma que tales actos honraban mucho los dones, de tal manera que el que lo recibía no se sentía agraviado, y el que lo daba, mostraba no querer vanagloria.

Hombre esforzado y diligente en las guerras y de buena ordenanza, que solía guiarse mucho por los consejos de los astrólogos. Así, conquistó los castillos de Pruna, Ortegícar, Teba, Setenil, que estaban en manos de los moros, y fue Gobernador del Reino durante el tiempo de la minoría de edad del rey Enrique III, que el 28 de febrero de 1389, lo nombra primer Señor de Feria.

(Escudo del Ducado de Feria, compuesto de cinco hojas de higuera)

El final de la vida de don Lorenzo Suárez de Figueroa llegó en febrero del año 1409, cuando contaba con sólo sesenta y cinco años de edad.

Su cuerpo, por propio mandato, fue enterrado en el Monasterio sevillano de Santiago de la Espada, que él mandó construir, y tras diversos avatares en el tiempo y en la historia, ahora reposan sus restos en el Panteón de Sevillanos ilustres, en la cripta bajo la Iglesia de la Anunciación en la ciudad de Sevilla, donde junto al de don Lorenzo, entre otros se hallan los enterramientos de personajes sevillanos de nacimiento o de adopción, como el humanista, biólogo, escritor y consejero de Felipe II, Benito Arias Montano; don Rodrigo Ponce de León, marqués de Cádiz, muerto en agosto de 1492, distinguido caballero que estuvo en la conquista y rendición de Granada junto a los Reyes Católicos; el escritor utrerano, Rodrigo Caro, muerto el 10 de agosto de 1647; el escritor de Baena, muerto en Sevilla el día 17 de febrero de 1878; la escritora Cecilia Bölh de Faber, conocida por el pseudónimo de "Fernán Caballero", fallecida el 7 de abril de 1877; el escritor sevillano Alberto Lista, muerto en 1848; el escritor de las Rimas y Leyendas y poeta romántico Gustavo Adolfo Bécquer, y su hermano el pintor Valeriano Bécquer, muertos ambos en 1870.


Páginas relacionadas y de consulta:

-El Maestre Suárez de Figueroa (Encomienda Santiaguista)
-Don Lorenzo Suárez de Figueroa (I), (II), (III) (Desde la Alcazaba)
-La Torre del Homenaje del Castillo de Estepa (I) (II) (Desde la Alcazaba)
-Panteón de sevillanos ilustres (La Sevilla que no vemos)

26/9/11

SANTIAGO APÓSTOL EN ESTEPA DESDE LA BAJA EDAD MEDIA (S.XIII-XV)


En febrero de 1241 Estepa fue tomada por Fernando III el Santo, el cual la entregó desde esta fecha a su hermano el Infante Alfonso de Molina. Con posterioridad el 24 de Septiembre de 1267 el rey Alfonso X el Sabio cedió el castillo de Estepa y sus anexos a la Orden Militar de Santiago (1267 – 1559).

El R. P. Fr. Alejandro del Barco en su histórica obra La antigua Ostippo y actual Estepa transcribe el Privilegio de donación del castillo y villa de Estepa con todas sus pertenencias a la Orden y caballería de Santiago (24 de septiembre de 1267):

Sepan cuantos este privilegio vieren como Nos Don Alfonso, por la gracia de Dios, Rey de Castilla, de Toledo, de León, de Galicia, de Sevilla, de Córdoba, de Murcia, de Jaén, del Algarve, en uno con la Reyna Dª. Violante mi Mujer y con nuestros hijos el Infante Dn. Fernando primero y heredero y con Dn. Juan. Por gran favor que habemos de hacer bien y merced a la Orden de la Caballería de Santiago y por servicio que nos hicieron y harán, damos y otorgamos a Don Pelay Pérez Maestre de esta mesma Orden y a todos los Freyles que ahora son y a los que serán de aquí adelante por siempre jamás el Castillo de Estepa con todos sus términos, con montes, con fuentes, con ríos, con pastos, con todas sus entradas y salidas, y con todas sus pertenencias que lo hayan todo libre y quito por juro de heredad para siempre, para hacer de ello lo que quisieran como de lo que es de su Orden, en tal manera que lo non puedan dar, ni enajenar en ninguna manera a como que sea fuera de nuestro Señorío, ni a otro, más que finque siempre en la Orden para hacer juicio del a Nos y a todos aquellos que reinarán después de Nos de Castilla y en León e que hagan en de guerras y paz en todo tiempo por nuestro mandato. Y retenemos y moneda y todas las mineras y las otras cosas que habemos en los otros lugares de la Orden. Y mandamos y defendemos que ninguno non sea osado de ir contra este privilegio por acrecentarlo, ni por amanguarlo en ninguna cosa, que cualquier que lo hiciese habría nuestra ira en todo diez mil maravedís y la Orden susodicha o a quien su voz tuviese todo el daño doblada. Y porque esto sea firme y estable mandamos sellar este privilegio en Sevilla por nuestro mandado sábado veinte y cuatro días andados del mes de septiembre en Era de mil trescientos y cinco años (1267).

Un documento pontificio de principios del siglo XIV precisa que la villa ingresó en el señorío santiaguista a cambio de unos castillos que la orden poseía en tierras portuguesas. Dicha congregación religiosa estará presente en la villa ostipense y su estado, casi tres siglos, hasta 1559 conservándose en la actualidad interesantes vestigios santiaguistas como el recinto amurallado (S. XIII-XVI) y la Torre del Homenaje (h. 1390). Según algunos especialistas, en la Baja Edad Media, la Orden de Santiago en Estepa y en casi todas sus posesiones peninsulares detentaba el poder civil, militar y religioso. De igual forma controlaban el Concejo de la villa y la Vicaría eclesiástica en todos sus aspectos. Y tenían como principales patrocinadores las advocaciones de Santa María Virgen y el apóstol Santiago, titular de la orden de caballería. Los freires santiaguistas erigieron y fundaron en Estepa la Iglesia Parroquial de Santa María la Mayor (h. 1241?, 1267), la Iglesia de Santiago (h. 1390), la Ermita e Iglesia Parroquial San Sebastián (h. 1498, 1541), la Ermita de la Vera Cruz (Iglesia de los Remedios, h. 1536), la Ermita e Iglesia de la Concepción (h. 1548), la Ermita de Santa Ana (h. 1557), la Ermita de San Juan Bautista (S. XVI), la antigua Ermita del Cristo de la Sangre (Iglesia del Carmen, S. XVI), el Hospital del Corpus Christi (h. 1507), el Hospital de Santa María (de la Asunción, h. 1509) y la Vicaría Eclesiástica de Estepa (1267), entre otras instituciones.

La encomienda santiaguista de Estepa pertenecía a la provincia de León, la cual controlaba y administraba los enclaves de la Orden de Santiago en Galicia, León, Extremadura y Andalucía Occidental. Desde mediados del siglo XIII al XVI los visitadores santiaguistas para llegar a Estepa y a todas sus posesiones en el suroeste peninsular recorrían gran parte del Camino de Santiago a través de la Ruta de la Plata, pasando por las actuales provincias de León, Zamora, Salamanca, Cáceres, Badajoz y Sevilla. De igual forma desde el convento santiaguista de San Marcos en León llegaron, por el Camino de Santiago recorriendo la Ruta de la Plata, los freires o vicarios eclesiásticos designados por el prior leones de la orden de Santiago para Estepa. La principal vía de comunicación de Estepa con el norte peninsular, en la Baja Edad Media, fue precisamente el Camino de Santiago por la Ruta de la Plata.

