24/6/11

LAS LÁGRIMAS DE SAN PEDRO. APROXIMACIÓN A LA FIGURA DE SAN PEDRO.


Los Evangelios son una caja de sorpresas. Una de ellas, y no la más pequeña, las negaciones de Pedro. Y la sorpresa es doble, porque sólo las escenas que la Iglesia primitiva consideraba de primera importancia, son narradas por los cuatro Evangelios, como lo lógico hubiera sido lo contrario: que los evangelistas no narraran la hora más negra de su Jefe. Tenían mil razones para ello: la necesidad de defender el prestigio de la autoridad, el hecho de que las negaciones de Pedro en el conjunto de la Pasión de Jesús son una mera anécdota, el temor a la incomprensión de los no cristianos, la lógica vergüenza de abrir la Historia de la Iglesia con un Papa cobarde y traidor. Y, sin embargo, lo cuentan los cuatro evangelistas, y con una amplitud relativamente desproporcionada para tal anécdota.

Hay personas que ven en los relatos evangélicos afanes mitificadotes y exaltadores. Tendrían que detenerse a considerar que los evangelios jamás disimulan la torpe pasta sobre la que la Iglesia fue construida, los fallos, las incomprensiones de los primeros apóstoles. Tal vez porque, como buenos teólogos, saben subrayar que es la Gracia de Jesús la que construye.

Y sobre todo, tratándose de las lágrimas de Pedro, porque piensan que tales lágrimas del arrepentido son mucho más importantes que las lágrimas del acobardado. O quizás porque Pedro contaba a todo el que quería escucharle, su hora negra, que es, sin embargo, en su amor y desamor, lo que mejor define su persona.

Pedro era, según lo conocía Jesús, un diamante en bruto. Su cultura no iba mucho más lejos de lo que los niños aprendían en la Sinagoga. Que era un hombre inquieto sobre la marcha del mundo, lo prueba el hecho de que se hubiera desplazado de Galilea a Judea para oír a Juan el Bautista. Era uno de tantos judíos que presentían que algo está a punto de suceder. “Algo”. Y ciertas instituciones profundas del alma nunca suelen fallar.

Su carácter era una confusa mezcla de audacia y cobardía: o mejor, era alguien que podía pasar en cuestión de segundos de la audacia a la cobardía. Era un radical, enemigo de las medias tintas, y ponía al servicio de este extremismo una violencia típica de los Galileos y de su oficio de pescador.

Le veremos echarse a nadar sobre el agua porque Jesús se lo manda y un minuto después gritar aterrado pedir auxilio porque se hunde en el agua. Le oiremos proclamar convencido que Jesús es el Hijo de Dios vivo (Mt 16, 16), que sólo Jesús tiene Palabras de Vida Eterna (Jn 6, 79-70), y pocos días más tarde le veremos casi insubordinándose cuando Jesús anuncia su Pasión, riñendo a su Maestro, diciéndole que esas palabras no se realizarían jamás. (Mt 16, 23). Se escandaliza ante la idea de que Jesús le lave los pies porque ése era oficio de esclavos, no de su Maestro, y tras una simple explicación de Jesús, gritará que no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza. Oiremos en la Última Cena sus protestas más tajantes de fidelidad, y unas horas más tarde, se dormirá en el Huerto de los Olivos. Le veremos empuñar virilmente la espada y agredir a uno de los soldados del pontífice y quedarse luego tan aterrado como los demás, cuando cogen preso al Maestro y se lo llevan. Es tan audaz y atrevido que se mete en la boca del lobo, en el patio del sumo sacerdote, mezclado con los soldados enemigos que han hecho prisionero a su Maestro, y se vendrá abajo como una torre de naipes con la simple mirada de una mujer.

Este es Pedro, alguien tan parecido a nosotros como para no conocerlo y comprenderlo.

Pedro pertenecía a este grupo de personas que tienen una gran estima de si mismos, pero una imagen no de autoestima, ni negativa, sino aureolada.

Las personas que viven de su imagen aureolada, no ven más que sus aspectos positivos y son incapaces de aceptar los aspectos negativos de su personalidad y de sus comportamientos. Viven apoyados en una falsa imagen de si mismos. Sencillamente no se conocen.

A la luz de estos principios comencemos a leer el drama de Pedro.


Entonces Jesús les dijo:

“Todos vais a fallar por mi causa esta noche, Heriré al Pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño. Pero después de resucitar iré con vosotros a Galilea”.

Pedro le respondió:

“Aunque todos te fallen por causa tuya, yo no fallaré”.

Jesús le dijo:

“Te aseguro que esta misma noche, antes del que el gallo cante, me habrás negado tres veces”

Pedro le explicó:

“Aunque tenga que morir contigo, no te negaré” (Mt 26, 31-35)


Pedro cree conocerse a si mismo hasta el hondón más profundo de su ser. A sus propios ojos. Aparece como un hombre de cuerpo entero, generoso, honesto en sus palabras, valiente, viril, fiel a Jesús incluso hasta la muerte.

Pero Pedro, al hablar de su muerte, está pensando en una muerte heroica, gloriosa. Morir con la espada en la mano, morir como los Macabeos, aquellos héroes nacionales judíos que murieron patrióticamente defendiendo a su pueblo contra los invasores paganos a las órdenes del rey Antíoco.

Hasta ahí llega Pedro, acepta la muerte heroica, pero no acepta morir como su Maestro: humillado, en silencio, siendo objeto de burla. Ni se conoce a si mismo, ni conoce al Maestro. Veámoslo.

En esto llegó Judas, uno de los Doce, con un tropel de gentes armados de espadas y palos. Se acercó a Jesús y lo besó. Jesús no reacciona como Pedro esperaba, sino que le dice:

“Amigo, ¿a esto has venido?”

Luego lo arrestan. Echaron mano a Jesús y lo prendieron (Mt 26, 49-50).


Pedro es de sangre caliente, arrebatado, que ponía el corazón en todo lo que hacía referencia a Jesús. Quiere llevar hasta sus últimas consecuencias la veracidad de sus palabras. No lo pensó dos veces. El maestro estaba en peligro. Le hirvió la sangre. Ha dicho que morirá como un héroe por su Maestro con la espada en la mano, y desenvaina la espada, y con todo el vigor del viejo lobo de mar que ha robustecido los músculos de sus brazos remando contra corriente, arriando las velas de su barca, guiando con poder el timón en contra de mareas, huracanes o tempestades desatadas, descarga viril un golpe certero sobre la cabeza de Malco, criado del Sumo Sacerdote. A este pobre asalariado le salvó el casco o capacete de acero que cubría su cabeza, porque la espada resbaló y le cortó la oreja.