En la actualidad la documentación más antigua para conocer las primitivas advocaciones religiosas en Estepa son las Actas de los Visitadores de la Orden de Santiago (Archivo Histórico Nacional: 1495, 1498, 1501, 1509, 1511, 1543* y 1549). En 1495 y 1498 se alude a la iglesia mayor de Santa María, de igual forma también se cita la existencia de una iglesia de Santiago con las armas del maestre D. Lorenzo Suárez de Figueroa. Dicho freire dirigió la orden santiaguista entre 1387 y 1409 por lo que debió erigir el templo ostipense a Santiago Apóstol a finales del siglo XIV. Por estas fechas, hacia 1390 según el P. Barco, se concluyó la Torre del Homenaje la cual fue también mandada construir por dicho maestre.


Por lo tanto documentalmente podemos afirmar que las primeras advocaciones religiosas de Estepa, desde los siglos XIII y XIV, fueron la de Santa María (de la Asunción) y Santiago (Apóstol, el Mayor). De igual forma no debemos olvidar que la primera institución religiosa que se estableció en Estepa tras la Reconquista fue la Orden Militar de Santiago durante casi tres centurias (desde 1267 hasta 1559).

Actas de los libros de visitas de la Orden de Santiago (a Estepa), 1495 y 1498, Archivo Histórico Nacional (AHN), libros 1101 C y 1102 C. Citas textuales;

1495: (…) Los dichos visitadores fueron a la villa de Estepa, e hizieron juntar dentro en la yglesia de Santa María dende al concejo, alcaldes, regidores, oficiales e omes buenos de la villa]. (…) Luego en entrando en el patio de la dicha casa, a mano derecha, esta una saleta con una chimenea y encorporada en ella una capilla (de Santiago?) en que dicen misa, y en un patio que está en medio de la capilla está una cisterna de agua.

1498: (…) El dicho visytador fue a vysitar la yglesia mayor de la dicha villa de la advocación de Santa María, donde fallo a Fernando Gonçalez, clérigo. (…) Y en un retraymiento de la dicha casa suben por una escalera a una yglesia advocación de sennor Santiago, enmaderada de su madera blanca buena con las armas del dicho maestre don Lorenzo Xuarez con la ystoria de sennor Santiago.

Las referencias documentales al apóstol Santiago, en Estepa, continúan a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII, las cuales estudiaremos en una segunda parte.

Conclusión.

Por lo tanto Santiago Apóstol, en cuanto titular de la orden, era el patrón de la misma y de todas las tierras sobre las que ejercía su jurisdicción, como era el caso de Estepa, encomienda y villa de la citada orden desde el 24 de septiembre de 1267. Obviamente cualquier convento, hospital o encomienda de fundación santiaguista, como la de Estepa, gozaba del alto patronazgo del apóstol Santiago como advocación titular de dicha orden de caballería.

La antigua y trascendental documentación, avala por sí misma la estrecha e indudable vinculación histórica del pueblo de Estepa con Santiago (y su orden) desde el siglo XIII. El pasado 26 de marzo de 2010 fue reconocido por el pleno del ayuntamiento ostipense como patrón el apóstol peregrino, como ya lo fue hace ocho siglos, por su ancestral tradición y probada raigambre en nuestra tierra. La huella santiaguista sigue aún presente y latente en nuestra localidad como se aprecia y evidencia en nuestros emblemáticos monumentos, por lo que entendemos de justicia histórica que siendo una de las advocaciones primigenias más antiguas de Estepa (siglo XIV), junto con Santa María de la Asunción, haya sido recuperado y reconocido por los estepeños y estepeñas como su protector y abogado.

Nota sobre las órdenes militares:

Las órdenes religiosas nacieron en el siglo XII como instituciones religiosas de carácter regular y evidente proyección militar. Sus miembros, comúnmente conocidos como freires, se hallaban sujetos a disciplina y votos monásticos sin por ello renunciar al servicio de las armas para defender a la Iglesia. Sin embargo, las órdenes militares, a partir de la Baja Edad Media, fueron cambiando produciéndose en ellas un paulatino proceso de secularización. A partir del siglo XVI las antiguas milicias abandonaron la vida monástica y la combatividad militar para convertirse, hasta el siglo XIX, en organizadas instituciones nobiliarias.

La primitiva cofradía de caballeros que nace en Cáceres en 1170, se transforman casi inmediatamente en milicia y cofradía de Santiago gracias al acuerdo que suscribe el maestre Pedro Fernández de Fuentencalada con el Arzobispo de Compostela, Pedro II Gundestéiz, el 12 de febrero de 1171. En virtud de dicho acuerdo, los freires se convierten en milites y vasallos del apóstol defendiendo su estandarte. La Orden Militar de Santiago nace a instancias del rey Fernando II de León. Hacia 1175 se independizó desplazando su núcleo de poder a Castilla y dotándose de una regla religiosa independiente que la vinculaba directamente a la Sede Apostólica. Esta orden militar nació pues como una cofradía nobiliaria de carácter laico creada por la monarquía leonesa y bajo el amparo del arzobispado compostelano. Sería el bastión defensivo de los territorios conquistados que pretendía controlar las acometidas almohades y preservar el ámbito de expansión leonés frente a los reinos vecinos de Portugal y Castilla.


Asociación Cultural Encomienda Santiaguista de Estepa
Revista de Feria 2010

25/9/11

LOS MAESTRES DE LA ORDEN DE SANTIAGO


Cuarenta Grandes Maestres tuvo la Orden de Santiago hasta el año 1499:

01. Pedro Fernández de Fuentecalada (1170-1184).

Su primera acción fue contrarrestar el ataque de los moros que talaban toda la comarca de Cáceres, uniéndose a Fernando II de León, marchando hacia Coria, para resolverse en dirección a Cáceres, arrebatándosela a los moros para encaminarse en seguida hacia Badajoz y el Castillo de Almograf en la ribera del Tajo. Pero no pasó mucho tiempo sin que a los musulmanes les llegaran refuerzos de África, los almohades, al frente de los cuales vino su Emir Usuff-Aben-Yacob. Con tales fuerzas pronto volvieron a hacerse dueños de todo lo perdido en Extremadura. Entonces, los Caballeros de la Orden de Santiago se pasaron a Castilla para ponerse a las ordenes del Rey Alfonso VIII. La Villa de Mora fue la primera posesión de la Orden y antes de que pasara mucho tiempo ya habían conquistado el castillo de Alarilla, entrando en tierras de moros para llegar hasta Ruete, talándolo todo a su paso. Regresaron a su punto de partida con un buen número de prisioneros y gran botín por lo cual satisfecho el Monarca le dio la villa de Uclés en el año 1174, en recompensa de sus servicios. D. Pedro Fernández marchó a Roma para que el Papa le confirmase la autorización papal para su Orden de Caballería. Una vez en Castilla, D. Pedro Fernández ayudó al rey Alfonso a recuperar lo que le había arrebatado Sancho V de Navarra en tierras de La Rioja. Planeó después la conquista de Cuenca, a la que sitió, durando el asedio nueve meses hasta que la guarnición mora no tuvo más remedio que rendirse. Ganadas también para el rey cristiano fueron Alarcón y otras poblaciones, siendo premiada la Orden de Santiago con ricas heredades. Fue por este tiempo cuando, según algunas crónicas partió el Maestre de Santiago D. Pedro Fernández, junto con algunos de sus caballeros a Tierra Santa, a fin de fundar allí también la Orden. Existe el dato de que Bohemundo, rey de Antioquia en 1180 donó al Maestre varios castillos y lugares y en feudo todo el territorio que ganara a los moros. Pero poniendo como condición de que la campaña debía emprenderse de inmediato, a lo que no pudo comprometerse el maestre que emprendió el regreso a España. Poco después la Orden acompañó al rey Alfonso VIII hacia Andalucía, y próximos a Córdoba dieron con los caballeros de la Orden de Calatrava quienes sostenían que aquellos territorios correspondían a su jurisdicción. Los de Santiago se avinieron a razones y firmaron la paz y concordia perpetua con la otra Orden de Caballería, a la cual cedieron la villa de Alcobella, sita entre San Esteban de Gormáz y Osma, además de cien maravedíes de oro, en prueba de buena voluntad, así como la villa de Ocaña. Después se entrevistaron con los Templarios y Hospitalarios, comprometiéndose los respectivos Maestres a prestarse mutua ayuda. La Orden de Santiago se dividió en dos provincias, con dos priores, la de San Marcos estuvo bajo el reino de León, y después la de Córdoba y Sevilla para los caballeros allí residentes. Se ocupó también D. Pedro Fernández de la redención de cautivos y ya tenía la Orden dos casas destinadas a este fin cuando le sobrevino la muerte en el año 1184.


02. Fernando Díaz (1184-1186)


03. Sancho Fernández de Lemus (1186-1195).

Fallecido en la batalla de Alarcos. La batalla fue librada junto al castillo de Alarcos, situado en un cerro a cuyo pies corre el río Guadiana, cerca de Ciudad Real (España) entre las tropas cristianas de Alfonso VIII de Castilla y los almohades de Yusuf II, saldándose con la derrota de las tropas cristianas. Los almohades se adueñaron de las tierras entonces controladas por la Orden de Calatrava y llegaron hasta las proximidades de Toledo.


04. Gonzalo Rodríguez (1195-1204)
05. Suero Rodríguez (1204-1206)
06. Fernando González De Marañón (1206-1210)


07. Pedro Arias (1210-1212).

Fallecido en la batalla de Las Navas de Tolosa. Esta batalla fue el resultado de la cruzada organizada en España por el rey Alfonso VIII de Castilla, el arzobispo de Toledo y el Papa Inocencio III contra los almohades musulmanes que dominaban Al-Ándalus desde mediados del siglo XII. El ejército cristiano estaba formado por los reinos de Castilla, Navarra, Aragón y Portugal, las Órdenes Militares y voluntarios franceses y leoneses. La victoria cristiana supuso un avance significativo, conquistando casi todos los territorios del sur bajo poder musulmán. Consecuencia inmediata fue la toma de Baeza.


08. García González de Arauzo (1212-1217)
09. Martín Peláez Barragán (1217-1221)
10. García González de Candamio (1221-1224)
11. Fernán Pérez Chacín (1224-1225)
12. Pedro González Mengo (1225-1237)


13. Rodrigo Íñiguez (1237-1242)

Presidió el capítulo general en el que se acordó conquistar algunas plazas fuertes que aún quedaban en Extremadura bajo dominio musulmán. El ejército compuesto por los Caballeros de la Orden de Santiago y gran número de gente a sueldo partió de Mérida y fue reconquistando los pueblos de Almendralejo, Usagre, Fuente del Maestre, Llerena y Guadalcanal.

14. Pelayo Pérez Correa (1242-1275)


Comenzó a luchar en la zona centro-sur de Portugal y descendió hasta Ayamonte cortando así en dos las posesiones árabes del sur. Tras su nombramiento como Gran Maestre, pasó entonces a estar al servicio de Fernando III de Castilla y de su hijo, el futuro Alfonso X El Sabio. Su ejército fue reconquistando los territorios surorientales de la península: Chinchilla de Monte-Aragón (1242), Cartagena, Lorca y Mula (1244). Uno de los mayores logros de su carrera militar aconteció en 1248 la toma de Sevilla, una de las plazas fuertes del control islámico. En la Reconquista de la Sierra de Tudía (Badajoz) cuenta la leyenda que el Gran Maestre viendo que la noche se le echaba y la batalla se alargaba pidió a la Virgen que detuvieran por unas horas el sol con estas palabras: “Santa María, detén tu día”, ganando así la batalla y mandando construir una ermita-monasterio a la Virgen de Tentudía. Posteriormente fue destinado a la zona de Sierra Morena, donde controlaría plazas como la alcazaba de Regina. Fue enterrado en el Monasterio de Tentudía.

15. Gonzalo Ruiz Girón (1275-1280)


En 1275 firmó un privilegio por el que entregaba de por vida las aldeas a los caballeros que las fundasen, impulsando así la repoblación de áreas deshabitadas y la fundación de nuevas localidades. Falleció como consecuencia de las heridas recibidas en el Desastre de Moclín, que causó numerosas bajas en los caballeros de la Orden, y fue sepultado en el municipio jienense de Alcaudete. Para evitar que la Orden de Santiago se extinguiera, pues había perdido en la batalla numerosos caballeros, Alfonso X de Castilla integró en ella a los miembros de la Orden de Santa María de España que el monarca había fundado, y nombró a su maestre, Pedro Nuñez, como Maestre de la Orden de Santiago, provocando con ellos que desapareciera la citada orden.

16. Pedro Núñez (1280-1286)
17. Gonzalo Martel (1286)
18. Pedro Fernández Mata (1286-1293)
19. Juan Osórez (1293-1310)
20. Diego Muñiz (1310-1318)
21. García Fernández (1318-1327)
22. Vasco Rodríguez de Coronado (1327-1338)
23. Vasco López (1338)


24. Alonso Meléndez de Guzmán (1338-1342)

Fue nombrado por intervención personal del rey Alfonso XI de Castilla con el fin de retener el cargo para su hijo bastardo, el infante Fadrique Alfonso de Castilla, hijo de su hermana Leonor Núñez de Guzmán. Se aprovechó para ello de la muerte de Vasco Rodríguez de Coronado para anular el intento legal de los electores, los 13 freiles de la Orden, de nombrar al sobrino de éste, Vasco López. La intromisión del rey en las reglas sucesorias de la Orden provocó grandes disputas, ya que lo legal era que los Maestros fueran elegidos entre los freiles con voto de castidad, con consentimiento y nombramiento posterior del Papa. Alonso de Guzmán luchó al lado del rey en la conquista del Reino de Algeciras, pero fue asesinado por él para nombrar finalmente al infante Fadrique.