Pero Jesús ordenó a Pedro:

“Guarda tu espada, pues todos los que empuñan su espada para matar, a espada morirán” (Mt 26, 52)


El maestro desautoriza públicamente a Pedro. No permite que se responda a la violencia con la violencia. Eso equivaldría a entrar en un espiral de consecuencias negativas incalculables.


Pedro ya no entiende nada. Y dejándose llevar de su corazón se pregunta indignado y confuso:

“¿Si quería morir, por qué nos ha llamado a seguirle? Si yo no puedo echar mano de la espada ¿por qué no vienen esas famosas legiones de ángeles, por qué Dios no salva a su Consagrado? ¿por qué se deja aprehender aquí, de noche, como si fuera un malhechor?

Pedro está desconcertado en su identidad. Jesús le acaba de romper la imagen aureolada y heroica que tenía de si mismo. Ya no sabe quién es él, qué tiene que hacer, cuál es su papel en el Reino de Dios. Pero tampoco sabe quién es Jesús.


Se le acercó una criada y le dijo:

“Tú también estabas con Jesús, el galileo”.

Pero el negó ante todos diciendo:

“Mujer, no sé de qué me hablas” (Mt 26, 69-70)
Pedro no es un bellaco, puesto que estaba dispuesto a morir. Ni se deja llevar por el miedo. Habla desde el desconcierto, el desasosiego y la turbación.

Salió después al portal, le vio otra criada y dijo a los que había allí:

“Este andaba con Jesús de Nazaret”

Y por segunda vez negó con juramento:

“Yo no conozco a este hombre” (Mt 26, 71-72)



Es verdad, Jesús se ha convertido para Pedro en un enigma, la imagen que tenía de si mismo y de Jesús está derrumbándose como un castillo abandonado.

“Ya no sé lo que quiere, no sé quién es. Dios siempre interviene a favor del justo. ¿Por qué no interviene ahora a favor de Jesús? ¿Es que no era justo? ¿Nos ha engañado?”

Y en esta maraña de preguntas sin respuestas, desbocado su corazón, jura e impreca contra Jesús. No sabía lo que hacía. Psicológicamente hablando había caído en un estado de confusión mental, es decir de la disminución de la actividad de la conciencia, de una obnubilación, hasta llegar a un estado de estupor.

Pero un rayo de luz comienza a filtrarse, tenue y vigoroso, rompiendo la densidad de su confusión mental. Pedro comienza a pensar ahora de modo totalmente diferente.

“He aquí al hombre de quien yo me serví siempre para tener una posición de privilegio, para cultivar mi imagen personal aureolada ante los discípulos y ante las masas, y que ahora va a morir por mí”.

Se rompe el velo y Pedro comienza a intuir que Dios se revela precisamente en Cristo abofeteado, insultado, negado por él. Y comienza a comprender a Jesús, Pedro hubiera querido morir por su Maestro, pero ahora entiende la vida de otra manera.

“No, mi puesto es dejar que él muera por mí, que sea más bueno, más grande que yo. Quería ser más que él, quería ir siempre por delante de Jesús, precisamente cuando durante toda mi vida no he sido capaz de entender su Misterio. Y ahora en cambio es él quien me ofrece esta vida suya que yo no he comprendido y he rechazado”.


Ante el drama de Pedro surgen dos interrogantes graves: ¿Quién soy yo? ¿Qué imagen tengo de mí mismo? ¿De autoestima, negativa, aureolada? La verdad es ésta.

“Yo no soy lo que creo ser, yo no soy lo que los demás creen que soy, soy lo que Dios ve que soy ahí, en el hondón más hondo de mi ser. Y ¿qué soy ahí?

Hay que tener mucho coraje para mirar sin pestañear la imagen exacta que refleja el espejo de la verdad. Jesús desmonta la idea de un “Mesías socio-político-religioso” que rondaba la cabeza de Pedro, lo mismo que la de sus coetáneos. Pero también desmonta la idea de un Mesías que salva desde fuera. No; Jesús salva desde dentro, dándolo todo, dándose todo. Desde el amor crucificado.

¡Qué difícil nos resulta dejar a Dios ser Dios en nuestra vida, dejarnos salvar! Nos parecemos al niño chico que se ha levantado enfurruñado y que la madre intenta arreglarlo, lo que hace ella peinándolo con las dos manos, el niño lo deshace con una. Somos así.

A Pedro lo salvó el amor paciente de su Maestro, y es que a la postre sólo nos salva el amor.

¡Por favor!, abre los oídos y los ojos: “¡Porque cada minuto que cierras los ojos, pierdes sesenta segundos de luz… de su Luz!”

Prudencio López Arróniz
Padre Redentorista

15/6/11

LA PASIÓN SEGÚN SAN PEDRO

El Arzobispo de Mérida-Badajoz, monseñor Antonio Moreno, además de obispo es periodista. En este Espléndido testimonio que resuma fe, esperanza y amor, a la vez que maestría literaria, ha logrado ponerse en la piel del primero de los Apóstoles.

Yo, el apóstol Pedro, reconozco que es cosa poco acostumbrada que un bienaventurado como yo, morador de la Casa del Padre, acuda a la llamada insistente del redactor de esta página para trasladar a su mente y a su pluma los sentimientos vividos en mi existencia terrena, durante el Triduo pascual de la primera Semana Santa. Como yo no soy evangelista, he cedido a su insistencia, a fin de que ustedes, los lectores, conociendo en directo mis disparates y el amor infinito a Jesús mi Maestro, se animen a seguir sus pasos evitando mis tropiezos. Le cedo, pues, mi palabra para que utilice la primera persona, se entiende que por esta sola vez.


I Preludio

A mí siempre me sentó fatal eso de que mi Maestro tuviera que ser arrestado por unos forajidos, condenado por un tribunal infame, clavado y muerto en la cruz. Por mucho que Él repitiera lo de la resurrección al tercer día, yo no podía digerir semejante barbaridad. Y, como nunca tuve pelos en la lengua, así se lo solté a Jesús en una intervención inoportuna, como todas las demás.

Andábamos por Cesarea cuando Jesús nos anunció con toda seriedad que tenía que subir a Jerusalén, donde los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos le harían sufrir mucho hasta matarlo, aunque resucitaría después. Yo lo llamé aparte y le dije: “¡Lejos de Ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!”. Él me cortó en seco y me dijo severamente: “¡Quítate de mí, Satanás, escándalo para mí! Tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres”. Yo me callé avergonzado y dije para mí: Por más que lo intento, no doy una en el clavo. Y recordé como poco antes en la tormenta del Lago, yo, dándomelas de valiente, salí a su encuentro andando sobre las aguas y empecé a hundirme lleno de miedo. Viéndome así, me reconvino con cariño: “Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?”.


Regalos del Maestro

En cambio, yo no había dudado, y eso me reconforta, cuando, a su pregunta de quién creíamos los discípulos que era Jesús, salté enseguida, con una fuerza interior extraordinaria: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Fue entonces cuando me puso el nombre de Pedro, y afirmó que sobre esa piedra, tan ruin como yo soy, iba nada menos que a edificar su Iglesia, con todo lo demás que ustedes saben. Yo sí que me quedé como una piedra, confundido hasta los tuétanos, pero invadido también por un torrente de fe y de amor, que nunca, ni cuando lo negué tres veces, ha menguado lo más mínimo en mi persona.

Pienso en el regalo que Él me hizo cuando, con los hermanos Zebedeos, subimos al monte Tabor: nos inundó a los cuatro la gloria del Padre y se aparecieron Moisés y Elías. En medio de tanta grandeza, no tuve otra ocurrencia, deslumbrado y aturdido, que la de las tiendas de campaña. Marcos, que me conocía bien, diría luego en su evangelio que yo no estaba en mis cabales diciendo semejante cosa. Pero sí que oía la voz del Padre diciéndonos, más o menos, lo que yo había proclamado en Cesarea: que Jesús era su Hijo amado. Aquel preludio de la resurrección de Jesús y de su gloria divina afianzó, en lo más hondo de mi ser, la fe inquebrantable en mi Maestro, como yo lo contaría más tarde en la segunda de mis cartas católicas a los cristianos de la Iglesia primitiva.


Drama

Desde entonces aproveché cualquier pretexto para demostrarle mi lealtad, aunque casi siempre pasándome de rosca, cuando no metiendo la pata. Esto se pondría especialmente de relieve en los días de su Pasión, en tres escenarios diferentes y sucesivos; el Cenáculo, el huerto de Getsemaní y la casa de Caifás. Yo no buscaba protagonismo de ninguna clase, pero confieso que, al comprobar que las cosas iban en serio, y que Jesús avanzaba hacia la muerte como un cordero al holocausto, me puse nerviosísimo y como fuera de mí, sin dar pie con bola. Así hay que entender mi reacción tozuda y casi histérica para impedir que Jesús me lavara los pies en la noche de la Cena. Tengo que confesar que aquello lo hacía yo desde mi pobreza y mi indignidad. Pero cuando me advirtió el Señor severamente que, si no me dejaba lavar, no tendría parte con Él, me pasé estúpidamente al extremo contrario, ofreciendo a la jofaina y a la toalla también mis pies y mi cabeza. Torpe de mí, que no me había enterado de su advertencia previa: “Lo que yo hago no lo entiendes ahora, lo entenderás más tarde”. Algo de eso se vislumbró inmediatamente después, al decirnos Jesús que nosotros estábamos limpios, pero no del todo ni tampoco todos.


Luego, a lo largo de la Cena, fui entendiendo yo de sobra que los misterios que estaban aconteciendo en el Cenáculo exigían de todos nosotros un alma inmaculada. Jesús habló luego de un traidor entre los presentes, y yo, entre la ansiedad y la imprudencia, le dije a Juan que le preguntara al Señor quién era el traidor, cosa que, como es sabido, aclaró Él mostrando a Judás, que comía en su mismo plato. Ante esto, aunque callé como un muerto, me quedé de una pieza, viendo que aquel sinvergüenza, que llevaba las cuentas del grupo, y luego supe que robaba, había vendido vilmente a mi Maestro. Jesús lo hizo salir de la sala, so pretexto de darle un encargo, pero sin descubrir las cartas todavía. Luego nos abrió su corazón para decirnos que su alma estaba triste hasta la muerte, y que aquella noche todos nosotros nos íbamos a escandalizar de Él, o sea, que íbamos a echar a correr abandonándolo.


Mi arrogancia

¡Lo que faltaba! Esto aumentó mi tensión hasta el máximo y me puso en el disparadero. Con la misma energía, arrogancia y amor que poco antes, en el lavatorio de los pies, le dije emocionado: “Señor, aunque todos se escandalicen de Ti, yo nunca me escandalizaré”. Jesús contestó: “Yo te aseguro, Pedro, que esta misma noche, antes de que el gallo haya cantado dos veces, tú me habrás negado tres”. Y yo, erre que erre, “Aunque tenga que morir contigo, yo nunca te negaré”.

El Señor no me echó en cara esas fanfarronadas, tan sinceras como insensatas. Es más, como refiere el evangelio de Lucas, no retiró una palabra de lo que me había dicho un poco antes, y que yo agradecí confundido: “¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha recibido el poder de cribaros como trigo, pero yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos.

Yo me quedé abrumado, derretido de amor y de humildad (y sólo después de Pentecostés calé el valor inmenso de esta oración de Jesús, garantía de la firmeza de los Pedros-piedras que me sucedieron en Roma).

Terminada la Cena y la Eucaristía, cantamos el himno pascual. Jesús se irguió el primero en su diván y nos dijo: “Ea vámonos”. Salimos en un silencio espeso, bajamos al valle del Cedrón para ascender de nuevo, al son de nuestras pisadas, hasta el monte de los Olivos, llena el alma de presagios. La agonía del Señor en Getsemaní. Entré con mis compañeros sin Judas, y me prometí a mi mismo no piar ni hacerme notar lo más mínimo. Pero el Señor se apartó a orar, como a un tiro de piedra, y quiso que, como en el Tabor, le acompañáramos, a discreta distancia, Santiago, Juan y yo, con claros indicios de que necesitaba nuestra compañía. Con razón escribió Lucas, tan preciso siempre, que Jesús, para orar en su agonía, tuvo que arrancarse de nosotros.


Su oración y mi sueño

Siento no poder reflejar aquí en directo aquella trascendental oración de Jesús, porque, como es sabido, me quedé dormido como un tronco, igual que los del Zebedeo. Fue terrible. El Señor, agotado hasta el extremo, se acercó a nosotros por tres veces, con intervalos de una hora. Se dirigió a mí, el primero, y me reconvino con mansedumbre: “¿No habéis podido velar una hora conmigo? Vigilad y orad, para que no caigáis en la tentación. El espíritu está pronto, pero la carne es débil”. Me quedé abrumado y abatido, viendo que a mi Señor le importaban más mis tentaciones y mi debilidad que su propia desolación. No andaba equivocado, como yo comprobaría pocas horas después. El Señor siguió orando, volvió dos veces más y nos dejó roncando sin decir palabra, porque, como puntualiza nuevamente Lucas, nuestros ojos estaban cargados, ¡Y tanto que lo estaban! Nadie sabe cómo fueron, al menos para mí, los días que transcurrieron entre las palmas del domingo y el prendimiento del jueves.