25. Fadrique Alfonso de Castilla (1342-1358)

Uno de los diez hijos ilegítimos que tuvo Alfonso XI de Castilla con Leonor de Guzmán. Mientras vivió Alfonso XI su amante Leonor consiguió títulos y privilegios en número exagerado para sus hijos, como el nombramiento de Gran Maestre de la Orden de Santiago a su hijo Fadrique en 1342. Esto fue la causa del descontento de numerosos nobles y sobre todo de la reina legítima, María de Portugal, y del infante heredero, Pedro. Cuando Alfonso XI murió inesperadamente en el asedio de Gibraltar en 1350, tuvieron ocasión de vengarse. Cuando Leonor viajaba en el cortejo fúnebre del rey, fue hecha prisionera en Sevilla y ejecutada un año más tarde por orden de la reina. Fadrique y sus hermanos Enrique, Tello y Sancho protagonizaron numerosas rebeliones desde el inicio del reinado de Pedro I El Cruel, por lo que fueron perseguidos. Fadrique se reconcilió con su hermano y recibió el encargo de custodiar la frontera portuguesa y cargos en la Corte, mientras su hermano Enrique buscaba aliados en Francia. Pedro invitó a Fadrique a que lo visitara en Sevilla, pero fue encarcelado y el rey ordenó su muerte en 1358. Enrique venció definitivamente a Pedro en la batalla de Montiel (1369) y subió al trono con el nombre de Enrique II, primero de la Casa de Trastámara.

26. García Álvarez de Toledo (1359-1366)

Sirvió al rey Pedro I, siendo nombrado mayordomo mayor de su hijo Alonso y maestre de la orden de Santiago en 1359 tras la muerte del maestro Fadrique. En 1366, enfrentadas las tropas de Enrique II y de Pedro I, se encargó de la defensa de Toledo, pero abandonado por la nobleza toledana fue incapaz de defender la plaza y cedió el maestrazgo a Gonzalo Mejía, que ya ostentaba este título en la corte de Enrique. Murió en 1370 durante el asedio de las tropas castellanas a Ciudad Rodrigo, contra las fuerzas portuguesas de Fernando I de Portugal durante las Guerras Fernandinas. De su linaje y familia descienden los Condes de Oropesa y los Duques de Alba.

27. Gonzalo Mejía (1366-1371)
28. Fernando Osórez (1371-1383)
29. Pedro Fernández Cabeza de Vaca (1383-1384)
30. Rodrigo González Mejía (1384)
31. Pedro Muñiz de Godoy (1384-1385)
32. García Fernández de Villagarcía (1385-1387)


33. Lorenzo Suárez de Figueroa (1387-1409)


Fue el primer miembro de la familia que se vincula a la Baja Extremadura. Se le dio el cargo de primer Maestre propietario de la Orden, en contra del voto de pobreza, por lo que don Lorenzo, solicitó al papa Bonifacio IX la reglamentación del usufructo de las propiedades agregadas a la Orden, por el que dejó la mitad de los bienes ganados durante su maestrazgo a su hijo Gomes, I Señor de Feria.

34. Enrique de Aragón (1409-1445)

Hijo de Fernando I de Aragón y Leonor de Alburquerque. Pese a ello, y merced a las posesiones legadas por su familia, su principal campo de acción estuvo en Castilla, donde, según los planes de su padre, debía ser la cabeza visible de la familia, dado que su hermano, el primogénito Alfonso V de Aragón, heredaría el trono de Aragón, y el segundo hermano, Juan, terminaría siendo rey de Navarra con el nombre de Juan II de Navarra. Siguiendo las disposiciones paternas, Enrique entró muy joven en la Corte castellana, colaborando en con su primo el rey Juan II de Castilla. En 1409 fue nombrado Maestre de la Orden de Santiago por petición de su padre. La ambición de don Enrique le hizo aspirar a controlar el poder castellano, oponiéndose al rey incluso con las armas en 1420. El rey huyó junto a los nobles que le apoyaba, entre ellos Álvaro de Luna, a la Puebla de Montalbán, donde se hicieron fuertes. Enrique fue arrestado, acusado de traición, y tras la intervención de su hermano Alfonso V de Aragón, marchó al exilio. En 1427 recuperó su antiguo poder y volvió a Castilla, pero en 1429 sus hermanos, reyes de Aragón y Navarra, declararon la guerra a Castilla y tuvo que volver al exilio. Tras las revueltas de 1438, volvió a enfrentarse a su primo el rey de Castilla, y navarros y aragoneses volvieron a atacar a Castilla. Murió en 1445 por una herida sufrida en la Batalla de Olmedo.

35. Álvaro de Luna (1445-1453)


Fue introducido en la corte como paje por su tío Pedro de Luna, arzobispo de Toledo, en 1410. Álvaro supo maniobrar para convertirse en una persona muy importante en la corte y para que el joven rey Juan II le tuviera en una alta consideración. Álvaro era también un maestro en todos los talentos que el rey admiraba: era un aceptable caballero, un habilidoso lancero, buen poeta y elegante prosista. En la revuelta organizada por don Enrique de Aragón, Álvaro acompañó al rey en su huida al Castillo de Montalbán, convirtiéndose desde entonces en una figura central de Castilla. Álvaro de Luna forjó una alianza con la pequeña nobleza, las ciudades, el bajo clero y los judíos, frente a la gran nobleza y a los infantes de Aragón. En 1429 consiguió expulsar a los infantes aragoneses de Castilla y en 1445 los derrotó en la Batalla de Olmedo, donde don Enrique de Aragón fue herido de muerte. Álvaro de Luna le sucedió como Gran Maestre de la Orden de Santiago. Pero en 1453, Isabel de Portugal, segunda esposa del rey, le convenció para prescindir de él. Fue arrestado y decapitado.

36. Alfonso de Castilla (1453-1468).

Infante de Castilla, hijo de Juan II e Isabel de Portugal. Tras la muerte de su padre, su hermanastro Enrique IV fue nombrado rey, pero el descontento de una gran parte de la nobleza castellana favoreció la proclamación de Alfonso como rey de Castilla en 1465, cuando el nuevo rey tenía tan sólo doce años. Este acto se consideró como “la farsa de Ávila” ya que Alfonso no fue un rey legítimo y conllevó a la guerra entre los partidarios de Enrique IV y de Alfonso, finalizando en la segunda Batalla de Olmedo en 1467. Alfonso murió un año más tarde y Enrique IV quedó como rey indiscutido. Alfonso de Castilla fue nombrado Maestre de la Orden de Santiago desde su nacimiento por intervención de Juan II, por lo que el control de la orden quedó en manos de varios administradores durante su minoría de edad: Juan II de Castilla (1453), Enrique IV (1454-1462) y Beltrán de la Cueva (1463-1464).

37. Beltrán de la Cueva (1464)


Fue un noble, político y militar castellano que consiguió ascender rápidamente en la corte de Enrique IV desde 1456. En 1459 Beltrán entró a formar parte de la Orden de Santiago como comendador de Uclés y se le concede las fortalezas de Carmona, Ágreda y Huelma a la vez que varios títulos nobiliarios En 1464 le concede el maestrazgo de Santiago, lo que desató las envidias y rencores de numerosos cortesanos. Con el fin de desacreditarlo políticamente, se le acusó de ser el amante de la reina Juana de Portugal e incluso que la princesa Juana no era hija del rey sino de Beltrán, por lo que fue conocida como “la Beltraneja”. El rey, presionado por la nobleza rebelde, tuvo que desposeerlo de su título como Maestre y expulsarlo de la corte. Cuando estallaron las revueltas de los seguidores de Alfonso de Castilla, volvió a la corte y apoyó al rey en la Batalla de Olmedo. A la muerte de Alfonso, la nobleza rebelde a Enrique IV respaldó el ascenso al trono de la hermanastra del rey, Isabel, desplazando por tanto a la hija del rey, Juana. Isabel contrajo matrimonio en 1469 con el rey Fernando I de Aragón. Cuando el rey muerte en 1474, estalló la Guerra de Sucesión Castellana (1474-1479). Beltrán combatió en las filas de Isabel y participó en el asedio de Granada de 1491. Murió un año más tarde.

38. Juan Pacheco (1467-1474)

Procedente de la nobleza portuguesa, entró en la corte castellana como doncel del infante Enrique por intervención de Álvaro de Luna. Fue hombre de confianza de Enrique IV y participó en las decisiones políticas. Consiguió títulos nobiliarios y maestrazgos para los miembros de su familia como el maestrazgo de Calatrava para su hermano y posteriormente para su sobrino. En 1467 consiguió para sí el cargo de Maestre de la Orden de Santiago y desde 1469 ejerció como maestre de la Orden de Calatrava durante la minoría de edad de su sobrino. Cuando estalló la Guerra de Sucesión Castellana tomaría partido por la princesa Juana, pero falleció en 1474 sin terminar la contienda.

39. Alonso Cárdenas (1474-1476 en León y 1477-1493)

Juan Pacheco renunció al maestrazgo de la Orden de Santiago a favor de su hijo Diego, pero esta maniobra no fue considerada correcta por los caballeros lo que llevó a un enfrentamiento entre Alonso Cárdenas y Rodrigo Manrique. Por este enfrentamiento ambos fueron nombrados Maestres de la Orden de Santiago en el periodo entre 1474 y 1476: Alonso Cárdenas en León y Rodrigo Manrique en Castilla. Incluso el rey Fernando el Católico llegó a ser maestre de la Orden (1476-1477)

El asunto se resuelve en 1477 cuando Alonso Cárdenas es finalmente nombrado Maestre de la Orden de Santiago por su contribución en la lucha contra Portugal. Poco después tuvo que enfrentarse con el Duque de Medina Sidonia que le disputaba el maestrazgo, pero consiguió vencerle en 1478. Ya siendo maestre de la Orden acompañó a los Reyes Católicos durante la conquista de Granada. Tras su muerte en 1493, la Orden pasó por dispensa papal al dominio real, ya que una vez finalizada la Reconquista no había mucho que repartir entre los caballeros ni nada por lo que ellos deberían luchar.

40. Rodrigo Manrique (1474-1476 en Castilla)

Procedente de una familia noble, entró en la Orden de Santiago en 1418 con doce años de edad y llegó a ser trece en 1440. Estuvo al lado de Alfonso de Castilla en su enfrentamiento contra Juan II de Castilla y Álvaro de Luna, participando en la primera Batalla de Olmedo. Participó activamente en las revueltas nobiliarias contra Enrique IV y en la “farsa de Ávila”. Posteriormente tomó partido por Isabel. Tras la maniobra hereditaria de Juan Pacheco y el enfrentamiento con Alonso Cárdenas en el seno de la Orden, fue nombrado en 1474 como Maestre de la Orden de Santiago del Reino de Castilla en la villa de Uclés. Falleció en 1476.


41. Reyes Católicos (1493): A la muerte del Gran Maestre Alonso de Cárdenas, los Reyes pidieron a Alejandro VI que les concediese la administración del gran maestrazgo de la Orden, medida que podía considerarse como de necesidad, y al mismo tiempo como una especie de recompensa de sus grandes sacrificios por la fe católica. El Papa accedió a la demanda y con bula del mismo año otorgó la administración de la suprema dignidad de la Orden de Santiago a los Reyes Católicos. Tras la muerte de Fernando de Aragón, le sucedió en la administración el emperador Carlos I, en cuyo tiempo el papa Adriano VI unió para siempre a la Corona de España los maestrazgos de Santiago, Calatrava y Alcántara en 1523.

PRIORATO DE SAN MARCOS DE LEÓN


La Orden de Santiago estaba gobernada por su Maestre y dividida en varias provincias, pero las más importantes por sus propiedades y vasallos eran las de Castilla y León. Al frente de cada provincia había un Comendador Mayor, con sede respectivamente en Segura de León (Badajoz) para León y Segura de la Sierra (Jaén) para Castilla. La Provincia de León estaba dividida en dos partidos, Mérida y Llerena. Cada una de ellas con varias encomiendas.

La subdivisión interna más importante de las órdenes militares eran las llamadas encomiendas, que eran unidades de carácter local a cuyo frente se encontraba un comendador. La encomienda podía asentar la sede o residencia del comendador en un castillo o fortaleza o en una villa; era un centro administrativo o económico en el que se cobraban y percibían las rentas de los predios y heredades atribuidas a esa encomienda; era el lugar habitual de residencia del comendador y de algún freire más.

Cada encomienda con sus rentas debía sostener no sólo al comendador y a los otros freires que en ella residían, sino también pagar y armar a un determinado número de lanzas, que debían acudir a los llamamientos de su maestre perfectamente equipados para tomar parte en aquellas acciones militares que quisiera emprender. Todos ellos formaban las mesnada o el ejército de la orden, que respondía a las órdenes de su maestre. Las rentas de las tierras, pastos, industrias, portazgos y derechos de paso, junto con los impuestos y el diezmo constituían los ingresos de que se mantenía la Orden. Se repartían entre rentas de la encomienda respectiva y rentas de la Mesa maestral que financiaban al Maestre de la Orden.

Eclesiásticamente, la Orden estaba dirigida desde sendos prioratos de San Marcos de León para León y de Santiago de Uclés para Castilla. El priorato de Uclés da origen a la provincia de Castilla de la Orden de Santiago, mientras que al de San Marcos corresponde la provincia de León. Originariamente solo había un prior en León pero tras la separación de los reinos, los caballeros de Santiago fueron acogidos en sus estados por Alfonso X, quien les concede en 1174 la villa y castillo de Uclés.

En la provincia de León, al estar muy alejado el convento de San Marcos del grueso de las posesiones santiaguistas en Extremadura, el convento de trasladó primero a Calera de León y luego a Mérida. Finalmente regresó de nuevo a San Marcos de León. Los pueblos y encomiendas de la Orden estaban atendidos por curas presentados por el maestre y colacionados por el prior.

Cada cuatro años, dos visitadores de la Orden acompañados de un vicario, debían realizar una visita de inspección por todas las encomiendas y territorios para comprobar el estado de las propiedades, rentas y gobierno de las posesiones. De estas visitas se levantaba el acta en los llamados “Libros de Visitas”.

LA ORDEN DE SANTIAGO


El embrión de esta Orden castellano-leonesa hay que buscarlo en el año 1170, aunque existen determinados documentos que pretenden unir la fundación de la Orden de Santiago a la victoria de la batalla de Clavijo (La Rioja) en el año 849 d.C. No obstante y aún cuando el rey Ramiro I fundara una hermandad bajo la advocación del Patrón de España, mal podía tener por objeto defender a los peregrinos, ya que está datado que los primeros freires eran tan sólo eran treces, en memoria de Jesucristo y sus Apóstoles.


Podemos decir que de todas las Órdenes Militares que se establecieron en la península en defensa de la fe, la más rica e importante fue sin duda la de Santiago. En sus comienzos, las semejanzas entre ésta y las Órdenes de Malta y Temple, son notables. Es durante el reinado de Fernando II de León (1137-1188), tras la conquista de Cáceres, en 1170, donde hay que buscar los verdaderos inicios fundacionales de la Orden. El monarca concede la ciudad a D. Pedro Fernández, y éste junto con un grupo de trece caballeros, entre los que destacan: D. Pedro Arias, el Conde D. Rodrigo Álvarez de Sarriá, D. Rodrigo Suárez, D. Pedro Muñiz, D. Fernando Odoarez, Señor de la Varra y Arias Fumaz, Señor de Letanzo, se hacen llamar “Freires de Cáceres”, teniendo como principal misión la defensa de la zona encomendada contra la amenaza almohade.