Pues bien, o sea mal. ¡Ya lo teníamos allí! Vimos bajar las antorchas por la otra vertiente del Cedrón, y se acercaron con estrépito a nuestro olivar. Jesús se irguió confortado y descorrió el telón del drama: “Mirad que ha llegado la hora en que el Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. Levantaos, vámonos, mirad que el que me va a entregar está cerca”.

Me ahorro el saludo repugnante de Judas a Jesús. Pero otra vez, mal que me pese, tengo que hablar de mí mismo, porque esta vez mi amor ardiente al Maestro me hizo enfrentarme, bravucón, a los esbirros del Sanedrín con una de las dos espadas que había en el Cenáculo y que, contra su consejo, había guardado yo bajo mi manto, por lo que pudiera pasar. Y, del dicho al hecho, me abalancé contra uno de los asaltantes por nombre Malco, siervo del Sacerdote, y blandí torpemente la espada sobre su cabeza, sin más trofeo que el de una oreja sanguinolenta, que el Señor, con suprema delicadeza, devolvió milagrosamente a su sitio natural.


III Desenlace

Después, agitado mi corazón por las tensiones más dispares y desgarradoras, me las arreglé como puede para seguir en la obscuridad al grupo de valientes que arrastraban al Cordero inocente, acompañando a otro discípulo hasta el atrio del palacio de Caifás, que es como decir la boca del lobo. Primero fue la portera, fisgona o cumplidora, no lo sé. Luego, ésta misma y otra de la servidumbre me persiguieron en otras estancias con la misma cantinela. Finalmente, logré escurrirme hasta la planta baja y me mezclé con guardianes y criados que pasaban la velada al amor de la lumbre. Si arriba me había delatado involuntariamente el discípulo acompañante, abajo me descubrió el deje de mi pronunciación galilea, que nos marcaba en cualquier sitio a los pescadores del Tiberiades. Y, para colmo, uno de los contertulios de la lumbre era amigo de aquel Malco, a quien corté la oreja en Getsemaní.


Total, que yo, a lo bruto y sin andarme por las ramas, me negué siempre en redondo: “¡Nunca he conocido a ese hombre!” Y cuando más me acorralaban, más juraba y perjuraba, con gruesas interjecciones, que jamás había conocido al Nazareno. En esas estábamos, cuando oí el canto del gallo, no sé si el primero o el segundo, pero yo sí que había negado a mi Maestro más de cinco o tres veces. Naturalmente, aquel quiquiriquí hendió todo mi ser hasta los tuétanos y me sentí absolutamente desgraciado. Abandoné el grupo, con mirada errática, sin saber ni a qué ni a dónde dirigirme.

Fue entonces, Señor Jesús, cuando, al trasladarte a Ti a otra estancia, volviste hacia mí tu mirada con una hondura, estremecimiento, belleza y serenidad que ni siquiera desde la luz eterna que disfruto ahora alcanzo a describir por terceros. La mirada mía a tus ojos purísimos te lo dijo también todo y para siempre. Semanas más tarde, inmersos ya en el gozo de tu Resurrección, y en un amanecer mágico, místico, del Tiberiades, te pude ratificar mi amor hasta el martirio, sintiéndome ya, por tu predilección, el primer pastor universal de la santa Iglesia para apacentar a tus ovejas y corderos.

Meditación

¿Por qué un sujeto como yo, rudo y duro patrón de Galilea, desmesurado y fanfarrón, tosco y mal rematado en mis maneras, con un historial de errores y fracasos coronados por un delito de traición, por qué yo, Maestro y Señor, he sido depositario de unos dones tan altos? Mi caso, ya lo comprendes Tú y también los que esto leen, no es el de María de Nazaret, llena de gracia, bendita entre las mujeres. Me acojo a la respuesta que diste a mi hermano Pablo de Tarso y que él transmitió a los corintios: “Para que ningún mortal se gloríe en la presencia de Dios… El que se gloríe, gloríese en el Señor”.

Permítanme también, el Señor y los lectores, que añada yo un punto de mi propia cosecha, para explicar mi caso, como el de todos los profetas, pontífices, elevados por algún título a la cúspide religiosa social, incluidos los sacerdotes y líderes cristianos. A mí me parece que, en mi pobre persona, te cayeron bien la espontaneidad, el arranque, la veracidad en la entrega. Así como la deportividad en asumir los fracasos y la confianza filial, casi infantil, en tu Padre, que es el mío, y en Ti, mi Señor, amigo y salvador.

Pedro de Betsaida.

7/6/11

SAN PEDRO EN LA CÁTEDRA


El origen de la hermandad de San Pedro se remonta a mediados del siglo XVI, fecha en la que aparece en el libro de Fundaciones de las Iglesias de Estepa, con la fundación en 1564 de la Ermita de San Juan por doña Juana de Almagro, hermana de dos eclesiásticos que durante muchos años habían sido abades de una cofradía de Venerables Sacerdotes del Señor San Pedro. Este dato nos habla de la importante presencia de clérigos existentes en la independiente Vicaría Eclesiástica de Estepa y de las necesidades de estos de organizarse.

Esta primitiva hermandad de eclesiásticos se organiza en torno a la Iglesia Parroquial de Santa María, en aquel entonces sede de la Vicaría de Estepa, amparada por la potestad que el Vicario ejercía sobre estas tierras y por el gran número de sacerdotes existentes. La cofradía de los Venerables Sacerdotes del Señor San Pedro seguía su normal funcionamiento, especialmente enmarcado en su defensa de los valores religiosos e intereses de la Iglesia, su labor asistencial y su labor de dar entierros dignos a los miembros de tan selecta cofradía, todos venerables sacerdotes.

Es obvio el sentimiento y causa de devoción que esta congregación de eclesiásticos manifestaba hacia San Pedro, primer representante de la Iglesia de Cristo en la Tierra y representante del status social que la congregación ejercía sobre la zona. A principios del siglo XVII la hermandad desea venerar una talla de San Pedro en su sede y eligen la iconografía de San Pedro sentado en su cátedra de Roma. Así, en 1620 se talla una imagen de San Pedro Papa, sentado en su cátedra y de 1,45 m, por Lázaro Pérez Castellano, imagen que se encuentra en la Iglesia Parroquial de Santa María la Mayor y que serviría de imagen titular para esta hermandad.