“Y los dichos compañeros viendo el gran peligro que estaba aparejado a los cristianos, inspirados por la gracia del Espíritu Santo, para reprimir a los amigos de Cristo y para defender su Santa Iglesia, hicieron de sí muro para quebrantar la soberbia de aquellos que eran sin fe y pusieron la cruz a sus pechos a manera de espada, con la señal e invocación del bienaventurado Apóstol Santiago y ordenaron que adelante no peleasen contra cristianos, ni hiciesen mal ni daño a sus cosas y renunciaron y desampararon todas las pompas mundanas, y dejaron las vestiduras preciosas y la largura de los cabellos y todas las otras cosas en las que hay mucha vanidad y poca utilidad y prometieron no ir contra aquellas cosas que las Santas Escrituras defienden y de lidiar siempre contra los paganos por tener a Dios aplacado cerca de sí y de vivir ordenadamente por la Ley Divina.”

Posteriormente se escogió el patronazgo de Santiago, en honor de Santiago El Mayor, a quien toda España considera el primero que vino a predicar el evangelio a los habitantes de Hispania. El apóstol tras predicar por la península vuelve a Jerusalén, donde fue el primero de los apóstoles en derramar su sangre por mandato de Herodes Agripa, y según la tradición, sus discípulos trasladaron su cuerpo a España y lo depositaron en Iria-Flavia (Galicia) a principios del siglo IX. Durante el reinado de Alfonso II “el Casto”, de León, fueron descubiertas estas reliquias y trasladadas a Compostela, cuyo primitivo nombre fue Brigantiun, tomando posteriormente el de Compostela, de la abreviación según parece de “Campus Stellae”, aludiendo a las prodigiosas estrellas que descubrieron el sitio donde se encontraban las reliquias del apóstol. Algunos autores dicen, que desde ese momento se hizo de Compostela un lugar célebre por la afluencia de peregrinos procedentes de todos los países cristianos de Europa, que acudían a visitar las reliquias del Santo Apóstol; para protegerlos en los caminos, argumentan, que se estableció la Orden de Santiago.


En el 1170, los primeros que, parece, tuvieron la idea de acudir al socorro de los numerosos peregrinos que se dirigían a Compostela, fueron los canónigos regulares de San Agustín, que vivían bajo la obediencia de un prior elegido y confirmado por ellos, en el convento llamado de San Loyo o de San Eloy, cerca de Compostela, fundado a ejemplo de los caballeros de Calatrava (otro instituto destinado a proteger la seguridad de los caminos). Con los años se fueron erigiendo, de trecho en trecho, desde los Pirineos hasta la citada ciudad de Compostela muchos hospitales para albergar a los peregrinos. Para la eficaz defensa, los Freires de Cáceres determinaron asociarse a aquellos religiosos y se obligaron por voto solemne a guardar y defender aquellos caminos. Los canónigos aceptando el ofrecimiento de los caballeros, convinieron en recibirlos en su Orden, vivir con ellos en comunidad y ser sus capellanes para dirigirlos espiritualmente y administrarles lo sacramentos. Así parece que los Freires de Cáceres trocaron en freires de Santiago, organizándose asó la Orden. Organizadores de la misma fueron: Don Cerebruno y Don Pedro, arzobispos de Toledo y Santiago; Don Juan, Don Fernando y Don Esteban, obispos de León, Astorga y Zamora respectivamente. El día 29 de julio de 1170, quedó fundada, organizada y establecida la Orden de Santiago. En 1172 se había extendido a Castilla. Caballeros de Ávila se agregaron a su Regla. La aprobación pontificia fue del Papa Alejandro III, con el fin de que fueron criados en temor a Dios “y para remedios de la flaqueza humana, se permite el matrimonio a los que no pudieran ser continentes; guardando a la mujer la fe no corrompida y la mujer al marido, porque no se quebrante la continencia del tálamo conyugal, según la institución de Dios y la permisión del Apóstol San Pablo”. La confirmó bajo la regla de San Agustín con bula de 8 de julio de 1175, aprobó sus constituciones y la hizo exenta de la jurisdicción de los ordinarios, cuya gracia ratificaron más adelante los papas Lucio III, Urbano III e Inocencio III por diferentes bulas que arreglaron igualmente el estado de los caballeros y el de los religiosos. Comprendió la Orden desde el principio las tres clases de caballeros, religiosos y religiosas, teniendo los primeros por jefe directo al Gran Maestre y viviendo los otros bajo la inmediata dirección de sus superiores eclesiásticos y de los priores de Uclés y de San Marcos de León, y bajo la autoridad del Gran Maestre de la Orden. En honor de esos treces primeros hermanos, se establecería el trecenazgo de la Orden, trece freires electores que junto con los obispos priores de Uclés y San Marcos de León, los comendadores mayores de Castilla, León y Montalbán (Aragón), el Prior de Santiago de la Espada de Sevilla, el Secretario y el Tesorero integrarían, ya en su época de esplendor, las dignidades principales que participarían en la elección del Maestre.


Si consultamos las gloriosas páginas de nuestra historia en todo aquella larga y porfiada lucha contra el poder musulmán, que dio por resultado la reorganización de la nación española; ni una sola batalla, ni un hecho de armas se hallará, en que no veamos combatir en primera fila a los caballeros de Santiago. Pero observaremos de paso que una buena parte de la gloria que se granjearon con aquellas proezas quedó en cierto modo eclipsada por las divisiones y bandos a que se vio con frecuencia entregada después esta Orden. Es cierto que los bienes inmensos que estos caballeros poseían en los reinos de Castilla y León, les obligaron muchas veces a sostener las encontradas pretensiones de sus soberanos, hasta el punto de tener que derramar la sangre de sus compañeros de religión; pero tampoco admite duda que con mucha frecuencia se vio arder la discordia en el seno de la Orden a impulsos de la ambición de los mismos caballeros que se lanzaban a sostener con encarnizamiento a los diferentes competidores que se disputaban el gran maestrazgo de la religión.

Hasta tal punto habían desacreditado a la Orden los escándalos y escisiones, que a la muerte del gran Maestre D. Alonso de Cárdenas en 1499, se creyeron los Reyes Católicos obligados a impetrar de la Santa Sede una providencia capaz deponerles término, fundados en una serie de hechos de la mayor gravedad y exponiendo por otra parte las inmensas fatigas y las cuantiosas riquezas que les había constado la larga guerra que tuvieron que sostener para libertar sus estados del poder de los infieles; suplicaron a Alejandro VI les concediese la administración del Gran Maestrazgo de la Orden, medida que podía considerarse como de necesidad y al mismo tiempo como una especie de recompensa de sus grandes sacrificios por la fe católica. Accedió desde luego Su Santidad a la demanda, y con bula del mismo año dio a aquellos príncipes la administración de la suprema dignidad de la Orden de Santiago.