Las huellas de la estancia de esta hermandad en la Iglesia de Santa María no sólo se limitan a la imagen de su titular sino que también se puede apreciar en el retablo que se levantó para albergar a la imagen. El ático, de medio punto, lo preside un resplandor, centrado por la tiara y las llaves de San Pedro. El retablo, del segundo tercio del siglo XVIII, está en sintonía con el retablo colateral de San Juan Evangelista y con la reforma que se aplicó al retablo mayor. Ambos retablos están policromados en blanco y dorado, al igual que el mayor, destacando en ellos la decoración rococó que los recubre, pero sin ocultar su estructura. Debieron hacerse a la vez que se reformaba el retablo mayor y por el mismo maestro, formando los tres un interesante conjunto de filiación antequerana, que transformó la cabecera del templo dándole un aspecto rococó.

Posiblemente no fuera el primer retablo dedicado a San Pedro que hubo en el templo ya que se conserva restos de otro retablo vinculados a San Pedro. En concreto, se conserva la tiara y las llaves de San Pedro que han servido para decorar la composición retablística que se hizo para decorar el lienzo del Bautismo de Cristo que existe en la capilla bautismal. De tal forma, la hermandad de sacerdotes encargaría después de la llegada de su imagen titular en 1620 un retablo que la albergara y que sería sustituido por el actual tras la importante reforma rococó que se realizó al retablo mayor del templo en torno a 1770.

Pero esta no es la única referencia que existe en la iglesia hacia esta hermandad de sacerdotes y su relación con la Vicaría estepeña. Podemos destacar que la hermandad escogió el retablo derecho para ubicar a su titular, siendo el más cercano al conjunto arquitectónico que forma la sacristía, ante-sacristía y sobre-sacristía (popularmente conocida como cárcel de los curas). Además el retablo se sitúa bajo el remate de la clave de la bóveda que está dedicado a la Vicaría, decorado con una jarra de azucenas, símbolo del poder eclesial.

La devoción que el pueblo de Estepa profesaba hacia San Pedro no solo fue de carácter eclesial sino que en la primera mitad del siglo XVII surge una nueva cofradía puramente penitencial, con el título de Cofradía del Dulce Señor San Pedro o de Las Lágrimas de San Pedro. Esta hermandad se establece desde 1674 en la Iglesia de Ntra. Sra. de la Asunción, caracterizada por poseer la iconografía actual de San Pedro en el momento de su arrepentimiento por haber negado a Cristo, y labraría capilla propia en 1695. Esta hermandad poseía un carácter más penitencial que la anterior y sus miembros no estaban vinculados al estamento eclesiástico como en aquella, aunque sí podía ser heredera de la devoción que la primitiva hermandad había extendido hacia la figura apostólica de San Pedro en Estepa.

A principios del siglo XVIII, ante las dificultades del nuevo siglo, se presenta sólo una hermandad bajo el título de Dulce Señor San Pedro, pero que recogería a un mismo titular bajo dos advocaciones, como Papa tal como correspondía a la primitiva hermandad y en el momento del llanto amargo tras las negaciones.

Paulatinamente la hermandad reforzaría su carácter penitencial y sus vínculos con la Iglesia de la Asunción, y con las hermandades que allí residían. Así a lo largo del siglo XVIII la hermandad añade el culto al Señor, bajo la advocación de Stmo. Cristo de las Penas, y una imagen mariana tras fusionarse con la Hermandad Servita de María Santísima de los Dolores. Del mismo modo mantuvo sus relaciones con la Vicaría de Estepa, y a través de esta y de la orden servita establecería lazos con el Marquesado de Cerverales. Y evidentemente con la Hermandad de Ntra. Sra. de la Asunción, que financia la construcción de su capilla.

El último dato que se coteja que pueda hacer referencia a esta primitiva hermandad de San Pedro es el entierro en 1795 del eclesiástico don Antonio Fernández de Silba en la Iglesia de Santa María con el hábito de la Hermandad de San Pedro, bajo esa labor de dar entierros dignos a los hermanos sacerdotes que asumieron los primeros miembros de la hermandad.

Ante esta nueva situación de la hermandad, los datos en torno a la primitiva hermandad en torno a la advocación papal se reducen y se centran principalmente en su carácter penitencial. La fuerza de la Vicaría y los sacerdotes, principales devotos de la imagen de San Pedro como Papa, se ha reducido en el siglo XVII y XVIII con la llegada del Marquesado de Estepa, que centra su interés en las órdenes religiosas de procedencia italiana y potencia las hermandades del rosario. Por otro lado, el pueblo abandona poco a poco el cerro y el entorno de la iglesia de Santa María para establecerse extramuros y en los arrabales, hasta tal punto que la parroquia es trasladada a la iglesia de Los Remedios. La desaparición de la Vicaría en el siglo XIX sería el último episodio que llevaría a esta devoción a San Pedro en la cátedra al olvido en su retablo de la iglesia de Santa María.

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LA CÁTEDRA DE SAN PEDRO


La palabra "cátedra" significa asiento o trono y es la “sede” fija del obispo, colocada en la iglesia madre de una diócesis, que por este motivo es llamada «catedral», y es el símbolo de la autoridad del obispo y, en particular, de su «magisterio», es decir, de la enseñanza evangélica que él, en cuanto sucesor de los apóstoles, está llamado a custodiar y transmitir a la comunidad cristiana. Cuando el obispo toma posesión de la Iglesia particular que le ha sido confiada, con la mitra y el báculo, se sienta en su cátedra. Desde esa sede guiará, como maestro y pastor, el camino de los fieles, en la fe, en la esperanza y en la caridad.

La primera «sede» de la Iglesia fue el Cenáculo, y es probable que en aquella sala, donde también María, la Madre de Jesús, rezó junto a los discípulos, se reservara un puesto especial a Pedro. Pedro predicó por Siria, Asia Menor y Grecia. Se estableció en Antioquía, ciudad situada al río Oronte, en Siria (Turquía), en aquellos tiempos la tercera ciudad del imperio romano después de Roma y Alejandría (Egipto). En aquella ciudad, donde los discípulos recibieron por primera vez el nombre de “cristianos”, Pedro fundó la iglesia de Alejandría y llegó a ser el primer obispo. Por tanto, nos encontramos con el camino que va de Jerusalén, Iglesia naciente, a Antioquía, primera Cátedra de Pedro y primer centro de la Iglesia, que agrupaba a paganos, y todavía unida también a la Iglesia proveniente de los judíos.


Desde allí Pedro se trasladó a Roma, centro del Imperio, símbolo del «Orbis» (la Tierra). Allí habría participado en grupos de cristianos ya establecidos en Roma y llegó a ser primer obispo de Roma. Por este motivo, la Cátedra o Sede de Roma, después de estas migraciones de San Pedro y de ser reconocida como la del sucesor de Pedro, recibió también la tarea confiada por Cristo a Pedro de estar al servicio de todas las Iglesias particulares para la edificación y la unidad de todo el Pueblo de Dios.


La Cátedra de San Pedro subraya el singular ministerio que el Señor confió al jefe de los apóstoles, de confirmar y guiar a la Iglesia en la unidad de la fe. En esto consiste el 'ministerium petrinum', ese servicio peculiar que el obispo de Roma está llamado a rendir a todo el pueblo cristiano. Misión indispensable, que no se basa en prerrogativas humanas, sino en Cristo mismo como piedra angular de la comunidad eclesial. La Iglesia, en la variedad de culturas, lenguas y tradiciones, debe ser unánime en creer y profesar las verdades de fe y de moral transmitidas por los apóstoles.

La cátedra de Roma es en realidad el trono que Carlos el Calvo regaló al papa Juan VIII y en el que fue coronado emperador el día de Navidad del año 875. Carlos el Calvo era nieto de Carlomagno. Durante muchos años la silla fue utilizada por el papa y sus sucesores durante las ceremonias litúrgicas, hasta que fue incorporada al Altar de la Cátedra de Bernini, realizado entre 1651 y 1666.


Este altar se encuentra situado en el ábside principal del Vaticano. Se trata de un altar transparente en el que la luz es utilizada como un elemento de la composición. La luz pasa a través de un vitral donde es transformada por el color de éste, configurando la Gloria. En el medio de esta se encuentra una paloma, simbolizando el Espíritu Santo. Bajo el Espíritu Santo se sitúa la supuesta cátedra de San Pedro, recubierta de bronce con relieves sobredorados. Esta se encuentra ingrávidamente sostenida y custodiada por cuatro figuras colosales de seis metros que representan los Santos Padres de la Iglesia, dos de la iglesia occidental, San Agustín y San Ambrosio, y dos de la oriental, San Juan Crisóstomo y San Atanasio. Este se trata de un monumento de glorificación de la autoridad papal, en contra de la opinión protestante, simbolizando las figuras de los Santos Padres orientales y occidentales, la universalidad de papado y la representación del Espíritu Santo en la inefabilidad de los papas.


Tradiciones, leyendas y creencias afirmaron durante muchos años que la silla era doble y que algunas partes se remontaban a los primeros días de la era cristiana e incluso que la utilizó San Pedro en persona. La silla ha sido objeto de numerosos estudios a lo largo de los siglos y la última vez que fue extraída del nicho que ocupa en el altar de Bernini fue durante un período de seis años, entre 1968 y 1974. Los análisis efectuados en aquella ocasión apuntaban a que se trataba de una sola silla cuyas partes más antiguas eran del siglo VI. Lo que se había tomado por una segunda silla era en realidad una cubierta que servía tanto para proteger el trono como para llevarlo en procesión.

Todos los años el 22 de febrero, se celebra la festividad de la Cátedra de San Pedro, con la que se rinde homenaje y se celebra el primado y la autoridad de San Pedro. Se trata de una tradición muy antigua, testimoniada en Roma desde finales del siglo IV. El altar monumental que acoge la Cátedra de San Pedro permanece iluminado todo el día con docenas de velas y se celebran numerosas misas desde la mañana hasta el atardecer, concluyendo con la misa del Capítulo de San Pedro.

1/6/11

SAN PEDRO


San Pedro nació en Betsaida, junto al lago de Tiberíades y se trasladó a Cafarnaum, donde junto con Juan y Santiago, los hijos del Zebedeo, se dedican a la pesca. Existe evidencia para suponer que Andrés, hermano de Pedro, y posiblemente Pedro fueron seguidores de Juan el Bautista, y por lo tanto se habrían preparado para recibir al Mesías. Ejercía la profesión de pescador junto a su hermano y ambos poseían un barco. Estaba casado y vivía con su suegra en su propia casa. Algunos escritos indican que tuvo hijos. Su nombre original fue Simón, y así aparece en todos los evangelios. Jesús se dirige a él siempre así, salvo cuando lo considera “la piedra” sobre la que edificará su iglesia, y de ahí su nombre Pedro o Simón Pedro.

-San Pedro, apóstol

Mientras Jesús caminaba por la orilla del lago de Galilea, Jesús vio a dos hermanos, Simón Pedro y Andrés, echar la red al agua. Y los llamó diciendo: “Síganme, y yo los haré pescadores de hombres.” Inmediatamente abandonaron sus redes y lo siguieron.


Un poco después, visitaron la casa en la que estaba la suegra de Pedro, sufriendo de una fiebre la cual fue curada por Jesús. Esta fue la primera curación atestiguada por Pedro, quien presenciará muchos milagros más durante los tres años de ministerio de Jesús, siempre escuchando, observando, preguntando, aprendiendo.

Después del milagro de la multiplicación de los panes, Jesús se retiró a la soledad de un cerro a orar, mientras sus discípulos cruzaban en una barca el lago de Galilea. De improviso vieron a Jesús caminando sobre el agua y Jesús les dijo: “¡Soy yo, no temáis!”. Pedro respondió: “Señor, si eres tú, ordena que yo vaya hasta ti sobre el agua.” Entonces Pedro empezó a caminar confiadamente pero al notar la fuerza del viento titubeó y comenzó a hundirse. Al momento, Jesús lo tomó de la mano y le dijo: “¡Qué poca fe! ¿Por qué dudaste?”


San Pedro carecía de estudios, pero pronto se distinguió entre los discípulos por su fuerte personalidad y su cercanía al maestro, erigiéndose frecuentemente en portavoz del grupo. El sobrenombre de Pedro se lo puso Jesús al señalarle como la «piedra» (petra en latín) sobre la que habría de edificar su Iglesia.

Pedro siempre figura entre los tres más allegados a Jesús. Fue elegido con Santiago y Juan, para subir al monte Tabor donde ocurrió la Transfiguración. Aquí contempló la Gloria del Señor y escuchó la proclamación de Dios: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco, escuchadle.”

Después bajaron a Jerusalén donde Jesús comenzó a preparar a sus discípulos para el fin de su ministerio en la tierra. Pedro llevó a Jesús aparte y comenzó a reprenderlo porque no quería aceptar un fin tan terrible como la cruz.