Después de la muerte del rey D. Fernando, sucedió en la administración el Emperador Carlos V, en cuyo tiempo el Papa Adriano VI unió para siempre a la corona de España los maestrazgos de Santiago, Calatrava y Alcántara, siendo aún en nuestros días el príncipe reinante la persona investida con aquella elevada dignidad. Antes de esta anexión era elegido el gran Maestre de Santiago por el consejo de los trece, así llamado, porque lo componían trece caballeros designados de entre los Gobernantes y Comendadores de la Orden. Este cuerpo además de la elección, tenía en caso necesario la facultad de deponer el gran maestre y desempeñaba las atribuciones de consultivo y judicial cerca de aquel jefe; pues no solo era indispensable su acuerdo para la determinación de los negocios de interés de la Orden, sino que todas las cuestiones y diferencias que se promovían entre el Maestre y los caballeros habían de ser decididas por los trece. Fue fijado este número a dicho consejo, según algunos escritores, porque habían sido trece los caballeros que fundaron la Orden, y según otros en representación de Cristo y de los doce apóstoles.


Cuando fallecía el Maestre, se encargaba desde luego del Gobierno de la Orden el Prior de Uclés, quién cuidaba igualmente de convocar a los treces para la elección. Pero muchas de sus atribuciones las perdieron estos dignatarios, cuando la creación del consejo de Ordenes en 1489, después de haber sido incorporadas a la corona con autorización de Adriano IV, las órdenes de Calatrava y Alcántara. Carlos V y Felipe II le dieron más adelante la forma que tiene en la actualidad, que se compone de un presidente, ocho ministros togados, un fiscal, un secretario, un contador general, un alguacil mayor, y un tesorero, con cuatro procuradores generales y cuatro fiscales, correspondientes a cada una de las cuatro órdenes militares de España. En el consejo de las órdenes se trataba de todo lo relativo al gobierno de las mismas, de las causas civiles y criminales de los caballeros, frailes y demás dependientes, tan solo en los casos privilegiados y en los territorios de la jurisdicción de las órdenes. Examinaba las informaciones para los hábitos y las visitas de conventos y encomiendas, casas fuertes, hospitales y colegios; consultaba al rey sobre las dignidades, prioratos, beneficios, gobiernos, alcaldías, alcaidías, regimientos y guardas mayores de dehesas; y además le pertenecía todo lo gubernativo y contencioso de los colegios y monasterios, pero únicamente en la segunda instancia, pues la primera correspondía a los gobernantes del respectivo distrito. Según bulas de Clemente VIII de 1524 y 1525 tenía el conocimiento de los diezmos, beneficios y de todo lo demás perteneciente a los obispos, como ordinarios. La jurisdicción de este consejo así se extendía a lo espiritual como a lo temporal, y no solo sobre los caballeros, canónigos, capellanes y religiosas de las órdenes, sino también sobre todos los presbíteros que tenían beneficios y sobre las monjas que residían en monasterios situados en territorio de aquellas.

En la jerarquía de la Orden de Santiago las dignidades inmediatas al gran maestre, eran los priores de los dos conventos de Santiago de Uclés y San Marcos de León, de duración trienal al principio y elegidos por los frailes de la respectiva prinvincia por darles alternativas, a saber: el de Uclés en Castilla un trienio por la parte llamada de La Mancha, el otro por la llamada de Montiel, y el de San Marcos de León alternando la provincia de León y la de Extremadura; despuñes eran perpetuos y de nombramiento de la corona como los demás obispos. Estos priores, en virtud de concesiones de la silla apostólica, usaban roquete, mitra y demás insignias pontificales. A principio no había más prior que el de San Marcos; pero habiéndose partido el reino de León, los caballeros de Santiago fueron acogidos en sus estados por Alfonso X de Castilla, quien entre otras les diera en 1174 la villa y el castillo de Uclés, y allí pusieron la cabeza de la Orden. La villa de Uclés alberga todavía el complejo defensivo formado por el castillo y el monasterio que constituía la casa madre de los caballeros de la Orden de Santiago.

-Monasterio de Uclés:

-San Marcos de León:

Restablecida más adelante la casa de San Marcos de León, se suscitaron serias contestaciones sobre antigüedad y preeminencia entre este convento y el de Uclés en cuyo convento debían pasar el año de prueba y hacer la profesión todos los novicios de la Orden. Los superiores de los demás conventos religiosos tenían igualmente el título de priores pero estaban bajo la dependencia de aquellos prelados. A los priores de Uclés y de León siguen los Treces, luego las Grandes Cruces de Castilla, León y Montalbán, después están los Comendadores y por último los Caballeros y Frailes, Clérigos y Religiosos. De las encomiendas de la Orden dependían hasta doscientos prioratos curatos y beneficios simples que con dispensa de Su Santidad podían darse a personas que no fuesen de la religión; había también trece vicarías con jurisdicción espiritual. Y por último para visitar las cuatro provincias de Castilla la Nueva, León, Castilla la Vieja y Aragón, se nombraban cuatro caballeros, cuyas facultades se extendían no solo a los demás caballeros sino a cuantos poseían beneficios en territorio de la Orden. Para ser admitido caballero, era indispensable hacer constar por medio de una oportuna información, la nobleza paterna y materna de cuatro costados, exigiéndose las pruebas de la última desde el año 1653. El aspirante tenía que pasar después a servir tres meses en las galeras y residir un mes en el monasterio a fin de aprender la regla; posteriormente el rey y el consejo de órdenes abolieron cierta cantidad de estos requisitos.

En los primeros años de la Orden los Caballeros estaban obligados a guardar el celibato; pero el papa Pablo III les permitió, en 1540, casarse y profesar únicamente la castidad conyugal. Desde entonces, para contraer enlace, solo necesitaron licencia del gran maestre, siendo esta necesaria en razón a que las mujeres de los caballeros estaban obligadas a hacer las mismas pruebas que estos, en presencia de comisarios nombrados al efecto. Al que había dejado de solicitar este permiso, se le condenaba a un año de penitencia y a la privación de la dignidad, si era uno de los “Trece”. Las obligaciones de los caballeros eran antiguamente muy estrechas; más habiendo Inocencio VIII declarado en 1486 que la regla no les obligaba bajo pecado mortal, dejaron de cumplirse con la rigidez primitiva los deberes que esta imponía. Los tres votos ordinarios que hacían los caballeros, eran de obediencia a sus superiores, de no tener nada propio sino con licencia del gran maestre, y de castidad conyugal, a los cuales añadieron después, en 1655, el cuarto voto de defender la Concepción Inmaculada de María, como las otras tres órdenes militares. Los caballeros, cuando otorgaban testamento, estaban obligados de dejar su taza y mula al maestre y su caballo y armas al comendador mayor.

Los frailes conventuales o canónigos, que según hemos visto, tenían a su cargo dirigir en todo lo espiritual a los caballeros, para ser admitidos debían hacer también información de nobleza; pero esta calidad solía suplirse en Uclés por la del grado, con tal que acreditasen que sus antepasados, por parte paterna ni materna habían sido factores, comisionistas, curtidores, cambistas ni ejercido arte alguna mecánica o vil, ni haber sido judíos, herejes, ni castigados por la Inquisición. Usaban por divisa la mima cruz de gules que los caballeros en sus hábitos clericales y eran gobernados por los priores de Uclés y de San Marcos de León.