Tras la muerte y resurrección de Nuestro Señor, lo vemos a la cabeza de los Apóstoles. Desaparecido Jesús (hacia el año 30 d. C.), San Pedro se convirtió en el líder indiscutido de la diminuta comunidad de los primeros creyentes cristianos de Palestina por espacio de quince años: dirigía las oraciones, respondía a las acusaciones de herejía lanzadas por los rabinos ortodoxos y admitía a los nuevos adeptos, incluidos los primeros no judíos. Fue Pedro quien tomó la iniciativa de elegir uno que tomara el lugar de Judas y quien realizó el primer milagro. Un mendigo le pidió limosna. Pedro le dijo que no tenía dinero, pero en el nombre de Jesús Nazareno le mandó levantarse y andar. El mendigo, curado de su mal hizo lo que le mandó Pedro. En todos estos ejemplos, en los que la figura de Simón Pedro se destaca por encima del resto de los apóstoles, ha visto la Iglesia católica una confirmación de la enseñanza de que él ejercía el primado sobre ellos (príncipe de los apóstoles). La prédica de Pedro, sin embargo, estuvo por lo general en los primeros años limitada al pueblo judío a diferencia de Pablo que predicaba a los gentiles.

-San Pedro, las negaciones y las lágrimas


Al estar todos reunidos en la Última Cena, Pedro declaró su lealtad y devoción con estas palabras: “Aunque todos pierdan su confianza, yo no.” E insistió: “Me quedaré contigo aunque tenga que dar la vida.” Con inmensa tristeza Jesús le contestó: “Te aseguro que esta misma noche, antes que cante el gallo por segunda vez, me negarás tres veces.” Al desenvolverse esta trágica noche se realizó esta profecía. Cuando los soldados llevaron a Jesús a los judíos, Pedro se quedó en el patio y tres veces lo acusaron de ser discípulo de Jesús. Él lo negó las tres veces. En aquel mismo momento, cantó el gallo por segunda vez y Pedro empezó a llorar.


-San Pedro, piedra de la Iglesia


“Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.”

Cristo resucitado es el fundamento de la Iglesia: "porque nadie puede poner otro fundamento que el que está ya puesto, que es Jesucristo". Sin embargo, el mismo Jesús quiso que su Iglesia tuviese un fundamento visible que serán Pedro y sus sucesores. Jesús presenta la vocación singular de Pedro en la imagen de roca firme. (Pedro= Petros= Kefá= Piedra= Roca). El término “Pedro” (Petro-πέτρος) se meciona como la masculinización de Petra, en griego πέτρα, es decir Roca. Pablo de Tarso siempre lo llamó Kefás, que en hebreo significa “piedra”.

Es el primero que Jesús llama y lo nombra roca sobre la cual construirá su Iglesia. Pedro es el primer Papa ya que recibió la suprema potestad pontificia del mismo Jesucristo. La barca del pescador de Galilea es ahora la Iglesia de Cristo y los peces son ahora los hombres.

Tras la resurrección, Jesús resucitado se presenta a sus discípulos y se dirige a Pedro preguntándole: "¿Me amas más que éstos?". Pedro afirma tres veces su amor. Jesús entonces le dice "Apacienta mis ovejas", signo de su misión como pastor universal de la Iglesia. Su ministerio se sostendrá gracias al poder de Cristo, quien ora por él. "He rogado por ti para que tu fe no desfallezca. Cuando te conviertas, confirma a tus hermanos". Es Cristo el Buen Pastor quien confiere su poder de perdonar, consagrar, enseñar y dar testimonio. Cristo perdona a Pedro y confirma su elección.

-San Pedro, las llaves del cielo y la tierra


“Y a ti te daré las llaves del Reino de los Cielos y lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.” Dar las llaves significa entregar la autoridad sobre la Iglesia con el poder de gobernar, de permitir y prohibir. Pero no se trata de un gobierno como los del mundo sino en función de servicio por amor: "el mayor entre vosotros sea el último de todos y el servidor de todos"


-San Pedro, el martirio

El esparcimiento del cristianismo atrajo persecuciones en las que los seguidores de Cristo fueron martirizados como San Esteban y muchos de los convertidos se esparcieron o escondieron. Los Apóstoles permanecieron firmes en Jerusalén donde los líderes judíos eran sus peores perseguidores. Pedro decidió predicar en las aldeas circundantes y cada vez más lejos. En Samaria donde predicó y realizó milagros, Simón, un mago, le ofreció dinero para que le enseñara el secreto de sus poderes. Pedro lo reprendió fuertemente y le dijo: “Quédate con tu dinero, que te pudras con él, porque has pensado que los dones de Dios se pueden comprar.”

Por su sinceridad, Pedro inevitablemente tuvo muchos conflictos con las autoridades judías, hasta dos veces los jefes de los sacerdotes lo mandaron arrestar. Hacia el año 44 fue encarcelado por orden del rey Herodes Agripa, pero consiguió escapar. Nos dice la Escritura que fue milagrosamente desencadenado y librado de la prisión e impresionó a los demás Apóstoles al llegar repentinamente donde ellos moraban. Pedro después predicó en los puertos marítimos de Joppa y Lydda, donde conoció hombres de diferentes razas y en Cesarea donde se convirtió el primer gentil, Cornelio.


Se dedicó a propagar la nueva religión por Siria, Asia Menor y Grecia. En esa época, probablemente, su liderazgo fue menos evidente, disputándole la primacía entre los cristianos otros apóstoles, como Pablo o Santiago. Asistió al llamado Concilio de Jerusalén (48 o 49), en el cual apoyó la línea de Pablo de abrir el cristianismo a los gentiles, frente a quienes lo seguían ligando a la tradición judía.

Se trasladó a Antioquía, donde Pablo lo visitó varias veces. Fundó la Iglesia de Antioquía y llegó a ser el primer obispo de Antioquía. Después pasó a Roma mientras Pablo se quedaba en Jerusalén. Allí habría participado en grupos de cristianos ya establecidos en Roma y fue obispo de Roma.

Pedro fue martirizado en Roma durante el reinado de Nerón alrededor del año 67, el mismo año que San Pablo. San Pedro murió crucificado. El no se consideraba digno de morir en la forma de su Señor y por eso lo crucificaron con la cabeza hacia abajo. San Pedro murió en el Circo de la colina vaticana y fue sepultado a poca distancia del lugar de su martirio.


-San Pedro, la búsqueda de sus restos

Hay testimonios arqueológicos de la necrópolis con la tumba de San Pedro, directamente bajo el altar mayor de la Basílica de San Pedro. Este lugar ha sido venerado desde el siglo II, y el emperador Constantino I el Grande mandó construir la gran basílica en aquel lugar a principios del siglo IV.

En 1939 el Papa Pío XII ordenó la excavación en los subterráneos del Vaticano para tratar de hallar una respuesta a la tradición cuestionada de que el Vaticano era la auténtica tumba del apóstol Pedro. Las excavaciones duraron hasta 1949. Se encontró una necrópolis que se extendía de oeste a este en paralelo al Circo de Nerón. La necrópolis estaba inundada de tierra, posiblemente por ser la base de la basílica primigenia. Se encontraron cinco monumentos, el más antiguo databa del siglo II y se incluía una parte de un edificio adosado a un muro revocado en rojo que servía de fondo para el más antiguo de los monumentos. En este edificio pequeño se encontraron unas inscripciones que datan de antes de Constantino, muestra de la devoción de los fieles. Una de las inscripciones señalaba "Petrus Eni" (Pedro está aquí). Asimismo, se encontró un lugar donde debería encontrarse la tumba pero no se halló nada. Por la evidencia dada, Pío XII suspendió las excavaciones y anunció que se había encontrado la tumba de Pedro.


Margherita Guarducci, arqueóloga, prosiguió las investigaciones en 1952. Estudió y descifró el famoso muro de las inscripciones y descubrió el uso de una criptografía de tinte místico: el uso repetitivo de las letras "P", "PE" y "PET" como abreviatura del nombre de Pedro, aunque normalmente era vinculado al nombre de Cristo. Asimismo hay aclamaciones a Cristo, María, Pedro, a Cristo como segunda persona de la trinidad y a la trinidad.

Los restos físicos de Pedro habrían sido encontrados años después. La arqueóloga elaboró la siguiente teoría: cuando Constantino quiso hacer la Basílica los huesos fueron desenterrados y envueltos en un manto de púrpura y oro y depositados en el nicho donde debían de haber estado, pero durante las excavaciones los obreros usaron el martinete para derribar muros y, deseando llegar rápidamente a la tumba, provocaron un derrumbe sobre los restos. Todo mezclado tomó la apariencia de desechos. Monseñor Cas, jefe de la Fábrica de San Pedro, guardó todo resto humano que se encontraba y los restos estuvieron así guardados diez años sin conocerse su procedencia.

El antropólogo Venerando Correnti estudió los huesos y señaló que había huesos humanos y de ratón, un ratón que debió de haber quedado atrapado tiempo después de producido el entierro. Los huesos humanos presentaban las siguientes características:

-Tenían adherida tierra, mientras que los huesos de raton estaban limpios. Se analizó la tierra adherida a los huesos humanos y es la misma tierra de la tumba abierta y que fue encontrada vacía, identificada por Pío XII como la de Pedro, las tumbas colindantes tenían otra clase de tierra.

-Los huesos están coloreados de rojo por haber estado envueltos en un paño de púrpu¬ra y oro. Hay hilos de oro y de las telas incluso adheridas a algunos huesos. Debían de ser huesos de una persona muy venerada, pues los envolvieron en un rico paño de púrpura y oro, para guardarlos en ese nicho. Parece que estos huesos fueron retirados de la tumba de tierra y guardados para protegerlos de la humedad del terreno. Este nicho ha permanecido intacto desde Constantino hasta hoy.

-Los huesos humanos son de la misma persona: varón, de complexión robusta, que murió a una edad avanzada y vivió en el siglo I.

En 1964 las investigaciones de Guarducci terminaron y un año después se publicó su libro Reliquie Di Pietro Sotto La Confossione della Basílica Vaticana ("Las reliquias de Pedro bajo la confesión de la Basílica Vaticana"), libro muy discutido por la comunidad científica. En 1968 Pablo VI anunció que, según los estudios científicos realizados, había la suficiente certeza de que se habían encontrado los restos del apóstol.

RESTAURACIÓN DEL MANTO BLANCO DE NTRA. SRA. DE LOS REMEDIOS

La Hermandad de Ntra. Sra. de los Remedios, después de la formalización de la hermandad, y organización y elaboración de su inventario de enseres con el fin de conocer, catalogar y comprobar su estado de conservación, ha iniciado la restauración de aquellos bienes que así lo precisaban. La Hermandad aprecia de forma notable el avanzado deterioro de un preciado manto bordado en hilo de oro sobre tisú de plata, datado en el siglo XVII.

La Hermandad procede a su restauración y le encarga estos trabajos al bordador ecijano Jesús Rosado, cuyo trabajo ha consistido, básicamente en el traspaso de los bordados de oro del primitivo manto a un nuevo fondo de tisú de plata, recuperando el inicial esplendor del mismo y su dibujo ornamental original.

La Virgen de los Remedios ha vuelto a lucir este manto blanco en su salida procesional del tercer domingo de mayo del año 2011 durante la tradicional Octava de los Remedios que se celebra en su honor en la calle Roya.


Fuente:
-El zoom de Gar, El Poeta.

Fotografías:
-Antonio Fdez
-J. Vázquez

CARTA DE EDICIÓN

El blog Devociones de Estepa nació en la cuaresma de 2009 y tuvo como motivo de inspiración la oportunidad de dar a conocer la Semana Santa de Estepa a través de los nuevos medios de comunicación. El objetivo principal era recopilar información de las Hermandades y Cofradías de Estepa así como mostrar nuestras tradiciones y costumbres. El blog se definió con carácter divulgativo, y por lo tanto, al carecer de carácter lucrativo, se ha rechazado sistemáticamente toda propuesta económica que hemos recibido. Sólo se ha permitido artículos relacionados con la información cofrade o que tuvieran carácter benéfico.

Para llevar a cabo este trabajo, se inició en el blog la recopilación de artículos que procedían principalmente de los boletines y libros de las Hermandades estepeñas, el
Ayuntamiento de Estepa en sus diversas publicaciones, blogs dedicados a la Historia y Semana Santa de Estepa y por último la información que se daba en las redes sociales. Para acompañar a estos artículos se escogían fotografías que se encontraban en los diferentes medios ya mencionados. Tanto los artículos como las fotografías publicados en estos medios no habían sido realizados para el blog.

Desde el blog se ha trabajado también por la investigación propia y de esta forma se han publicado artículos nuevos de información, a los que se le han dedicado un gran esfuerzo. Siguiendo la misma idea, se han realizados también fotografías propias que no se han firmado, pero que han aparecido tanto en el blog como en nuestra página de Cofrades. La idea del blog siempre ha sido compartir y dar a conocer, por lo que siempre se ha permitido la utilización de estas imágenes y de estos artículos. Sólo los que han llevado a cabo la aventura de crear un blog, pueden reconocer las numerosas horas, esfuerzo e ilusión que se le dedica a un proyecto de estas características, y es por ello por lo que conocemos de primera mano la importancia que para un creador de blog tienen los contenidos propios que ha realizado. Por eso, queremos disculparnos con aquellas personas que se hayan sentido ofendidas por la publicación de sus trabajos y retiraremos aquellos trabajos que no quieran que aparezcan en este blog. Sólo indicar que el blog no llega a asumir la autoría de estas fotografías y artículos, y que por lo tanto se expresa su autor o autores al final de cada artículo.

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-Cartel conmemorativo del 50 aniversario de la Hermandad de los Estudiantes

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