Las religiosas o monjas para ser admitidas en los monasterios de la Orden debían hacer información de nobleza y traer una dote cuyas dos terceras partes por los menos habían de emplearse en rentas para la casa. Con estos requisitos y con el permiso del consejo se les daba el hábito. El primitivo instituto de los conventos de las religiosas de esta Orden era hospedar a los peregrinos que iban a Santiago de Compostela, y remediar sus diversas necesidades. Antiguamente podían salir libremente de sus monasterios, pero después se las obligó a guardar clausura. Podían igualmente casarse, pero en 1480 se dispuso que no pudieran en lo sucesivo, y se les precisó a hacer los tres votos solemnes de pobreza, castidad y obediencia. A pesar de estos piadosos y sabios reglamentos, las religiosas del monasterio de Barcelona conservaron su antigua libertad, pues podían casarse y no estaban sujetas a estrecha clausura. Según la regla de la Orden, las mujeres e hijas de los caballeros y comendadores, mientras estos se hallaban en la guerra contra los moros y aún después que habían muerto, podían vivir por cierto tiempo en los conventos de monjas; pero después del año 1600 se les prohibió admitir mujeres seglares, debiendo guardar en este parte la más rigurosa clausura. Cada monasterio tenía fijado el número de religiosas y sergentas o legas que podía admitir, de suerte que las que excediesen de dicho número, habían de ser echadas, y castigadas las que las admitieron. Para la administración de los sacramentos y dirección espiritual de cada convento de religiosas el Gran Maestre nombraba a un monje o fraile de la Orden, asimismo había un prior para el cuidado de la hacienda. Las superioras de los monasterios, llamadas prioras o comendadoras, eran trienales. Para ser elegidas, a más de ser profesas, habían de tener cuarenta años de edad y diez de hábito; y solo tenían voto en la elección las monjas profesas, de veinte años de edad y tres de hábito. Después de elegidas, debían ser confirmadas por el consejo de órdenes.


La insignia de la Orden parece que al principio no fue sencillamente la cruz roja en forma de espada que usa hoy en día, pues según los escritores más antiguos, la acompañaba alguna que otra señal del Apóstol, que, aun cuando ignoremos cual sea, nos inclinamos a creer seria la venera, tenida siempre en España por insignia del Santo. En los sellos antiguos de los maestres así como los del convento, se ve una espada más bien determinada que la de ahora, y encima de la espada y bajo la guarnición se nota una venera; bien que a fin de distinguir el sello del maestre del que usaba el convento, tenía aquel sobre la espada a un lado, una estrella y al otro una media luna, y esta una cruz a cada lado. Hay además una bula de Alejandro IV, en que se confirma un estatuto de esta Orden hecho en capítulo, general, en el que se dispone, entre otras cosas, que no puedan traer la venera por insignia sino los caballeros y las religiosas que fueren nobles.

De España se propagó la Orden de Santiago al vecino reino de Portugal, cuyos caballeros dependieron del gran maestre de España hasta el reinado de Dionisio I, en que se separaron con autorización del papa Nicolás IV; pero no llegó a completarse esta separación hasta 1290 en que aquellos caballeros hicieron la elección de un gran maestre para la Orden en Portugal, a pesar de la viva resistencia que a esto portugueses, y el rey Dionisio los colmó de privilegios y riquezas que se acrecentaron más y más con el tiempo.

En Portugal tenía la Orden de Santiago los mismos estatutos, iguales pruebas de nobleza, divisa, hábito y profesión que en España, sin otra diferencia que la de traer allí la cruz orlada de una trencilla de oro. El rey D. Juan II se apoderó de la administración de esta Orden, que D. Juan III incorporó para siempre a la corona con autorización del pontífice Julio II. La cabeza de la Orden en Portugal estuvo al principio en la villa de Alcázar de la Sal, y después fue trasladada a Palmella, cuyo gran prior ocupaba el lugar inmediata al gran Maestre y ejercía jurisdicción episcopal. En dicho país la Orden de Santiago, a más de un crecido número de villas y lugares, tenía ciento cincuenta encomiendas, cuatro conventos de canónigos y uno de canonesas, que gozaban de la misma libertad que las del monasterio de Santa María de Junquera de Barcelona. No era por cierto menos floreciente el estado en que llegó hasta nuestros días la Orden de Santiago en España, porque a más de tener Jurisdicción sobre dos ciudades y 178 villas y lugares y presentar 200 prioratos, curatos y beneficios simples y 13 vicarias con jurisdicción espiritual, contaba varias dignidades, encomiendas y casas religiosas de ambos sexos.

CARTA DE EDICIÓN

El blog Devociones de Estepa nació en la cuaresma de 2009 y tuvo como motivo de inspiración la oportunidad de dar a conocer la Semana Santa de Estepa a través de los nuevos medios de comunicación. El objetivo principal era recopilar información de las Hermandades y Cofradías de Estepa así como mostrar nuestras tradiciones y costumbres. El blog se definió con carácter divulgativo, y por lo tanto, al carecer de carácter lucrativo, se ha rechazado sistemáticamente toda propuesta económica que hemos recibido. Sólo se ha permitido artículos relacionados con la información cofrade o que tuvieran carácter benéfico.

Para llevar a cabo este trabajo, se inició en el blog la recopilación de artículos que procedían principalmente de los boletines y libros de las Hermandades estepeñas, el
Ayuntamiento de Estepa en sus diversas publicaciones, blogs dedicados a la Historia y Semana Santa de Estepa y por último la información que se daba en las redes sociales. Para acompañar a estos artículos se escogían fotografías que se encontraban en los diferentes medios ya mencionados. Tanto los artículos como las fotografías publicados en estos medios no habían sido realizados para el blog.

Desde el blog se ha trabajado también por la investigación propia y de esta forma se han publicado artículos nuevos de información, a los que se le han dedicado un gran esfuerzo. Siguiendo la misma idea, se han realizados también fotografías propias que no se han firmado, pero que han aparecido tanto en el blog como en nuestra página de Cofrades. La idea del blog siempre ha sido compartir y dar a conocer, por lo que siempre se ha permitido la utilización de estas imágenes y de estos artículos. Sólo los que han llevado a cabo la aventura de crear un blog, pueden reconocer las numerosas horas, esfuerzo e ilusión que se le dedica a un proyecto de estas características, y es por ello por lo que conocemos de primera mano la importancia que para un creador de blog tienen los contenidos propios que ha realizado. Por eso, queremos disculparnos con aquellas personas que se hayan sentido ofendidas por la publicación de sus trabajos y retiraremos aquellos trabajos que no quieran que aparezcan en este blog. Sólo indicar que el blog no llega a asumir la autoría de estas fotografías y artículos, y que por lo tanto se expresa su autor o autores al final de cada artículo.

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-Retablo de San Francisco de Sales (Iglesia de Santiago – Puente Genil)
-Retablo de Jesús Nazareno (Iglesia de Omnium Sanctorum – Sevilla)
-Retablo Ntra. Sra. de la Candelaria (Puebla de Cazalla)
-Retablo de Santa Lucía (Iglesia del Socorro – Badolatosa)
-Retablo de San Blas (Iglesia del Rosario – El Rubio)
-Púlpito de la Iglesia (Iglesia del Corpus Christi – Sevilla)

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EQUIPO DE PRIOSTÍA

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“La Cultura debe considerarse como el bien común de cada pueblo, la expedición de su dignidad, libertad y creatividad, el testimonio de un camino histórico. En concreto, sólo desde dentro y a través de la cultura, la fe cristiana llega a hacerse histórica y creadora de historia.”

Juan Pablo II Exhortación Apostólica, “Christifidelis laici”

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